Andrés, campeón de salud mental

Protocletos: por ese nombre, sonoro y solemne, conocen en la Iglesia ortodoxa al apóstol Andrés, el andreios, el valeroso. Fue uno de la doble pareja de hermanos pescadores elegidos por Jesús en el lago de Galilea pero, ya desde ese primer momento, es Simón quien chupa cámara, acaparando la atención, y Andrés pasa a segundo plano: “Vio a Simón y a su hermano Andrés que estaban echando las redes en el lago… (Mc 1, 16). Simón es el protagonista y Andrés, “su hermano”. 

En la lista de los doce elegidos, retrocede varios puestos: Designó a estos doce: a Simón, a quien dio el sobrenombre de Pedro; a Santiago, el hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, a quienes dio el sobrenombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe…”  (Mc 3, 16-18) Ni sobrenombre, ni procedencia paterna, ni mote cariñoso y además nombrado en cuarto lugar junto a la tropa de los demás.

Tampoco va en el grupito de discípulos a los que Jesús se lleva con él en tres momentos intensos: a casa de Jairo donde va a resucitar a su hija (Mc 5, 37), en la transfiguración (Mc 9, 2) y en el huerto de Getsemaní (Mc 14, 32). Los tres elegidos son siempre los mismos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Dónde ha quedado Andrés? ¿Por qué se rompe la lógica simetría de elección de los cuatro primeros ? ¿Qué ha hecho Andrés para quedar excluido?

Recuerdo un capítulo general de mi congregación en el que el proceso para elegir a la superiora general estaba confuso y en el primer sondeo que hicimos dando nombres, en el resultado final había 90 nominadas de las 95 participantes. Una francesa mayor con muy buen humor colgó en el tablón de anuncios una foto suya con el letrero: “Et moi ¿pourquoi pas?”.

Eso mismo podía haber reclamado Andrés a Jesús: “Y yo ¿por qué no?”.¿ Por qué no me llevas, ni me eliges? ¿Por qué pasas de mí, me relegas, me ninguneas, me cancelas…?”. Si los descartados hubieran sido los Zebedeos, probablemente habrían montado un numerito: buenos eran ellos y buena era su madre. Y no digamos Pedro, tan …yo-para-merecer-esto. Es verdad que el evangelio de Juan lo trata mejor: es uno de los dos primeros discípulos del Bautista que siguen a Jesús y actúa de intermediario en varias ocasiones: lleva a Pedro a Jesús, le presenta al muchacho que tenía panes y peces y es a él a quien buscan unos griegos que querían conocer a Jesús.

También en la serie Los elegidos Andrés es un personaje amable, simpático, bromista,  algo patoso. Inolvidable verle bailando en las bodas de Caná…

Todo esto me lo sugiere la lectura veraniega del libro de Pascal Bruckner, Sufro, luego existo. La víctima como héroe (Siruela, Madrid, 2026), en la que cuestiona las posturas lastimeras y autocomplacientes de los aquejados por una obsesión patológica por el reconocimiento y viven el más mínimo rechazo como un agravio. Hipersensibles a la menor contrariedad y alérgicos a cualquier inconveniente, padecen el síndrome del guisante y se adueñan del estatuto de víctima, impermeables a la empatía y a la piedad. Compararse con otros alimenta su envidia y buscan certificados de sufrimiento que los eleven por encima de sus semejantes en detrimento de los que de verdad sufren la desgracia.

La figura de Andrés, libre de esa cansina susceptibilidad, es una invitación a cultivar esa sanidad mental que permite vivir con un talante abierto, sin compararnos con nadie ni sentirnos frustrados porque han preferido a otros para algo. Y buscando siempre el lado bueno de las situaciones.

Imaginemos este breve sketch que transcurre en 24 horas:

  1. Por la tarde, Andrés ve a Jesús hablando aparte con Pedro, Santiago y Juan y piensa: “Seguro que les cae algún encarguito de los típicos del Maestro. Qué suerte tengo, por esta vez me libro…”.
  2. Por la mañana sale Jesús acompañado de los tres con los que había hablado la víspera y se despiden del grupo diciendo que van a subir al monte a rezar y que no los esperen para comer. Y Andrés piensa: “Qué detalle ha tenido el Maestro al no pedirme a mí que lo acompañe… seguro que se ha acordado de aquella vez que le hablé de mis vértigos en la altura…”.
  3. Al atardecer, vuelven los del monte. Andrés los está esperando con agua fresca, pan, aceitunas y dátiles: “Venga, a comer, que debéis estar cansadísimos y hambrientos. Y luego me contáis qué tal os ha ido por allá arriba…”.

No me extrañaría nada que, allá en el fondo fondo, el que le caía mejor a Jesús fuera precisamente Andrés.

Autoría

  • Dolores Aleixandre

    Jubilada feliz. Encajando el envejecer con cierto garbo (de momento). Convencida de la fuerza de la Palabra y de la bondad última de las personas. Adicta a la Biblia y a contársela a otros. Agradecida a la vida, al cariño de tantos amigos y al sentido del humor. Aficionada al cine, a la música polifónica y a Gomaespuma. Lectora desordenada y escritora de vuelo corto. Orgullosa de ser columnista de alandar. Tratando de callarme más, rezar más y vivir más atenta al latido del corazón de Dios en el corazón del mundo.

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