Mujer y teóloga

Foto. Women’s Ordination Conference.En los últimos días de agosto se reúne en Salamanca el XIV Congreso de la Asociación Europea de Mujeres en la Investigación Teológica, una red continental con más de 600 socias, entre ellas 40 españolas, que viene a españa por primera vez desde su creación hace 25 años. Este acontecimiento lleva a alandar a reflexionar sobre una de las realidades más vivas y sugerentes del quehacer teológico actual: la teología feminista y femenina. El Concilio Vaticano II, además de generar un vendaval de renovación evangélica dentro de una institución muy necesitada de ello, provoca hambre teológica en las mujeres, un colectivo al que históricamente se le había negado el pan y la sal.

Para empezar, se incorporan como alumnas a las facultades teológicas, pero muy pronto reivindican convertirse también en emisoras de teología. Desde hace un cuarto de siglo, en nuestro país desde la constancia de que las redes de “sororidad” (hermandad entre mujeres) es posible consolidar diversos polos de creación teológica, en un terreno que les estaba tradicionalmente vetado. Ellas han aportado una enorme riqueza tanto en la forma de ver la historia sagrada, como a la hora promover un cambio real respecto al papel de la mujer en la Iglesia de hoy.

A nadie se le escapa que la resistencia al cambio de quienes han relegado a la mujer a un segundo o tercer término es enorme. Como el resto de las mujeres que reivindicaron igualdad en otros ámbitos de la sociedad, las teólogas han tenido que enfrentarse con muros de recelo, ignorancia y hasta de miedo. Y puede ser que precisamente el miedo a perder el poder omnímodo sea la razón real que más ha frenado el avance de la mujer dentro de la Iglesia en general y de la teología en particular.

Feminismo y cristianismo no son dos realidades antitéticas, todo lo contrario. Como le ocurre al resto de las mujeres que se niegan a aceptar el rol de sumisión que les fija el mandato de género, las teólogas feministas se ven obligadas a realizar doble o triple jornada. En este caso de militancia. Porque además de estar implicadas en colectivos que defienden una mayor presencia de la mujer en la Iglesia, reivindican desde el feminismo la desaparición del patriarcado en la sociedad; por si todo esto fuera poco, se implican en otras causas sociales y algunas también pertenecen a partidos políticos y sindicatos.

Lo que las diferencia de otras mujeres feministas es que, mientras que en nuestro mundo afortunadamente se aprecian avances respecto al aggiornamento de las estructuras y de las formas de pensar, la jerarquía de la Iglesia católica se resiste a cambiar ni un ápice de la estructura extremadamente machista y discriminadora que relega a la mujer a puestos de servicio, pero a la que nunca se le permite participar en las decisiones y mucho menos en el poder. Y aquí es dónde Jesús vuelve a convertir a las mujeres en sus elegidas, como lo hizo con María Magdalena, una de las grandes figuras del Evangelio, muy reivindicada por la teología feminista o femenina. La gerontocracia que representan el Vaticano y las distintas conferencias episcopales, con gloriosas excepciones, sólo va a modificar su postura respecto al papel de la mujer en la Iglesia por medio de la presión generalizada del Pueblo de Dios. Es urgente que la Iglesia reconozca el derecho que tienen las mujeres a convertirse en portavoz: en la teología y en el templo; en los seminarios y en San Pedro.

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