La sociedad civil está afónica y deprimida

255temaportada2.jpgSon más necesarios que nunca y cualquier doctor les diagnosticaría afonía y depresión aguda. Los movimientos sociales encuentran en la presente crisis del sistema neoliberal una oportunidad de oro para lanzar sus propuestas al viento y que no caigan en tierra yerma. Sin embargo, los mensajes provenientes de la sociedad civil organizada se escuchan con cuentagotas. Siempre dividida (un mal endémico de quienes se oponen al orden establecido), en nuestro país los colectivos críticos tratan de encontrar su sitio. Los que saben, les aconsejan que se suban al carro de la imaginación. Alandar ha intentado retratar en el siguiente reportaje su realidad actual.

La sociedad civil está desorganizada. Se parece mucho al ejército de Pancho Villa. Al menos en España. Frente a una coyuntura económica, política y social marcada por el caos y la desesperanza, quienes deberían generar mensajes cargados de ilusión, crítica y alternativas se hallan peleados entre sí, mermados en número y con un poder de interlocución frente a los poderes establecidos cada vez menor. Este análisis que corean sus propios portavoces, se explicita en los resultados del mayor y más reciente estudio sociológico realizado en nuestro país en 2008. El informe FOESSA, patrocinado por Cáritas y cuyos resultados han sido ‘sorprendentemente’ silenciados por la jerarquía católica, sentencia en sus conclusiones que “se aprecian (en el último decenio, periodo analizado por el estudio) en España procesos de fragmentación social e individualización participativa”. Sus autores se preguntan: “¿Cuáles pueden ser las vías para reconstruir la sociedad civil?” Y, a continuación, responden: “El reto reside en que los movimientos sociales se coordinen para que las acciones sean más eficaces en la presión a los poderes públicos y privados”. No está mal el diagnóstico, aunque la dificultad de la propuesta se agudiza si tenemos en cuenta los males endémicos que acosan a unos colectivos desorientados por los profundos cambios que ha experimentado el mundo en los últimos años.

Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense, y uno de los analistas más agudos que se puede escuchar en nuestro país, entiende que “la consolidación de esos movimientos de contestación y emancipación es tanto más urgente cuanto que, por momentos, se adivina un renacimiento de muchas de las políticas que abrazaron, ocho decenios atrás, los nazis alemanes, defendidas ahora no por ultramarginales grupos neonazis, sino por algunos de los principales centros de poder político y económico”. Un punto de vista muy parecido al que mantiene Antonio Martins, periodista brasileño, uno de los ‘padres’ del Foro Social Mundial. Para Martins, “tenemos que superar una cultura política que priorizaba la denuncia, porque dejaba la construcción de nuevas relaciones sociales para después del día en que conquistaríamos el poder. Una postura de esta naturaleza es particularmente trágica en tiempos de crisis, cuando la gente, muchas veces desesperada, necesita más que nunca respuestas concretas. Y si no le ofrecemos esas respuestas o nos limitamos simplemente a la denuncia del sistema, sin sugerir una salida, se puede correr el riesgo incluso que la gente busque alternativas en posiciones simplistas de ultraderecha”. La conclusión final que esboza se resume en que “los movimientos sociales debemos tomar el camino de la imaginación”.
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Más necesarios que nunca

En la coyuntura actual de crisis económica generalizada, las voces críticas, sin embargo, llueven por doquier, tratando de buscar responsabilidades y culpables. Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, llega a comparar la dimensión de esta crisis con la caída del Muro de Berlín. “El desarrollo de la misma va a desnudar otras contradicciones típicas del sistema. Entre ellas la desigualdad, un fenómeno que importa menos que la producción de mercancías; o la alineación, es decir, la producción y el consumo desvinculado de la conciencia”, apunta Stiglitz, al que pocos pueden acusar de desinformado.

Pero son menos quienes ‘giran la cabeza’ en busca de una sociedad civil organizada y capaz de exigir justicia a quienes se han saltado todas las leyes. Porque, aunque puede parecer escandaloso, muy pocas voces se han alzado para exigir que se haga pagar los platos rotos a los cientos de especuladores, con sueldos multimillonarios, que ‘se marcharon de rositas’ entre los cascotes de la debacle financiera que ellos mismos habían provocado. Las cosas así, el propio sistema aprovecha la coyuntura en su propio beneficio. Carlos Taibo desvela este mecanismo perverso: “se ha extendido el mensaje de que la crisis financiera ha dado al traste con los Objetivos del Milenio o con la lucha contra el cambio climático, como si uno y otro proceso no estuviesen muertos antes de la propia crisis”.

