Dolor en Palestina

No has estado en Palestina. Pero la has leído, te la han contado, la has visto en voces e imágenes, te la han trasladado, te han invitado a olerla y a empaparte de ella, también de su sufrimiento. Y del daño, de las grandes cárceles en que se han convertido Cisjordania y Gaza. O mejor, sus pedazos, pedazos rodeados de muro, de mar, de militares y de colonos.

No entiendes cómo algunos de los descendientes de quienes sufrieron el holocausto nazi avergüenzan así la memoria de sus antepasados y se ensañan e infligen tanto dolor a sus vecinos. Quizás tengan razón quienes dicen que a menudo los maltratados se convierten en maltratadores. Te niegas, sin embargo, a ser determinista. Tal vez no haya explicación posible. O no saberla sea mejor.

Te revuelven la impunidad (son decenios y decenios de implantar la injusticia por su mano…), la desesperación, la desesperanza, la soledad, el dolor, el abandono, la muerte, la destrucción, la invasión, la complicidad de la mal llamada comunidad internacional, el éxodo (son millones los palestinos errantes)…

Y te revuelve la rabia. La rabia ante un muro de la vergüenza («región llena de espinas») que separa familias, rabia de bombardeos, rabia de robo de tierras, rabia de unos gobernantes europeos callados y conniventes, rabia de excavadoras que destruyen pueblos y siembran odio, rabia de territorio devorado y fragmentado («laguna llena de cieno, campo pedregoso»), rabia de esperanzas aniquiladas («mar de miserias»), rabia de madres que pierden a sus hijos («¿qué haré cuando entre en tu cámara y la halle sola?, ¿qué haré de que no me respondas si te llamo?, ¿quién me podrá cubrir la gran falta que tú me haces?, ¿para quién edifiqué torres?, ¿para quién planté árboles?»), rabia de embarazadas que no llegan al hospital («¡oh, tierra dura!, ¿cómo me sostienes?»), rabia de adolescencias robadas, rabia de objetores y pacifistas israelíes encarcelados, rabia de justicia universal dinamitada («oh vida de congojas llena, oh mundo, mundo!», se lamentaba Pleberio huérfano de hija y de sueños)…

La rabia, sí. Y angustia y pesimismo. «La rabia bomba, la rabia de muerte, la rabia imperio asesino de niños, la rabia se me ha podrido el cariño –tomas prestado a Silvio — la rabia madre, por Dios, tengo frío, la rabia es mío, eso es mío, sólo mío, la rabia hijo zapato de tierra, la rabia dame o te hago la guerra, la rabia todo tiene su momento, la rabia el grito se lo lleva el viento, la rabia el oro sobre la conciencia, la rabia -coño- paciencia, paciencia».

No has estado en Palestina. Pero la rabia y el dolor te revuelven las entrañas.

Publicado en El Periódico de Extremadura

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