Integración fe-homosexualidad

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portada2-4.jpgCuando alcanzas un cierto estado de madurez (sólo aparente, claro) y llegas a poseer algo de aquello que llaman “equilibrio personal”, es relativamente fácil realizar una mirada retrospectiva hacia nuestro pasado, y repasar todos los pasos dados hasta llegar al punto actual. Pero cuando te encuentras en medio de la vorágine de encrucijadas, crees que jamás alcanzarás el fin de esa solitaria desesperación…

Aquella tarde de junio decidí dar por terminada definitivamente esa relación de seis años con el chico de toda la vida, pensé que se iniciaba una nueva etapa. Lo que jamás podría haberme imaginado es que los cambios que se sucederían a partir de entonces iban a ser tan drásticos y, sobre todo, tan dolorosos. Mi vida hasta aquel momento había transcurrido con toda aparente normalidad, entre el trabajo en la administración, los amigos, las salidas, y mis estudios en la universidad… Pero esa aparente normalidad socialmente aceptada, guardaba el secreto mejor guardado, pagando por ello una vida afectivamente destrozada. Me colocaba ante la primera gran encrucijada de mi vida: decidir romper definitivamente con aquel perfecto escaparate de chica casamentera; con el trabajo que me había costado tener novio, después de una adolescencia caracterizada por las constantes burlas de los chicos por mi sobrepeso. Pues a pesar de todo… en lo más hondo de mi alma sabía que debía poner punto y final con todo aquello. Una ruptura imprevista, rápida y tajante, seguida de unas oportunas vacaciones que me permitieron alejarme unos días.

Preguntas trascendentales

Tenía veintidós años y seguía preguntándome ¿Quién era yo? ¿Qué quería hacer con mi vida? ¿Qué podía hacer con aquellos sentimientos hacia mis compañeras de estudio, de trabajo… que me confundían, que me hacían sentirme distinta, extraña…? Esos sentimientos confundidos con admiración o amistad y que yo reconocía perfectamente como amor verdadero y puro. No podía obligar a nadie a ser infeliz y mucho menos, no tenía derecho a provocar el permanente sufrimiento de un hombre que me quería, pero a quien yo nunca podría ser capaz de amar como él necesitaba. La decisión de ruptura implicaba arrojarme al vacío de lo desconocido, pero… esa era mi vida y tenía que vivirla.

Siempre me sentí protegida por Aquel que me ama, y que nunca dejó de indicarme la dirección de mis pasos. Una vez más, confié en Él. Me condujo hacia un oportuno autobús camino a casa, en el que me encontré con una hermana teresiana. Siento debilidad por la familia teresiana. Me eduqué en uno de sus colegios desde los tres años, y en él aprendí y asumí como propio el espíritu teresiano. También me enseñaron el poder de las mujeres dentro de la iglesia, me hablaron del valor de Teresa, que en ningún momento dudó de seguir a su corazón, a pesar de la incomprensión, las críticas o incluso las amenazas de la inquisición. Después comprendería cómo los pilares feministas que luego caracterizarían mi vida nacieron durante estos años de educación infantil y adolescente. Me emocionaba encontrarme con alguna hermana por la calle, o en alguna ciudad. Y desde luego, procuraba sentarme a su lado y decirle con orgullo que había sido alumna del colegio. En este caso, conocía bien a la hermana que volvía de la capital hispalense hacia el pueblo del Aljarafe en el que se encontraba el colegio. La reconocí al instante y me alegró volver a verla después de tanto tiempo. Así que el acto de sentarme a su lado, vacío, no me resultó nada difícil.

Hablamos durante todo el viaje. Las monjas, y especialmente las jóvenes, tienen una habilidad especial para sacarte toda la información que quieren con dos o tres preguntas fundamentales. Además, yo necesitaba hablar, gritar todo lo que llevaba dentro. Desde luego, no lo hice, pero sí se dejó entrever mi ansia por recuperar esa espiritualidad olvidada en algún recóndito rincón de mi alma. Tenía necesidad de regresar a aquel edificio, sentirme protegida entre aquellas paredes, y un día me planteé visitar a alguna hermana cualquiera. Me hacía falta hablar con alguien, salir de casa, distraer mi atención. Después de tantos años de noviazgo, tras la ruptura, a penas salía y empezaba a resultarme pesada la estancia en casa durante tanto tiempo. Iría a charlar con alguna profesora que volvía a estar destinada de nuevo en Sevilla; y el Destino, ése que algunos llaman casualidad, y que a mí me gusta llamar Jesús, ya trazaba sus notas para conducirme hasta donde Él quería. Y de nuevo, hablamos largo y tendido sobre mí, sobre mis recuerdos teresianos, sobre mi necesidad actual de Jesús…

