Crisis y compromiso

temadeportada1-2.jpgMuchos cristianos de a pie se preguntan qué es lo que su fe les exige hacer ante la encrucijada histórica en la que nos encontramos. Con el modelo económico en apuros y sin proyectos alternativos claros que oponer, la incertidumbre se agranda. Sin embargo, estamos llamados a traspasar el cerco de las sacristías y la moral privada para adentrarnos en la arena pública desde nuestras convicciones religiosas.

El capitalismo tiene todavía mucho recorrido y defensores no le faltan. El mercado resulta eficaz, en determinados casos y bajo ciertas condiciones, para asignar recursos limitados. Además, no hay alternativas a la vista, capaces de sustituir un modelo largamente apuntalado y desarrollado. Por lo demás, conviene sospechar siempre de los cantos de sirena de quienes dicen tener respuestas simples a problemas complejos. Pero los últimos acontecimientos nos están dando una lección que no debería caer en saco roto:

“El crecimiento económico y la abundancia que comporta son un medio, no un fin. El fin son los efectos que tiene sobre las vidas, las posibilidades vitales y las expectativas de las personas”, en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm.

Debemos entender, en su opinión, que “no sólo importa el aumento del ingreso y del consumo de los particulares sino la ampliación de las oportunidades y, como las llama Amartya Sen, las capacidades (“capabilities”) de todos por medio de la acción colectiva”. Por lo tanto, se necesitan “decisiones públicas dirigidas a conseguir mejoras sociales colectivas con las que todos saldrían ganando”.

La rica, y poco conocida, Doctrina Social de la Iglesia, parece ganar vigencia ante la debacle financiera y el parón productivo. Diversos colectivos y asociaciones están buscando en ella orientaciones morales y políticas que ayuden a afrontar el desafío que hoy tiene ante sí la humanidad: la construcción de un nuevo orden social más justo. Tomando una expresión de Imanol Zubero, con indudables resonancias cristianas, se puede afirmar que el mundo necesita del “proyecto samaritano”.

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