Personas separadas y divorciadas: ni excluidas, ni apestadas

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En ocasiones, el duelo de un matrimonio acabado se mezcla tristemente con el rechazo eclesial. Cuando, desde alandar, decidimos abordar este tema sabíamos que, de entrada, nos encontraríamos con historias de dolor, de culpa y de búsqueda.

Queríamos saber cómo están viviendo realmente la situación las personas separadas y divorciadas en la Iglesia en paralelo a las declaraciones del papa Francisco que, al menos en un lenguaje nuevo, parece abrir la esperanza de retomar en profundidad la reflexión… Al tiempo que otras voces, como la del actual prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, monseñor Gerhard L. Müller, reaccionan argumentando sobre la indisolubilidad del matrimonio en continuidad con la doctrina que la Iglesia ha venido sosteniendo hasta ahora.

También hemos querido saber qué respuestas y alternativas encuentran quienes buscan reconstruir su situación de pareja, quienes han tomado la decisión (o han sido llevados a ella) de romper un compromiso asumido y reconducir una vida personal que, en la experiencia anterior, supuso mayor o menor dosis de crecimiento, de felicidad o de infelicidad.

La doctrina oficial

Los documentos “oficiales” de la Iglesia no dejan lugar a dudas: la indisolubilidad del matrimonio no es cuestionable, se eleva a categoría de ley natural y se parangona con la unión de Cristo con su Iglesia, lo que hace inviable cualquier solución de “segunda oportunidad”.

En el terreno doctrinal, después del Concilio Vaticano II se escucharon los ecos de la Gaudium et Spes, que daba lugar a la esperanza: frente a la Iglesia de la exclusión, el concilio supera la visión canónica y dirige a las personas separadas y divorciadas una mirada humanista y utópica, más en sintonía con el Evangelio.

Quizá por eso, en la carta a los obispos que, con motivo del año Internacional de la Familia en 1994, escribió el entonces prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, cardenal Joseph Ratzinger -y que aprobó el papa Juan Pablo II- se hace eco de que otras prácticas pastorales se están abriendo:

Punto 3. “Conscientes, sin embargo, de que la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas de la verdad, los pastores tiene el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos, especialmente de la recepción de la Eucaristía. Sobre este punto, durante los últimos años, en varias regiones se han propuesto diversas soluciones pastorales según las cuales, ciertamente, no sería posible una admisión general de los divorciados vueltos a casar a la comunión eucarística, pero podrían acceder a ella en determinados casos cuando, según su conciencia, se consideraran autorizados a hacerlo. Así, por ejemplo, cuando hubieran sido abandonados del todo injustamente, a pesar de haberse esforzado sinceramente por salvar el anterior matrimonio o bien cuando estuvieran convencidos de la nulidad del anterior matrimonio, sin poder demostrarla en el foro externo o cuando ya hubieren recorrido un largo camino de reflexión y de penitencia o, incluso, cuando los motivos moralmente válidos no pudieran satisfacer la obligación de separarse…”

Así se percibe cómo la Iglesia, a través de las comunidades, ha seguido buscando respuestas pastorales en los años después del Concilio. No obstante -y para ello hay que leer toda la carta, que no es muy larga- Ratzinger recuerda en el punto 4 que “… si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la Ley de Dios y, por consiguiente, no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación”.

La “legislación” de la utopía

El grupo de “Sepas” de la parroquia de Guadalupe en dos imágenes de sus inicios en los años 80. Pero hay otras miradas y argumentaciones teológicas sobre los dos sacramentos que más afectan a las personas separadas y divorciadas: el matrimonio y la eucaristía. Evaristo Villar, teólogo y sacerdote perteneciente a la Comunidad de Santo Tomás de Aquino en Madrid, nos ayuda a descubrir esas otras miradas.

