Niños robados

Al principio pensábamos que era cosa de los argentinos. Ya saben, los niños lanzados al mar durante la época de Videla y compañía, y también los niños raptados y entregados a familias pudientes, y los carceleros, militares, médicos y clero cómplices de esas tropelías. Ya saben, los adultos golpeados, torturados, desaparecidos, muertos… y los pequeños regalados a quienes no podían tenerlos o a los que pensaban que esos niños se merecían mejor infancia que las que les podían dar esos rojos o esos pobres. Pero no, no era solo cosa de argentinos o de chilenos.

También aquí se robaron niños durante nuestra dictadura. Entraba una madre de parto en un hospital y el nene salía a los pocos días en brazos de otra. ¿Y mi niño? Lo llevamos a la incubadora que estaba muy malito pero no aguantó, murió el pobrecito. Y el cadáver sin aparecer por ningún lado. Quizás se lo habían llevado los ángeles. Pero no, se lo había llevado aquel matrimonio tan bien puestecito, con tan buen porte. Filofranquistas o a quien se les debía algún favor o que tenían enchufe en algún ministerio. Volvía a leer sobre esto el otro día en «Diagonal» y se me erizaba la piel, de nuevo.

Llevamos años escuchando algo, enterándonos de denuncias, leyendo alguna noticia… pero en voz baja. Ya me entienden, sin levantar mucho la voz, sin armar revuelo, no sea que nos enteremos de lo que no interesa que nos enteremos. No sea que salga a la luz otra de nuestras vergüenzas, otra más. Y, la verdad, aún no estamos preparados para ello, estando como estamos a medio crecer, no preparados aún para conocer la verdad. Y muertos de miedo. De miedo de saber.

No, no estamos preparados ni maduros. O eso me parece. No queremos o no nos da la gana o no podemos asumir nuestro pasado como personas perfectamente adultas. No, preferimos esconder, encubrir, olvidar… mirar para otro lado mientras seguimos jugando a no cerrar heridas, que siguen abiertas, sin curar.

Como con los muertos.

Preferimos seguir echando tierra encima y que todo se pudra. Pero lo que se pudre, lo que se deja sucio, enfermo y revuelto luego hiede. O incluso explota. Y es peor. Pero eso es precisamente lo que hacen los niños, esconder los trastos debajo de la cama no sea que se descubra que no han ordenado la habitación. Lo amontonan todo ahí debajo sin cuidado, pero de tanto amontonar descuidadamente, de repente, por un lado, aparece un trozo de pierna de muñeca o una rueda de camión, y, ¡zas!, todo se descubre.

Y entonces los niños tienen dos opciones. O dar un patada para tratar de esconderlo de nuevo y estirar la colcha para que lo tape. O decidirse a ordenar los juguetes y asear la habitación. Entre otras cosas porque si no lo hacen no les va a caber la mesa con el ordenador.

Publicado en El Periódico Extremadura el 10 de noviembre de 2009

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