Por Sara Gutiérrez Cabrera

Cientos de miles de estudiantes de todas partes del mundo se han movilizado el pasado viernes 15 de marzo para exigir acciones frente al cambio climático. En España 60 ciudades han convocado movilizaciones, en total 123 países, más de 2052 ciudades en todo el mundo. La manifestación más multitudinaria en el territorio español ha sido la de la capital, con 10.000 asistentes según los organizadores. Mientras, 150.000 personas se manifestaban en Australia, 10.000 en Parliament Square, en Londres, y en Bruselas, capital europea y corazón de las huelgas estudiantiles por el clima, 30.000 jóvenes llenaban las calles ese viernes.

Greta Thunberg protesta ante el colapso climáticoEl origen de estas movilizaciones se encuentra en la joven sueca de 16 años, Greta Thunberg, que desde el comienzo del curso escolar decidió hacer huelga todos los viernes y protestar frente al parlamento. El 4 de diciembre de 2018 pronunciaba en la COP24 un contundente discurso acusando a los políticos de “no ser lo suficiente maduros para decir las cosas como son”. En noviembre el grupo de desobediencia civil no-violenta Extinction Rebellion cortaba los cinco puentes principales de Londres con centenares de activistas, consiguiendo poner el foco mediático en la urgencia de actuar frente a la inminente catástrofe climática. Era el rumor de una ola verde que empezaba a recorrer Europa apelando a una cuestión puramente ética: no podemos vivir a costa de las generaciones futuras, ni del resto de las especies, ni del planeta.

A España esta ola ha llegado más tarde, aunque no con menos fuerza. El pasado viernes 1 de marzo 400 jóvenes participaban en la primera sentada frente al Congreso bajo el nombre Fridays For Future (Viernes Por el Futuro). El 15 de marzo este número se multiplicaba de manera vertiginosa en la capital hasta alcanzar los 9.000 asistentes en la huelga global por el clima.

Sin embargo, los datos alarmantes sobre el cambio climático, como se denuncia en estas protestas, llevan tiempo sobre la mesa. Estamos ante lo que los científicos denominan la Sexta Gran Extinción: 150 especies se extinguen al día por culpa del ser humano y dentro de 35 años el 98% de los insectos habrá desaparecido. Pero no se trata únicamente de una catástrofe medioambiental, sino de una crisis ecosocial. Vivimos en una sociedad que aspira a un crecimiento económico constante en un planeta con unos recursos biofísicos cuyos límites amenazamos con sobrepasar. Algunos efectos ya tangibles del cambio climático, como las sequías, están detrás de las últimas oleadas de refugiados a Europa, y el declive de recursos como los combustibles líquidos ha derivado en conflictos como las revueltas de los chalecos amarillos en Francia.

Los científicos alertan de que superar el límite del aumento de temperatura establecido por El Acuerdo de París (fijado en 1,5 grados centígrados) tendría efectos irreversibles como la pérdida completa del coral o el derretimiento de los casquetes polares que tendrá como consecuencia una subida del nivel del mar afectando fatídicamente a las ciudades costeras y del litoral. Para cumplir con este objetivo se requerirían cambios drásticos en todos los aspectos de la sociedad (consumo, energía, planificación urbanística…). Los científicos señalan que si bien mantener este límite es difícil, no es imposible.

En España, además, la emergencia es mayor. La subida media de temperaturas de las ciudades españolas en los últimos 50 años dobla la del resto del planeta y de no reducir las emisiones de CO2 en apenas 80 años un tercio del territorio español actual se habrá convertido en ecosistemas desertificados. El contexto actual de movilizaciones por el clima no es otra cosa que la consecuencia de un despertar social, y la proximidad de un periodo electoral general en el estado español invita a pensar que un cambio hacia políticas verdes transformadoras aún es posible. La implementación de modelos ecosociales a nivel urbano como el plan estratégico Móstoles Transita 2030, que busca la aplicación de la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), o la Ley de Cambio Climático (insuficiente, aunque un primer paso necesario) auguran una reconducción de la atención política hacia temas relacionados con la sostenibilidad.

Pero ¿qué debemos esperar tras este 15M Climático? Las movilizaciones y reivindicaciones gestadas durante estos meses deben ser el preludio de la progresiva creación de una conciencia colectiva ecológicamente responsable. La escalada en acciones (para 2020 el grupo By 2020 We Rise Up planea acciones de desobediencia civil no-violentas por toda Europa) y en participación ciudadana pueden ser el desencadenante de una profunda transformación del modelo actual a un modelo basado en la sostenibilidad de la vida que penetre en todos los niveles (económico, alimentario, movilidad…). El reto ahora está en que esta transición sea una transición ecológica justa, prestando especial atención a aquellos sectores que resulten más afectados por las medidas.

El futuro inmediato del planeta se presenta como el gran desafío de la humanidad. Esta lucha no debe ser una cuestión que ataña únicamente a los más jóvenes, que no tienen la capacidad de impulsar estos cambios por sí solos (en muchas ocasiones, ni siquiera pueden votar). Las generaciones precedentes deben asumir la responsabilidad que les toca y apoyar estas protestas llevando a cabo las políticas necesarias. El dilema que se nos plantea es mucho más sencillo de lo que parece: rebelión o extinción.