El ejemplo ateo

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pag4_temadeportada_web-4.jpgHubo una época, nada lejana, en que los ateos eran identificados con el demonio y considerados, por tanto, como los grandes enemigos de los creyentes, a los que podían tentar y quitar la fe. Algunos lo piensan todavía, pero esos tiempos ya han pasado. Hoy el ateísmo -e incluso el agnosticismo- tienen en común con la fe mucho más de lo que parece y puede hasta servir de ejemplo a muchos creyentes.

La increencia se caracteriza por la ausencia de adhesión a la idea de la existencia de Dios. Esta amplia definición engloba, claro, toda una gama de posiciones que van desde los indiferentes puros y duros –los que ni siquiera se plantean la cuestión divina- a los ateos, que se apoyan en un elaborado sistema de pensamiento y explicación del mundo, pasando por los agnósticos o los llamados más concretamente como “no creyentes” (los que no creen, pero tampoco experimentan la necesidad de explicar por qué).

Paradójicamente, el agnosticismo y el ateísmo se construyen a partir de Dios, de una u otra manera. Los primeros no creen en Él, pero tampoco niegan su posible existencia. Simplemente eluden pronunciarse porque “es imposible saberlo con certeza”. Los segundos, que incluso llevan su nombre incorporado –el término “ateo”, recordemos, significa “sin Dios” – toman postura contra su existencia, lo que, cuando menos, supone considerar que la cuestión merece cierta reflexión.

Pero si los ateos rechazan la existencia de Dios, no rechazan los valores cristianos. No en vano, el ateísmo surge del occidente cristianizado durante siglos y, en gran parte, por culpa de la religión establecida. Tendremos que preguntarnos, con el jesuita Henri de Lubac, cómo el cristianismo -que nació como una inmensa fuerza liberadora- acabó siendo en un momento de su historia un obstáculo para la liberación del ser humano. Porque éste fue el origen del ateísmo, tal como lo conocemos en la edad moderna: la idea de un mundo sin Dios, de la “religión del hombre”, surgió, al hilo del Siglo de las Luces, como rechazo de la religión de Dios, que se había convertido en opresora.

Podríamos decir que los ateos proponen un sistema de construcción en oposición –y en paralelo- al cristianismo. Hay, pues, una base común a partir de la cual es posible dialogar. El ateísmo se presenta, así, como el auténtico pensamiento humanista, sistematizado por Ludwig Feuerbach en La esencia del cristianismo. Este filósofo alemán mantiene que la idea de Dios es simplemente la proyección, en un mundo ideal, de los valores de bondad, de verdad y de justicia a los que aspira el hombre. Valores que la Iglesia de hoy comparte y asume plenamente. Y, en esta asunción, la increencia ha tenido mucho que ver. Por supuesto, el ateísmo también plantea serias objeciones a la creencia en un ser superior, como las cuestiones del mal –que “hace moralmente imposible creer en la existencia de un Dios moral”- o de la vida después de la muerte. Unos y otras han contribuido sensiblemente, en palabras del francés Paul Ricoeur, a “empujar a los creyentes hacia una fe adulta, llevándolo a superar la imagen de un Dios padre que castiga o premia para encontrar a un Dios de confianza y esperanza”.

En este sentido, la increencia sirve –o debería servir- como piedra de toque. Muchos ateos y agnósticos muestran hoy más coherencia, responsabilidad y preparación que los creyentes, para vergüenza de éstos. Según un reciente estudio del prestigioso Pew Research Center’s Forum norteamericano, los agnósticos y los ateos tienen más conocimientos de las doctrinas religiosas que los fieles de cualquier religión, incluida la propia. Les siguen los judíos y los mormones. A la cola están los evangélicos, los protestantes reformistas y, para terminar, los católicos. Entre las causas que explican estos resultados, el informe cita dos, a su juicio, fundamentales: los ateos / agnósticos tienen un nivel más alto de estudios y los judíos y los mormones suelen frecuentar –al menos- sus textos sagrados o leer sobre religión. En esto, los católicos –y, en general, los cristianos- también quedan los últimos.

De ahí -y no del ateísmo- viene ahora el peligro para la fe: de la indiferencia, según constató el Vaticano el pasado marzo en París, en el Atrio de los Gentiles, la iniciativa impulsada por Benedicto XVI para dialogar con los “no creyentes” y de lo que se ha dado en llamar la “fe tranquila”, señalada por el filósofo católico francés Fabrice Hadjadj en su libro La fe de los demonios o el ateísmo sobrepasado.

Sin duda, la indiferencia religiosa está ganando terreno en este siglo XXI al ateísmo y a las religiones establecidas. De una manera esquemática, podríamos decir que indiferente es, como señalamos antes, quien no se plantea la cuestión de Dios ni siente la necesidad de hacerlo. Una indiferencia extendida sobre todo entre los jóvenes –a pesar de todas las JMJ del mundo- y que queda muy bien reflejada en la boutade: “¡Si Dios bajara hoy a nuestras ciudades, le pedirían los papeles!”. El problema no es ya el rechazo de Dios, sino que no se le conoce, ni interesa conocerlo. Estamos, tal vez, ante el verdadero ateísmo, atendiendo al sentido original de la palabra, liberado por fin de Dios hasta para negarlo.

¿Y cómo dialogar con quien no está interesado? Una encuesta realizada en siete países europeos –España entre ellos- para la apertura del citado Atrio de los Gentiles muestra a las claras la dificultad del empeño: incluso el 64% de los creyentes no practicantes, a los que va dirigida en primer lugar la oferta, considera que el intento de diálogo es inútil.

Quizá a esto se refiere Hadjadj cuando sostiene que el peor enemigo de la fe está dentro y no fuera: “Haber encontrado a Dios y no servirle”. Es la fe de una perfecta ortodoxia, pero sin amor; una fe que se proclama de viva voz, pero ni se vive ni se encarna. Una fe, en sus palabras, “exacta, pero infiel”, inconsecuente: “Jesús no denuncia nunca el ateísmo, sino la fe farisea, más pura, más estricta que la de los publicanos o la de los saduceos”. Una fe que siglos atrás, ya está dicho, dio origen al ateísmo contemporáneo, un ateísmo que se hizo portador de la humanidad que, desde la fe, le negamos al Dios que adoramos.

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