portada3-4.jpgAspirante a Religiosa

Durante mi visita… se recibió en la portería la llamada del hospital: “La hermana Lourdes había fallecido”. Después de un larga enfermedad y una reciente agonía provocada por un accidente. “Ahora alguien debía ocupar su lugar”- Esa frase dicha desde el calor de la despedida, resonó en mi cabeza durante todo el camino de vuelta a casa, y durante los días siguientes. Con tanta fuerza que me condujeron casi sin darme cuenta, unos días después, a una entrevista personal con la madre provincial, que me aceptó sin reservas entre las aspirantes. En muchas ocasiones había pensado en la posibilidad de ser religiosa, por supuesto teresiana, pero verlo así como algo real en mi vida, no lo hubiera imaginado. Estaba experimentando tantos cambios, que me sentía aturdida, pero a la vez, inmensamente feliz, a pesar de que el lanzamiento al vacío era inminente.

Durante mi breve pero intenso periodo de formación religiosa (poco mas de un año), adquirí las herramientas necesarias para conocer el poder de la vida comunitaria, la intensidad de la soledad en presencia de Aquel que me ama más de lo que yo jamás podré entender, el cariño de la corrección fraterna que tanto me costaba aceptar, las guías de las maestras…

Todo aquello lo recuerdo con mucho cariño y también, por qué no reconocerlo, con cierta nostalgia. Como también recuerdo muy bien aquella emoción que embargaba mi mente, al encontrarme con esa hermana especial que me hacia ser la mujer más feliz o desdichada de la tierra. Procuraba su conversación constante, coincidir con ella en los turnos, acariciarla cuando íbamos en el metro, abrazarla cuando jugábamos los partidos de baloncesto, cuidarla cuando estaba enferma… Allí descubrí lo que significaba amar a una mujer y, aunque nunca hubo nada físico entre nosotras, logró hacer tambalear de nuevo todos los cimientos de mi “aparentemente firme vocación”.

Y así fue como accedí a la segunda gran encrucijada: qué hacer con mi vida en este nuevo cruce de caminos: ¿aceptar mi homosexualidad de una vez y continuar viviendo en esta gloria permanente junto a otras mujeres, con la consiguiente aceptación social y prestigio? ¿O por el contrario, volver a mis orígenes, a mi familia, aceptando todo aquello que había descubierto de mí misma, y lo afrontaba desde la coherencia, en la vida real y sin tapujos?. Nadie mejor que yo sabía cómo era y qué era. Lo había sentido desde muy joven, pero la propia dinámica adolescente nos hace caer en la sociabilidad aceptada, y pensar que eres la única enferma del mundo. Pero desde luego, con la riqueza espiritual que estaba recibiendo de Él, no podía cerrar más los ojos a mi realidad más profunda, pero mía al fin y al cabo. Me acompañaron noches de lágrimas y desconcierto, porque no deseaba dejar aquella casa que ya consideraba propia, y mucho menos separarme de ella. Pero, mi destino volví a dejarlo en Sus Manos. Pocas semanas después la salida seria inminente. Fue muy dolorosa la marcha de aquel entorno, y pagué con muchas lágrimas el retorno a todo lo que había dejado meses antes. Durante los meses siguientes, me empecinaba en continuar fuera con las mismas normas de dentro: horarios de rezos, lecturas, silencio…

Descubrimiento de un mundo nuevo

Retomé las clases en la universidad y por fin, se iniciaba el curso. Recuperé el hábito de estudio intenso y amplié mi círculo de amistades. Entre ellas, conocí a Moli (podría llamarla mi madrina de iniciación en el mundo lésbico), gracias a ese séptimo sentido que nos funciona a las lesbianas para identificar a otras mujeres como nosotras, que funciona siempre, y nos hace acercarnos a las afines con cualquier excusa. Unos apuntes perdidos, una conferencia de interés común, unas jornadas feministas… y, finalmente, una confidencia compartida. Ella me abriría las puertas a un mundo nuevo y que creía inexistente: salidas, amistades, primeras relaciones sexuales, lésbicas, claro (de las hetero, con una ya tuve bastante)… Y, poco después, la siguiente encrucijada: ¿Cómo poder integrar a Jesucristo en todo aquello? Movidas nocturnas, amor libre, salidas permanentes…¿era eso ser lesbiana?.

El ateísmo crítico mayoritario que se deja entrever entre las mujeres lesbianas, y que forma parte de esa indisoluble identificación fe-institución-posicionamiento político tradicional/conservador, me estaba empezando a molestar de nuevo, y hacerme sentir otra vez, “un bicho raro”. ¿Cómo era posible que yo fuera lesbiana y católica, por ejemplo? ¿Cómo puedo creer en ese amor para siempre? ¿Cómo puedo pretender la fidelidad entre mujeres si el entorno que conozco es la libertad sexual? ¿Estoy pidiendo algo imposible? ¿Cómo pueden existir tales incongruencias en mí? …”Pues yo existo” -pensaba una y otra vez. Al mismo tiempo que procuraba evitar charlas, encuentros o temas de discusión en el que el evangelio saliera a la luz.

