Morir de fàstic

Siempre escuché en casa que mi abuelo catalán solía repetir: “si no es morís un de vell, es moriria de fàstic” (si no se muriese uno de viejo, se moriría de hastío).

Pues ahora que estoy en camino de morirme de viejo, echo de menos la gran sabiduría de mi abuelo.

Es posible que yo pertenezca a una generación mal educada. No me refiero a las normas sociales (estudiábamos un libro que se llamaba Juanito o el niño bien educado), sino a que crecimos, sin saberlo, en un clima de historicismo. Utilizo esta palabra sin muchos matices para calificar la convicción de que la sociedad iba siempre avanzando para bien, en un progreso constante.

Y, de hecho, parecía que así era. Vivimos el Concilio Vaticano II. Asistimos a los movimientos contra el franquismo y, finalmente, a la muerte de Franco. Nos alegramos de las revoluciones cubana y sandinista. Conocimos el desmoronamiento de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín. Asistimos a la entrada de España en la Unión Europea… Todo iba para bien en un mundo en progreso.

Y, de repente, todo se torció. Empezó la serie de dictadores brutales elegidos, para mayor inri, democráticamente: Putin, Obiang, Bashar al-Ásad, Ortega, Maduro, Netanyahu… El Concilio empezó a desvirtuarse. Comenzaron a crecer movimientos neonazis, neofascistas, neofranquistas. La violencia empezó a ser el clima de las relaciones humanas. Las guerras, que parecían haber terminado como instrumento para resolver conflictos, se han vuelto más brutales que nunca. Y así estamos.

Este es el panorama internacional que nos golpea con imágenes estremecedoras en cuanto abrimos un telediario.

Pero vengamos a lo que se vive en nuestro país. Como si alguien hubiera abierto la caja de Pandora, de repente han empezado a rodearnos la estupidez, la ignorancia, el fanatismo, la mezquindad, la mala voluntad, la mentira, la calumnia, la injuria, sin que ninguna de esas actitudes reciba ninguna reconvención ni, mucho menos, un castigo.

Un día te enteras que en una iglesia se celebra la misa en latín y de espaldas. Otro día ves a un cura que ha decidido dar testimonio vistiéndose con faldas. En otra ocasión un obispo sale diciendo que los homosexuales son enfermos y se ofrece a curarlos. Otro día se convoca a los católicos a rezar el rosario una vez al mes para la salvación de España (¿la salvación de qué? ¿del paro, de la desigualdad?). Y como el rosario parece servir para todo, un grupo de católicos lo reza apoyando a unos energúmenos que bloquean durante semanas las calles y la entrada en la sede de un partido contrario.

Un día un político clama contra los menores inmigrantes porque -lo repite dos veces- no quiere palizas, ni machetazos, ni violaciones, aunque no se hayan producido ninguna de esas cosas. Unos menores a los que se mantiene amontonados por no se sabe qué intereses electorales. El mismo energúmeno ataca a su adversario político llamándole dictador, corrupto y criminal. Otro día en el Parlamento un diputado ensalza el trabajo de Franco por la reconciliación de los españoles, sin acordarse de que después de la guerra civil firmó entre cincuenta mil y cien mil penas de muerte. Otro día un personaje público consigue reunir al Senado para oponer con total ignorancia creacionismo y evolucionismo. Un grupo sedicente católico fleta un autobús y lo “decora” con insultos a sus contrincantes políticos. Un personaje oscuro pero influyente amenaza a los periodistas que desvelan sus bulos, sin que nadie condene ni las amenazas ni los bulos.

Por otra parte, los jueces se erigen en legisladores con argumentos y actuaciones que avergüenzan a cualquier persona normal. Otro responsable político se dedica a comer y a no se sabe qué mientras una avalancha de agua y lodo mata a más de doscientas personas y como su partido le apoya, ahí sigue tan tranquilo en su puesto. Otro tipo se presenta a las elecciones europeas para evitar condenas por bulos, mentiras e insultos… y las gana.

El nombre del grupo de este último es bien acertado: Se Acabó la Fiesta. Se acabó la fiesta y empezó la agresión, la injuria, la persecución, el insulto, la calumnia, todas impunes.

Te das cuenta, claro está, de que todas estas actuaciones van dejando su huella en personas amigas y, supuestamente, sensatas. Calumnia, que algo queda.

Verdaderamente, qué razón tenía mi abuelo: “si no es morís un de vell,…”.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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1 comentario en «Morir de fàstic»

  1. ¡Bien Carlos!.
    En esa percepción de la realidad nos movemos.
    Esa realidad nos infunde inseguridad y la inseguridad nos llena de miedo. La tendencia es a agacharse, callar y dejar que pase el temporal. pero ¿pasará?. y Cuando?. En que medida y con que criterios y valores los jóvenes podrán enfrentarse esa realidad. ¡Los valores! ¿Quién da ejemplo? ¡El respeto a las personas , a todas ! ¿Quién da ejemplo ?

    Podemos refugiarnos en nuestro ámbito más cercano y dejar de leer las noticias o pensar que todas son lejanas y no nos afectan . Pero sí nos afectan .

    ¿Alguna palabra de orientación, de ánimo, por parte de alguien de alguna «autoridad»· que pueda ayudarnos a defendernos y a movernos a la acción concertada o individual y a mantener y transmitir los valores que profesamos?.

    La necesitamos, necesitamos la orientación y la palabra; también los espacios para reconocernos, hablar y trabajar juntos en defensa de otros valores distintos a los que se nos imponen en torno al beneficio económicos, al consumismo, y a la política del «descarte» de los menos favorecidos.

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