Reivindiquemos la esperanza

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temadeportada.jpgEn un tiempo marcado por el descreimiento generalizado respecto a ciertos valores universales, deberíamos unirnos para gritar: ¡que viva la esperanza! Y es que, por el hecho de ser lo último que se pierde (eso dicen por ahí) no tendríamos que mirarla como la hermana pobre del resto de las virtudes. Parece que a algunos, a gran parte de los que detentan el poder, les gustaría que la perdiéramos definitivamente y así cayéramos en manos del todo-vale, o del no-hay-nada-que-hacer. Un escenario idóneo para quienes están acostumbrados a pensar y decidir por la mayoría.

Iniciamos 2010 mirando de reojo al año que ya pasó y que, en opinión de muchos y muchas, ha dejado en la cuneta de la Historia un reguero de problemas sin resolver: crisis económica, corrupción política, intransigencia y dogmatismo religioso, un planeta que nos estamos cargando a marchas forzadas y una humanidad con el rumbo extraviado. Frente a ello siguen existiendo personas que nos devuelven la ilusión respecto a que el cambio todavía es posible. Seres entregados a la causa de la justicia, esa misma tarea a la que dedicó su vida y por la que fue asesinado Jesús de Nazaret. Hombres y mujeres valientes que no se arredran ante las dificultades.

Dos de ellos son los que hemos elegido como protagonistas del tema de portada de este Alandar que abre año y década: José Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda (Sevilla), y Agustín Rodríguez, párroco de la pequeña iglesia ubicada junto al poblado de la Cañada Real (Madrid). Ellos son, en realidad, los rostros visibles de un grupo más amplio de personas que han creído en el poder de la esperanza.

En el caso de Marinaleda, una pequeña población sevillana marcada por la relación injusta entre quienes tienen la propiedad de la tierra y quiénes las trabajan, la fuerza de un proyecto colectivo que encabezó hace tres décadas su alcalde, Sánchez Gordillo, ha permitido que sus habitantes disfruten de un ‘micromundo’ dónde el derecho al trabajo y a la vivienda digna se ve respetado. No ocurre igual en otros pueblos de alrededor. La diferencia está en que, en Marinaleda, el “¿se puede?” fue respondido con un “sí, ¡hagámoslo!”.

El caso de la parroquia ubicada en la zona más deprimida de la Cañada Real refleja otro contexto muy diferente. Cañada Real se ha convertido en los últimos años en el foco más importante de exclusión social, infravivienda y tráfico de drogas de España. Las autoridades competentes se han tapado los ojos y han permitido que la situación se convierta en insostenible. Sólo un puñado de parroquianos ha entendido que la mejor forma de hacer la pastoral es recoger las jeringuillas que, por cientos, llenan la zona. Han optado por estar al lado de aquella gente, los últimos de la fila de este mundo rico e insensible. Contemplamos, por tanto, la imagen de quienes no se resignan. ¿Puede existir mayor motivo para la Esperanza?

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