Creen y se implican desde el anonimato

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La Iglesia (jerárquica) en general y la española en particular han derramado ríos de tinta para reiterar en mil documentos que hacen falta creyentes que se comprometan con su fe y visibles en la vida pública. Y haberlos, haylos. El problema reside, de acuerdo con las reflexiones episcopales, en que no se escucha su voz. En consecuencia, la virtud se hallaría en que la voz del pueblo de Dios se oiga y que se identifique su procedencia.

Frente a esta tesis, que exige posicionamiento, defensa de la identidad y visibilidad social, muchos cristianos y cristianas prefieren poner en práctica los consejos de Jesús (“Pero tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha” (Mateo 6,2) y poner sus energías más en construir el Reino sin hacer alharaca que afanarse en que sus creencias sobresalgan. A este grupo que sigue al nazareno podríamos denominarlo creyentes anónimos. Sus valores y hábitos no tienen nada que ver con el “retrato robot” que los medios de comunicación suelen usar para describir a los “católicos sociológicos”.

El último estudio del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), de principios de 2013 y en el que se pregunta sobre este asunto, cifra el número de creyentes en la fe católica en el 73’1%, de los que sólo un 13’6% asegura que acude a los oficios religiosos casi todos los domingos y festivos. La cifra contrasta con los datos que en 2007 daba el propio CIS y que afirmaban que un 87% de la población se declaraba católica en España.

Estos creyentes nominales, a los que los estudios demoscópicos sitúan bajo el manto de la Iglesia, no dejan de ser en su mayoría reflejo de una sociedad en la que triunfan las etiquetas. Otra cosa sería comprobar hasta qué punto esa vinculación formal a una creencia que defiende la justicia y, por ende, la atención preferencial a las personas más pobres y desvalidas, condiciona sus decisiones vitales, los hábitos de consumo, los comportamientos en casa o en el trabajo e, incluso, el compromiso social y político.

Foto. Christine und David SchmittHablamos de personas comprometidas en acciones voluntarias a las que dedican una parte importante de su tiempo y no sólo el que les sobra. Del mismo modo que lo hacen a la militancia en colectivos sociales, sindicales y/o políticos y que, sobre todo, se desvelan por estar presentes en el día a día de su familia. Así, les podemos ver atendiendo en los despachos de Cáritas parroquiales, siendo monitoras y monitores en grupos de ocio y tiempo libre o participando activamente en las mareas que se han levantado para denunciar el recorte generalizado de los derechos sociales que sufre este país desde hace más de un año. En algunos casos con identidad propia, como sucede con el colectivo “Profesor@s cristianos por la escuela pública”, que se ha unido a la marea verde desde su fe para defender la necesidad de una educación universal, gratuita y plural. También a la hora de enfrentarse con una reforma educativa retrógrada, como la que impone la Ley Wert, que acaba con la asignatura de educación para la ciudadanía y no cuestiona el privilegio del que disfruta la de religión en un país supuestamente laico.

Gente comprometida

Aunque no tengamos datos estadísticos sobre el porcentaje de creyentes implicados en organizaciones solidarias, sí conocemos a muchas y muchos de ellos que no pierden la oportunidad de estar a pie de obra en diversas causas. Esta afirmación la corroboran quienes entrevistamos en este mismo reportaje, en la página 5. También se aprecia en los testimonios que recoge en su número de mayo la revista hermana 21 (antes Reinado Social) que publica un magnífico reportaje titulado Cristian@s indignad@s: la lucha de la Iglesia rebelde. En el texto que firma la periodista Silvia Melero se escucha la voz del teólogo José Antonio Pagola: “Jesús sería hoy en día un indignado que pide la revolución de las conciencias” y se entrevista a creyentes, esta vez con nombres y apellidos, que participan en acciones de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca) para detener desahucios; o que intervienen activamente en las asambleas de barrio del 15-M; o que trabajan a diario en el poblado de El Gallinero (Cañada Real, Madrid) con cientos de niños y niñas pobres de solemnidad a los que este país y sus instituciones les niegan los derechos más básicos. Algo que da mucha esperanza sobre la forma de actuar de este colectivo de creyentes es su capacidad para integrar que el compromiso no entiende de barreras. Por ello, estas personas no necesariamente se implican en ONG confesionales, sino que colaboran con las causas que merecen la pena, aunque no estén protagonizadas por un colectivo de Iglesia.

