Entre tu pueblo y mi pueblo / hay un punto y una raya. / La raya dice no hay paso; / el punto, vía cerrada. Así cantaba Rosa León y así seguimos, con un mapamundi que parece un telegrama que no comunica nada bueno. Que incomunica.

Una cosa es el mapa y otra, el territorio. Lo sabemos pero, a fuerza de mirar la representación –que alguien ha decidido que sea esa–, la confundimos con la realidad, mucho más hermosa: Caminando por el mundo / se ven ríos y montañas / se ven selvas y desiertos, / pero ni puntos ni rayas. Se ven personas, rostros, historias; ni puntos ni rayas. Pero son muros impenetrables contra los que se estrellan vidas y sueños.

La separación no era el sueño de nadie, pero nos lo han vendido como una moto de cartón y lo hemos comprado. ¿Lo hemos comprado? No todo el mundo, no siempre, como estamos viendo. Una cosa son los poderes y otra, la gente. Los poderes dibujan puntos y rayas; la gente los borra con abrazos y bievenidas. Porque lo cierto es que estas cosas no existen / sino que fueron trazadas / para que mi hambre y la tuya / estén siempre separadas.
“Mira que estoy a la puerta y llamo”. Hay gente que oye esa voz y abre la puerta.