Sobre el matrimonio se puede argumentar que lo que el Evangelio presenta como una propuesta a la utopía (a la que no parece ser ajena la defensa de la mujer frente a la situación de desprotección y vulnerabilidad en que se encontraba en aquel tiempo) la Iglesia lo ha canonizado y legislado, elevándolo a categoría de absoluto.

Cuando, con los ecos del Génesis (“el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne…”), Jesús afirma que “lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre…” quizá está invitando a las mujeres y a los hombres a caminar hacia la utopía, la misma que atraviesa el resto de sus propuestas y en cuyo mar nos sumergimos cuando decimos que queremos seguir a Jesús. A partir de ahí se inicia una andadura de luz y sombra en la que unas veces nos aproximamos más a la utopía propuesta y otras veces nos alejamos de ella.

Podemos ver que lo que no se ha hecho con la opción por los y las pobres, que es la propuesta evangélica por excelencia, se ha hecho con el matrimonio: ¿por qué la misericordia y el cuidado de los seres humanos más vulnerables no ha adquirido la categoría de ineludible?

Quizá porque también es una propuesta de la utopía a la que debemos tender… y no somos excluidos de la reconciliación ni de la eucaristía cuando no la alcanzamos, sino que estos sacramentos nos permiten recuperar fuerza para avanzar hacia ella, en la fidelidad y el compromiso.

Pareciera, por tanto, que se ha puesto sobre las espaldas del esposo y la esposa cargas a veces insoportables excluyéndolos, además, del alimento que les ayudaría a avanzar.

Esta exclusión de los sacramentos de la reconciliación y la eucaristía de quienes se han separado y divorciado debería propiciar -cuando se aborde a fondo- una reflexión profunda sobre el sentido que la propia eucaristía tiene para la vida de la comunidad.

La eucaristía es sacramento de la presencia de Jesús entre quienes creen en él y en su palabra y tiene una dimensión comunitaria, de servicio y de compartir. Cuando se excluye a las personas separadas y divorciadas de la eucaristía se está entendiendo ésta más como un rito para los puros -en el que los pecadores no pueden participar- que como una mesa fraterna a la que se acercan quienes más lo necesitan, por lo que prohibirles el acceso a esta mesa y hacerlo en nombre de la voluntad de Dios puede tener connotaciones de crueldad.

En búsqueda hoy

Hemos conocido a Sergi y Teresa, ambos divorciados, que han querido compartir su experiencia. Cuenta Sergi: ”Poco después de presentar la documentación necesaria para el divorcio, mi exmujer y yo acudimos a una abogada canónica para informarnos sobre la nulidad. Los dos estábamos convencidos de que nuestro matrimonio cumplía las exigencias necesarias para ser declarado nulo y lo habíamos consultado con un sacerdote.

Lo cierto es que nos sorprendió la trivialidad con que la abogada canónica trató nuestro caso. Además de comentarnos los “trucos” que existen para convencer al Tribunal de la Rota y tratar nuestro caso con escasa empatía… nos quedamos impactados por el alto coste del proceso: casi cuatro mil euros, siendo la casi totalidad del gasto el pago de la abogada.

Lo pensamos y el alto coste, así como la superficialidad con que habíamos sido tratados, nos llevó a decidir que no era justo ni moral afrontar esa cuantía económica y tomamos la decisión de abandonar el empeño de obtener la nulidad.

Es cierto que la Iglesia ofrece un proceso que puede llegar a ser gratuito si el salario de la persona es bajo, pero no tiene en cuenta los gastos o deudas que la persona puede tener ya asumidas. Por otro lado, creemos que la Iglesia, de algún modo, debería impedir un beneficio excesivo por parte de los abogados que se ocupan de los casos de nulidad”.