Muchos y muchas de ellas no olvidan el compromiso en la vida laboral. Allí también hay mucho que cambiar y por lo que luchar. No es extraño identificar a gente de parroquia en comités de empresa, sindicatos o participando activamente de paros y huelgas que exigen justicia en unas relacionales laborales desnaturalizadas por la avaricia de quien todo lo tiene y quiere más y más. Y qué decir de la vida familiar. Como padres o madres, las y los creyentes anónimos suelen implicarse en AMPAS, clubes deportivos o grupos de scouts. Se ve que el virus de trabajar por el Reino en comunidad y no en solitario invita a hacer cosas sacando el mayor partido a la energía colectiva. Aunque también es cierto que su fe a veces la viven en silencio.

Por otro lado, son gente de mentalidad mucho más abierta de lo que el tópico que retrata a los y las creyentes: aceptan mayoritariamente el matrimonio homosexual, así como el derecho intrínseco que le asiste a todo ser humano para decidir con libertad sobre su cuerpo y en el mundo de los afectos.

De entre todos ellos y ellas hemos entresacado unos cuantos ejemplos, que podrían ser cualesquiera otros, que podrías ser tú o podría ser yo. Cristianos y cristianas “del montón”, pero que son en el día a día la sal, el grano de mostaza, la semilla del Evangelio en nuestro mundo. A ellos y a ellas, a ti y a mí, va el premio alandar 2013.

pag5_juancarlos.jpg “Por el camino de la humildad, sin perder de vista a Jesús y Francisco, como en la parábola de los talentos, poner todo lo que se me ha dado al servicio de los demás”.

Juan Carlos Gil García

60 años. Ingeniero técnico industrial a punto de prejubilarse y abuelo vocacional.


“Ser cristiano es una cuestión de amar, no de cumplir normas como si de un código de conducta en el que poner un tic se tratara. Decía San Agustín que, cuandas amas por encima de todas las cosas, cumples todos los mandamientos”. pag5_elsa.jpg

Elsa Gutiérrez Rico de Villademoros

31 años. Especialista en recursos humanos.


pag5_nani.jpg «El hecho de creer nos obliga a reivindicar los derechos que nos han quitado un puñado de avariciosos».

Nani del Prado

45 años. Trabaja como educadora social en una casa de acogida para mujeres maltratadas.


«Nuestro compromiso debe centrarse en reconocer a Dios en cada persona y situación. Ayudar a que venga su Reino es dignificar a cada ser humano». pag5_alberto.jpg

Alberto Medrano

46 años. Profesor de educación física de un IES madrileño y miembro del colectivo “Profesor@s cristian@s por la enseñanza pública”.


pag5_mercedes.jpg “Lo que me puede identificar como cristiana es amar a Cristo y demostrarlo, porque no es un amor escondido sino deseoso de comunicar. De ahí que este amor, quizá como todos los amores, conlleve una gran responsabilidad. Y la responsabilidad te lleva a la valentía, protegida en la confianza de que él nos ama».

Mercedes Rueda Fernández

64 años. Maestra jubilada, escritora y feminista.


“Como cristianos, estamos llamados por la vocación de servicio y a ser buena noticia para los demás”. pag5_juanjo.jpg

Juan José Millán

62 años. Abogado y voluntario de Cáritas.


pag5_encarna.jpg “Como mujer, militante activa de la vida, cuento con la mejor alianza posible, la conciencia de la unidad. Unidad atravesada por el conocimiento que nace del eco de la espiritualidad que todo hombre y mujer puede sentir, experimentar y desarrollar. Es, en esta íntima conexión con el ser, donde es posible conectar con el origen, con Dios, el único, que las diferentes sociedades nombran con distintos nombres”.

Encarna Pérez Álvarez

55 años. Profesora de la Universidad de Salamanca.


«Para mí, ser cristiano es amar y ayudar desinteresadamente a los demás». pag5_david.jpg

David López

38 años. Químico.


pag5_josecho.jpg «Para mí, el seguimiento de Jesús de Nazaret ha sido y sigue siendo en mi vida un camino de realización personal y una llamada a la transformación de la Iglesia y de la sociedad».

Josecho Barca

38 años. Profesor de matemáticas en secundaria y miembro de la coordinadora de Redes Cristianas.


“Para mí, ser cristiano se centra en la comunidad que empieza por la comunidad más elemental, que es la familia, el compromiso con la otra persona, el ejemplo a los hijos, el cuidado de los mayores y la coherencia de vida y fe. Siguiendo por la comunidad parroquial, el servicio de vida y fe que es la consecuencia de tener a Jesús de Nazaret como centro de mi vida”. pag5_juanjo_delgado.jpg

Juan José Delgado Moraga

54 años. Empresario de una tienda de librería, papelería, prensa y regalos.

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