Construir en medio de la destrucción

Hoy comparto con vosotr@s este artículo de Oikoumene. Una linda noticia sobre cómo construir otro mundo posible.

Familia cristiana palestina contrarresta acoso abriéndose a los demás

Por Emma Halgren (*)

 
«Una tierra no es nada sin un pueblo, y un pueblo no es nada sin una tierra.» Esta es la máxima que guía al agricultor palestino Daoud Nassar. Y cuando él habla de la estrecha relación entre un pueblo y su tierra, está hablando desde una experiencia duramente adquirida.

Nassar, un cristiano palestino, vive con su familia en 42 hectáreas de tierra fértil al oeste de Belén, en Cisjordania. Su abuelo compró la parcela en 1916, y desde entonces la familia Nassar ha cultivado allí olivos, almendros, vides, perales e higueras.

 
En 1991, Daoud Nassar se enteró de que las autoridades israelíes estaban planeando confiscar las tres cuartas partes de su tierra, una práctica que es ilegal según el derecho internacional, pero no obstante está extendida en Cisjordania.

 
Desde entonces, la familia ha estado enzarzada en una costosa batalla legal con el gobierno de Israel. Y esto a pesar de poseer todos los documentos de registro de la tierra y otros papeles necesarios para demostrar que es propietaria de la misma, según contó Daoud Nassar a una delegación ecuménica que lo visitó a comienzos de marzo pasado.

 
La delegación ecuménica –un equipo de Cartas Vivas enviado por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI)– visitó la chacra de los Nassar así como organizaciones ecuménicas, líderes religiosos y grupos de la sociedad civil de Israel y Palestina.

 
En medio de las batallas legales y del acoso de los colonos israelíes vecinos, la familia Nassar ha elegido el camino de la paz. La familia abrió su tierra a personas de los alrededores y de todos los lugares del mundo para que participen en actividades educativas y de construcción de la paz.

 
La chacra de los Nassar forma parte de una parcela de tierra que abarca ocho pueblos agrícolas palestinos y que las autoridades israelíes esperan anexar con el objetivo de ampliar la colonia israelí de Gush Etzion, cuya población ronda los 50 mil habitantes.

 
Desde su primera comparecencia ante un tribunal en 1991 para impugnar la orden de confiscación, los Nassar han sorprendido a los tribunales no sólo con la solidez de su documentación sino con su perseverancia. Daoud Nassar calcula que la familia y quienes la apoyan solidariamente ha gastado unos 145 mil dólares estadounidenses en costos legales y otros, y ha asistido a numerosas vistas judiciales; como consecuencia, por ahora el terreno está a salvo.

 
A diferencia de los Nassar, muchas familias palestinas de Cisjordania no tienen la documentación oficial necesaria para demostrar que son propietarias de sus tierras, y menos aún los recursos para poder enfrentarse a largas batallas en los tribunales.

 
«Nos negamos a ser enemigos»
 

La chacra de los Nassar ya está rodeada de colonias israelíes ilegales, y al igual que muchos palestinos, los Nassar han soportado el acoso, las amenazas y los ataques de los colonos vecinos. En uno de esos ataques, la madre de Daoud Nassar fue amenazada con una pistola. En otro, los colonos arrancaron de raíz 250 olivos de la propiedad.
 

Son actos como éstos, dice Nassar, los que fácilmente pueden alimentar la violencia entre los palestinos. Para muchos otros, resignarse a la situación o emigrar parecen ser las únicas opciones posibles.
 

La familia Nassar, sin embargo, decidió que debería haber otra posibilidad: negarse a ser enemigos. Por este motivo, estableció en sus tierras la Carpa de las Naciones, un proyecto que apunta a tender puentes entre las personas de diferentes orígenes y entre las personas y la tierra.
 

«Queríamos alejarnos de la espiral de culpa y canalizar nuestra frustración hacia algo positivo», dijo Daoud Nassar al equipo de Cartas Vivas.
 

Las autoridades israelíes han prohibido la construcción de estructuras permanentes en la parcela, así como el acceso a las redes de suministro de electricidad y agua. Por ello, los Nassar han renovado siete cuevas subterráneas, pintándolas, equipándolas de alfombras y almohadones, y conectándolas a la electricidad de un generador, con el fin de utilizarlas para reuniones y otros encuentros. En la actualidad, están planeando instalar paneles solares y turbinas de viento.
 

Desde la creación del proyecto en el año 2000, los Nassar han cosechado importantes apoyos a nivel local y mundial. Los niños de Belén tienen allí la oportunidad de volver a conectar con la tierra plantando árboles y colaborando en la vendimia y en la recogida de la aceituna.
 

Un proyecto dirigido a las mujeres ofrece a las vecinas de la cercana aldea de Nahalin clases de inglés, informática y técnicas artesanales. El restrictivo sistema israelí de permisos impide que muchas mujeres salgan de la aldea para estudiar o trabajar, por lo que este proyecto les brinda la oportunidad poco frecuente de obtener una educación.

Cada año, los Nassar organizan una campaña de plantación de árboles en la chacra. En 2009, el objetivo es plantar mil árboles en el terreno con la ayuda de los cientos de personas –incluidos palestinos locales, activistas israelíes por la paz y simpatizantes internacionales– que visitan el lugar.
 

A lo largo del año, la granja también recibe la visita de voluntarios que ayudan a recoger la uva, la almendra, el higo y la aceituna, y participan en proyectos artísticos.

Tendiendo puentes

En una muestra de solidaridad, en 2003 miembros de la organización Judíos Europeos por una Paz Justa visitaron la propiedad y plantaron 250 olivos en reemplazo de los que fueron arrancados por los colonos israelíes.

A nivel local, dice Nassar, las actividades de la Carpa de las Naciones han contribuido al menos en cierta medida a un mayor entendimiento entre el pueblo palestino y el israelí. A principios de 2008, una activista por la paz invitó a una amiga suya que vive en una colonia israelí cercana a visitar la Carpa de las Naciones. La mujer llevaba nueve años viviendo en la colonia pero no sabía que en la zona vivían palestinos. La visita le permitió enterarse de las condiciones de vida de los palestinos de la región.

Puede que acciones como ésta no cambien la realidad de la ocupación, pero representan un pequeño paso hacia la mejora de las relaciones entre grupos profundamente divididos, afirmó Daoud Nassar.
 
Nassar espera que su proyecto anime a otros palestinos a no verse a sí mismos como víctimas, sino más bien a mirar el porvenir con cierta esperanza. «Lo que intentamos hacer aquí, de manera sencilla, es motivar a nuestra gente y mostrarles que hay un futuro», dijo.

 
(*) Emma Halgren es pasante en el departamento de Comunicación del CMI y miembro de la Iglesia Unida en Australia.

Fuente www.oikoumene.org

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