Nuevamente bicho raro

Así que, después de admitir desde mi fe que era lesbiana, tocaba ahora, desde mi identidad sexual por fin asumida, renunciar a mi fe. Porque no quería volver a sentirme humanamente sola. Volvía a ser un bicho raro entre las lesbianas. Pero… el Amor con mayúsculas es más grande que todo eso y un día decidí que ¡jamás renunciaría a mi fe! Seguiría buscando… Tenía la certeza de que en alguna parte del mundo debería existir alguna otra mujer que pensara y amara como yo…

Éstas eran mis únicas herramientas de razonamiento lógico. Me iba a volver loca, y le recriminaba al Señor que me pusiera en tantas dificultades… ¿Qué quería de mí ahora? Me hace primero alejarme de todo por Él. Cuando me tiro en sus brazos, me hace ver que debo volver, desde mi identidad asumida, al mundo real. Y cuando vuelvo al mundo real, me hace descubrir que con Él no llegaré a ninguna parte, porque el mundo real no le conoce. No me hacía ninguna gracia que jugara conmigo de aquella forma.

Estaba enfadada con Él, aunque seguía amándole por encima de todo. Eran momentos de soledad y rabia, en los que a veces tienes un segundo de encuentro contigo misma; es entonces cuando Él vuelve a indicarte con luces de neón por dónde ir. Sólo hay que mirar y si quieres, seguir el camino. Eso hice. Me dejé conducir por la mirada de una mujer extraordinaria que me robó el corazón para siempre. Y volvía a creer en el amor para siempre, y la fidelidad. Incluso, la idea de crear una familia con ella se me pasó por la cabeza. Y meses más tarde, de nuevo la casualidad me condujo hasta las teólogas feministas, en una feria de asociaciones de mujeres. Un grupo de mujeres arrojadas, valientes, cariñosas, creyentes, que siguen apostando porque otra Iglesia sea posible, y lo demuestran con obras. Allí fui, y allí me acogieron como a una más. Desde la sinceridad del encuentro y la mano amiga que camina contigo sin tolerarte, simplemente amándote como eres.

portada4-2.jpgDespués llegó Nueva Magdala, una semilla de proyecto comunitario, en el que compartir fe y vivencia homosexual, de vuelta de las innumerables peripecias sufridas desde los movimientos gay-lésbicos pro laicistas que dificultan la manifestación de fe de las mujeres lesbianas cristianas.

Después de cuarenta y un años de existencia sobre la faz de la tierra, llegó el momento de darme cuenta de que voy por buen camino. Creo que ésta ha sido la última gran encrucijada de mi vida. A partir de aquí, serán curvas de mayor o menor intensidad, pero un único destino: vivir desde el Espíritu de Jesucristo con toda la intensidad y coherencia de la que sea capaz, defendiendo los valores de la justicia, la solidaridad, la familia (porque yo también creo en la familia, en la fidelidad, en los valores éticos, y he podido casarme por fin con la mujer que llena todo mi corazón y con la que convivo desde hace dieciséis años) y quizá sirviendo de testimonio a otras jóvenes católicas inmersas en disyuntivas similares a ésta y que creen ser diferentes o enfermas, o así se lo hacen creer posicionamientos políticos o institucionales antievangélicos.

Porque estoy segura que Jesús nunca diría nada de estas barbaridades que cada día nos inundan los medios de comunicación y los foros de la familia. Me apenan y me enfadan las opiniones de supuestos expertos profesionales médicos, psiquiátricos o psicológicos (pongo en duda su eminente profesionalidad), cuando salen a la palestra con soluciones mágicas para “curar la homosexualidad”. Señores, ¿de qué están hablando, por Dios? Se puede curar un color de ojos, un color de piel… ¡No! Podrán usarse lentillas provisionales, o implantes, pero jamás dejar de ser como se es. Bueno, sí. También nos queda la opción b. Es esa opción mayoritariamente aceptada de vivir la castidad… o la opción c, que no es otra que contraer santo matrimonio heterosexual, y crear una vida viciosamente paralela y oculta (eso sí que es coherencia y vivencia del espíritu católico).

Por mi parte, sigo estudiando Teología en la escuela EFETA, y me propongo constituir la oración como pilar fundamental de mi fe y de mi vida. Sigo creyendo que es posible esta integración fe y homosexualidad. Mi esposa es la mujer con quién deseo envejecer. Mi pilar de vida es Jesucristo y puesto que existo y soy fruto de esta dualidad por fin integrada, creo que es posible.

*María José Rosillo Torralba es Psicóloga, Educadora Social y aprendiz de teóloga.

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