El mes más ecuménico

GetAttachment2.jpgEnero, que acoge la ya tradicional Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, es el mes ecuménico por antonomasia. Para ir poniéndome en sintonía, pasé los primeros días de este año –que es cuando se escriben estas líneas que ustedes, apreciados lectores, están leyendo en estos momentos- hojeando la Historia del ecumenismo español (San Pablo), escrita por el infatigable pionero ecumenista José Luis Díez Moreno. ¡Ahí es nada!: medio siglo de andadura en la búsqueda de la unidad, del encuentro entre los cristianos españoles.

Hablar de ecumenismo español es, en realidad, hablar de ecumenismo católico español. Hoy parece evidente que la iglesia católica española avanza firme, dentro sus límites, por la senda ecuménica y que existen buenas relaciones con las comunidades protestantes, anglicanas y ortodoxas que viven en este país. Esto se debe, claro, al impulso del Concilio Vaticano II, que llamó a trabajar por la unidad visible de la Iglesia.

El camino no ha sido fácil. Hay que tener en cuenta de dónde veníamos: de una nación omnímodamente católica para la que, no hace demasiado tiempo, la sola mención de la palabra protestante tenía tufo a demonio. Y la iglesia católica, que, a trancas, ha ido reconociendo la existencia de otras confesiones cristianas, sigue mirando a sus hermanos “menores” por encima del hombro. Y tal vez debería darse cuenta de que ya han crecido y deben ser tratados como adultos. Valga una cifra como prueba: Los protestantes, que apenas llegaban a 7.000 hace treinta años, superan el millón y medio.

De todos modos, ya comienzan a verse algunos frutos de esa buscada unidad: también este enero se ha publicado -¡tras 35 años de trabajo!- la primera biblia interconfesional en castellano. Que, al decir de uno de sus coordinadores, “no ofrece interpretaciones doctrinales, dejando las mismas al libre examen del lector y de las distintas iglesias y confesiones”. Ahora sí podremos decir que creemos en el mismo Evangelio.

Probablemente

Hablemos también, por una vez, de los que no creen. Al fin y al cabo, esta página trata de diálogo. Y resulta que los ateos se han puesto a dialogar con los cristianos –o con los creyentes- a través de anuncios en los autobuses que circulan por Madrid y Barcelona. Se ha tratado de una campaña de corta duración y en sólo 4 buses –dos por ciudad. Pero, como la idea es de las que gustan a los medios, han conseguido que todo el mundo hable de ella. Es lo que estoy haciendo yo ahora mismo escribiendo esto, y ustedes leyéndolo.

Diálogo, pues, corto. Y de sordos. Como sabrán, este asunto viene de Londres. Una web religiosa inglesa amenazaba a los ateos con “arder en un lago de fuego en el infierno”. A un grupo de ateos les hizo gracia y contestaron con humor. Así nació la frase publicitaria: “Probablemente Dios no existe; deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Los ateos españoles decidieron copiar la idea. Pero aquí, las tornas de diálogo han cambiado: primero han hablado los ateos, y luego han contestado los creyentes. Y cuando digo creyentes, quiero decir un pastor evangélico de Fuenlabrada que, aprovechando la estela publicitaria, se ha arrogado la representación divina replicando que “Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo”. Adviertan la sutil diferencia. Los ateos dicen “probablemente”. El pastor impone, rotundo.

Por eso, yo me quedo con la respuesta del arzobispado de Barcelona, y perdonen la larga cita: “Este Arzobispado manifiesta que para los creyentes, la fe en la existencia de Dios no es motivo de preocupación, ni es tampoco un obstáculo para gozar honestamente de la vida, sino que es un sólido fundamento para vivir la vida con una actitud de solidaridad, de paz y un sentido de trascendencia”.

Rusos

Para cuando ustedes, mis improbables lectores, vean esto, habrá sido elegido el nuevo metropolitano de la iglesia ortodoxa rusa. El anterior, Alexis II, fallecido en diciembre, fue tachado de antioccidental y anticatólico, sobre todo por su negativa a reunirse con Juan Pablo II y sus quejas por el presunto proselitismo romano en Rusia y en Ucrania. Pero la realidad fue muy otra. Alexis II fue un patriarca cuya clara voluntad ecuménica se vio frenada por la parte más identitaria y nacionalista de su clero, que no es poca. Su gran preocupación fue la unidad de una iglesia que salió profundamente dividida y maltratada de los años comunistas. Es cierto que hubo cierta connivencia jerárquica con los dirigentes soviéticos, pero también lo es –y por aquí se ignora con frecuencia- que la iglesia rusa tuvo el valor de permanecer junto al pueblo en medio de una tormenta antirreligiosa sin precedentes. Y pagó por ello el precio más caro de toda la historia del cristianismo. Cientos de obispos, miles de sacerdotes y monjes, millones de laicos murieron por causa de su fe. Un martirio, en menos de un siglo, equivalente al del resto del cristianismo en dos mil años.
El gran logro de Alexis II fue no sólo mantener esa unidad, sino además conseguir la unión de las dos Iglesias ortodoxas rusas: la del interior y la de la diáspora, tras un cisma que duró 80 años. Aun así, durante sus 20 años de patriarcado, se han estrechado laboriosamente los lazos entre la “tercera Roma” que pretende ser Moscú y la primera –la católica-sin cortarlos con la “segunda” –y primera dentro de la ortodoxia mundial-, que sigue siendo Constantinopla.

Su sucesor, sea el que fuere, tendrá que optar entre el acompañamiento a la sociedad rusa, marcada por un repliegue en sí misma y un cierto antioccidentalismo, y la apertura al mundo y al ecumenismo. Y el mundo cristiano necesita a la iglesia rusa. Así que seguiremos hablando de ello en esta página. Y, desde luego, en mi blog en la web de Alandar.

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