Teresa también considera su situación de clara nulidad y, asimismo, incapaz de asumir el coste del proceso. “Los dos deseamos casarnos y nos vemos obligados a hacerlo por lo civil. Nosotros deseamos una bendición para nuestra unión, estamos enamorados, deseamos un matrimonio bajo el amparo del Espíritu Santo, apostamos por nuestra relación basada en el amor, creemos que merecemos una segunda oportunidad, queremos educar a nuestros hijos como católicos, asumimos nuestras flaquezas y equivocaciones pero nos queremos y deseamos una mayor comprensión por parte de la comunidad católica. Seguiremos buscando una solución a nuestra situación, buscando información, deseando que las reglas cambien y nos seguiremos queriendo”.

Preguntados sobre si han buscado apoyo en comunidades o parroquias, nos dicen: “Respecto a nuestro deseo de ver bendecida nuestra unión hemos recibido respuestas positivas y negativas. En los casos en que nos han dado un “no” como respuesta también es cierto que han mostrado empatía, aunque que te cierren las puertas sin darte una solución resulta frustrante”.

Sergi añade: “En nuestra pareja yo soy más practicante que Teresa, voy a misa todos los domingos aunque no acudo siempre a la misma iglesia, por lo general voy a la que está enfrente de mi casa; a veces voy entre semana para rezar y reflexionar. Muchas veces Teresa y yo vamos juntos a misa y lo seguiremos haciendo tras casarnos. Eso sí, no comulgamos. No nos parece correcta esta normativa pero la seguimos ya que los dos somos divorciados y vivimos juntos. Creo que hay que seguir las reglas de la casa en la que estoy, aunque no me gusten esas reglas… El no comulgar entristece a uno…

En general, los curas con los que hemos logrado hablar han sido amables en todo momento; sin embargo, si nos metemos en los foros de Internet cada vez que el papa aborda el tema de los divorciados vueltos a casar, los comentarios suelen ser bastante crueles.

El extremismo de muchos creyentes les sitúa en un ámbito algo fuera de lo que considero una actitud cristiana; la incomprensión no solamente proviene del clero sino también de la comunidad en su conjunto. En los tres casos en que nos han negado la bendición teníamos la sensación de que, si los sacerdotes pudiesen, lo harían… pero que no lo hacían por temor a instancias más elevadas.

Creemos que la Iglesia deberá reconocer que el divorcio es una realidad; a veces las parejas no funcionan y el matrimonio fue un error. Está bien que la Iglesia pida que se luche por una relación y que el divorcio no es lo ideal, pero hay veces en que no queda más remedio y es lo mejor para los dos.

Como cristianos creemos que nuestra obligación es aliviar y no añadir dolor, acoger y no rechazar, escuchar y no imponer… Creemos que el papa Francisco va claramente en esta línea”.

En las últimas semanas Teresa y Sergi han encontrado quien, en nombre de la comunidad, les dé la bendición que piden para su unión. Seguramente cuando este reportaje salga a la luz ya estén bendecidos…

Otra pastoral es posible

El grupo de “Sepas” de la parroquia de Guadalupe en dos imágenes de sus inicios en los años 80. Nos encontramos con Pilar, Concha y Ana en una sala de la parroquia de Guadalupe de Madrid para conocer su recorrido y su trabajo. Cada una de ellas ha estado presente en el comienzo, el tiempo intermedio y el hoy de los grupos de personas separadas y divorciadas de esta parroquia, los Sepas.

Hace veintisiete años Pilar, junto con otras mujeres y algún hombre que tenían en común estar separados o divorciados, pusieron en marcha el grupo de Sepas de Guadalupe. Lo recuerdan como una experiencia que, ya desde sus inicios, fue sanadora.

Recuerdan que había mucho rechazo en la sociedad y en la Iglesia; en aquellos años la separación y el divorcio no estaban tan generalizados en nuestro país, el rechazo provenía de las personas cercanas y de las lejanas; las familias, amigos, vecinos, la parroquia… con frecuencia encontraban indignos de su saludo, cercanía y no digamos su afecto a estos apestados que, parecía, iniciaban una “nueva especie”.

