Cara de resucitados

Un cuadro con La Inmaculada acompaña discretamente la gran imagen negra de La Merced en esta parroquia de Moratalaz. No creo en las coincidencias. Me bauticé en la Concepción y aquí tomé la primera comunión. Han pasado 35 años. Lo recuerdo tal cual.

Fecha: 17 de enero. Segundo domingo del tiempo ordinario. San Antón.
Lugar: Parroquia Nuestra Señora de la Merced. C/ Corregidor Juan Francisco de Luján, 101. (Moratalaz) Madrid.
Celebración: Misa de las familias. 11:30. Hay una para madrugadores a las 09:30, otra a las 12:30 y por la tarde a las 19:30.

El barrio es muy barrio. Pisos de cuatro alturas construidos con ladrillo rojo. Muchas calles que entran y salen. Algunas de ellas sin salida. Mercerías, bares y saneamientos. No es fácil encontrar aparcamiento. Es un domingo de invierno soleado. La iglesia está al final de una calle sin salida. También es de ladrillo, pero blanco. Y tiene una torresencilla con campanas que, a las once, suenan tímidamente como no queriendo molestar.

comentario a la celebración litúrgica de Santi Unermano en la Parroquia de Ntra. Sra. de la MercedDentro del atrio, al cruzar la verja, una gitana con un bebé en los brazos y dos críos pequeños saluda a los parroquianos. Arriba de las escaleras su marido hace lo mismo y abre la puerta a los feligreses al tiempo que extiende la mano. “El que quiere, puede. Lo dice la palabra de Dios”, me recibe con un marcado acento calé. Y pienso si se refiere a los apócrifos, si se confunde con Paulo Coelho o si ha escuchado la última rueda de prensa del Cholo.

La calefacción está puesta. Hay cuatro hileras de ocho bancos que se llenan hasta los topes antes de la celebración. Un buen grupo de personas se queda de pie. Calculo que seremos unos cuatrocientos. Una catequista repasa en el ambón con los niños las lecturas mientras una veintena de jóvenes con tres guitarras toman posiciones en la parte delantera. El cañón comienza a proyectar en una pantalla la letra de la canción de entrada.

Preside un cura muy joven. Junto a él un único monaguillo que viste con alba roja y roquete blanco. Un clásico. Y nada más santiguarnos el vicario conecta de lleno con el pueblo de Dios: “Por primera vez hace más calor dentro que fuera de la iglesia (risas). A ver si este calor se nota también en el cestillo (más risas)”.

El Evangelio cuenta el milagro de las bodas de Caná y la prédica es como la minifalda: corta, enseña y da esperanza. El joven sacerdote llega muy bien a las familias. Interpela a los jóvenes y a los niños por su nombre. Explica de un modo cercano. “El domingo pasado estuvimos de bautizo con Jesús y hoy toca ir de boda”. El ambiente es de hogar. Arranca con una anécdota de Nietzsche sin citarle. “Había un filósofo que decía que los cristianos no teníamos cara de resucitados”. Y cita “La alegría del Evangelio” -que da título a esta sección- rematando con un espontáneo “Ese es mi papa”.

En las preces, una confidencia: “Me dice el párroco, el padre Juan, que no os cuente que su padre está muy enfermo. Vamos a pedir por él y por todos los de la parroquia”.

Rezamos el padrenuestro uniendo las manos y hay mucho orden a la hora de la comunión. Los niños que aún no han comulgado son los últimos en pasar y, aunque no participan del banquete, reciben la bendición del cura.

Un único aviso parroquial: “Lo del padre Juan que no salga de aquí”. Y antes de la bendición final recuerda el padre Antonio María que hoy es San Antón “y mi madre me ha felicitado esta mañana dos veces, por mi santo y porque es el patrón de los animales” (risas). “Podéis ir en paz”.

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