El mismo poder financiero que ha promovido la locura del sistema económico que ha regido los destinos de la mayoría de los países, en las últimas décadas, respira aliviado ante la escasa resistencia que ha encontrado en los movimientos sociales. Así, en los medios de comunicación se ha repetido hasta la saciedad que “la crisis era inevitable”. Se ha presentado a ésta, casi como una plaga bíblica o una catástrofe natural. Ya escribían Chomsky y Ramonet, autores de ‘Cómo nos venden la moto’, y poseedores de dos de los discursos más sólidos de la crítica intelectual altermundista, que los medios de comunicación fijan hoy en día los límites de la realidad. No extraña, en consecuencia, que la televisión repita imágenes de resignados trabajadores haciendo la cola frente a las oficinas del INEM. Al ponerles un micrófono delante, estos terminan reconociendo que “a su patrón no le ha quedado más remedio que despedirle”. ¡Pobres empresarios! En tiempos de ‘vacas gordas’, a los dueños de esos mismo negocios, cuando se obtenían pingües beneficios especulando con el precio de la vivienda o del dinero, nadie les preguntó por qué no repartían sus ganancias con sus empleados.
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En esta coyuntura de injusticia estructural, la voz, las ideas y la iniciativa de la sociedad civil organizada se echan más de menos que nunca. Pequeñas islas en un mar oscuro emergen de repente. Así, frente al escándalo del desigual reparto de la riqueza en nuestro país, que tiene como consecuencia la existencia de 8 millones de personas bajo el umbral de la pobreza, la Fundación de Cultura para la Paz hace propuestas interesantes en un reciente manifiesto titulado ‘En tiempos de crisis, soluciones para la gente’. Esta entidad, presidida por un personaje tan respetado como Federico Mayor Zaragoza, defiende el concepto de ‘democracia económica’, un sistema que “garantice a todas las personas de nuestro país unas percepciones económicas mínimas que permitan a todo el mundo vivir dignamente”. Para conseguirlo, propone la implantación de la Renta Básica de Ciudadanía (RBC) que ya está siendo aplicada en lugares como Canadá, Alaska (Estados Unidos) y en Estados de Brasil”. La RBC, “podría beneficiar, en una primera fase, a todas aquellas personas, mayores de 18 años, que por haber perdido su empleo, por su condición de pensionistas o por otras razones, perciben prestaciones sociales inferiores al salario mínimo interprofesional (624 euros al mes), que sería el umbral de referencia, lo que aportaría estabilidad económica y emocional a quienes están sufriendo injustamente las consecuencias de los desmanes del mercado. Ello sin perder de vista su carácter universal, hacia el que habría que tender en el futuro. No se trata”, argumentan sus defensores, “de un gasto social, sino de una medida económica con inmediatos beneficios sociales, desde la constatación de que el bienestar generalizado produce sociedades más equilibradas, más equitativas socialmente y con menos gastos en policía, salud, etc. Esta medida, además, incentivaría la participación ciudadana en la vida pública y la reorientación de nuestro contexto comunitario hacia valores de solidaridad y cooperación entre grupos humanos”. No cabe duda de que es una idea rompedora. Nada descabellada en lo económico si se tiene en cuenta que el Gobierno Zapatero ya ha garantizado 30.000 millones de euros para ‘sanear la banca’.

Otras iniciativas, como una reciente protagonizada por ATTAC, emergen tímidas y con escasa repercusión. Tras reunir a 28 colectivos sociales el pasado 11 de diciembre, este movimiento, estandarte de la voz de los antiglobalizadores, ha convocado para el 14 de febrero en Madrid un encuentro que sirva para unir esfuerzos. “Queremos iniciar un proceso de encuentro de todo el movimiento cívico para elaborar ante la crisis global nuestras propias propuestas y presentarlas ante la sociedad”. Para las y los representantes de ATTAC España: “tenemos la responsabilidad de llamar a la movilización general porque los efectos de la crisis también tienen traducción humana, con el incremento del paro, la pobreza y el hambre en gran parte del Planeta”.

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