En Guadalupe se atrevieron a reinventarse; la llegada de un cura, misionero del Espíritu Santo, que había experimentado en su familia el dolor de una separación, acompañó la iniciativa y se fue organizando una pastoral para separados y divorciados. Las personas que se acercaban a estos grupos llegaban doloridas y maltratadas, con la sensación o el temor de haber cometido un pecado especialmente grave.

Los que se habían vuelto a casar se encontraban con un menosprecio del matrimonio civil en una sociedad, la española, en la que durante décadas el matrimonio religioso había fagocitado a aquél (muchos recordamos cómo no era necesario celebrar expresamente el matrimonio civil ya que el matrimonio religioso presupone éste y de hecho, en aquellos tiempos al menos, hasta se acercaba al templo el funcionario enviado por el juzgado correspondiente para entregar el libro de familia al término de la celebración religiosa. Algo muy significativo y expresión de una sociedad en la que la Iglesia y el Estado estaban profundamente ligados.

En este contexto de dolor personal y asfixia social los grupos de “Sepas” de Guadalupe fueron acogiéndose y acogiendo, aprendiendo a vivir la nueva situación con personas en similares circunstancias, sanando las heridas y el sentimiento de culpa, asumiendo las consecuencias de las decisiones tomadas.

Y lo hicieron y siguen haciéndolo sabiéndose creyentes en Jesús, buscando cauces para vivir las nuevas circunstancias desde la fe, aprendiendo a ser felices, retomando el pulso de la vida con alegría y esperanza.

Para recorrer este camino abordan tres momentos o etapas con una andadura grupal y comunitaria: 1ª Somos separados/divorciados, 2ª Somos personas, 3ª Somos cristianos. A quienes se interesan por la experiencia, proponen este plan de vida o itinerario para ser desarrollado en dos o tres años, los que se piensa son suficientes para que, después, cada una y cada uno continúe su camino como personas en la sociedad y/o en la Iglesia quienes sean creyentes, ofreciéndoles incorporarse a otros servicios en la propia comunidad… o fuera de ella.

Al término, ofrecen un diploma: ”Andar por la vida sanos, sin complejos ni culpas”.

Pero, a lo largo de estos años, no se quedaron ahí: con gran sentido pastoral se constituyeron como grupo y luego como área en el Consejo de Pastoral, alguna de ellas ha llegado a ser vicepárroca, elegida por este mismo Consejo; son también ministras y ministros de la eucaristía y, con transparencia, reciben los sacramentos de la reconciliación y la eucaristía, proceso que han realizado con discernimiento, junto con los presbíteros que los acompañan, después de haber pasado -unos y otros- todo esto por su corazón.

¿Hacia dónde?

A día de hoy parece que vuelven a abrirse tiempos de sensibilidad y preocupación en la Iglesia sobre este tema y el papa Francisco lo ha abordado directamente, pidiendo para quienes se han separado o divorciado una acogida cordial con la intención de que puedan sentirse como en casa.

También ha incluido preguntas sobre estas personas y las situaciones que viven en el cuestionario remitido a las diócesis del mundo, cuestionario que debe permitir tomar el pulso a la realidad y servir de termómetro para el Sínodo que, sobre la familia, se iniciará en Roma en octubre de este año 2014.

Es cierto que estas declaraciones afectan solo a aspectos pastorales y de acogida y que la doctrina no se ha movido todavía, pero es de esperar que las situaciones de exclusión y dolor de las personas afectadas y la madurez en la reflexión teológica lleven más pronto que tarde a replantear y modificar en profundidad esa doctrina.

Gracias a Sergi y a Teresa, divorciados y creyentes; a Pilar Saráchaga, a Concha Forcat y a Ana Nadal del Área de “Sepas” de la parroquia de Guadalupe de Madrid; y a Evaristo Villar, teólogo y presbítero que de la Comunidad de Sto. Tomás de Aquino de Madrid

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