Islam y democracia

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Foto. Ammar Abd Rabbo.Las revueltas en los países árabes han desvelado, frente a lo que muchos piensan, que las ansias por la libertad, la dignidad y el bienestar no son una cosa exclusiva de occidente. No es algo nuevo, pero tal vez muchos continuaban gastando prejuicios tan manidos como la incompatibilidad de la cultura islámica con la democracia. Ciertamente, los países del Magreb son ejemplo, otro más, de regímenes autoritarios y pseudodemocráticos, cuando no abiertamente dictatoriales, pero son muestra también de luchas -y no de hace dos días- de la sociedad civil en pos de la democracia.

El movimiento bereber, periodistas, partidos políticos perseguidos (entre otros, el Partido de los Trabajadores liderado por Luisa Hanun) y las organizaciones de Derechos Humanos (la liga de defensa de los derechos humanos liderada por Ali Yahia) en Argelia; intelectuales y periodistas y organizaciones de defensa de los derechos humanos también en Marruecos, que incluso forzaron modificaciones en el Código de la familia (aunque desgraciadamente tales cambios no se hayan llevado a la práctica lo deseable); organizaciones de trabajadores, movimientos de intelectuales y estudiantes, la mayoría clandestinas, por supuesto, en Egipto. Y muchos exiliados, gran parte de ellos pertenecientes a partidos de izquierda y laicos, como miembros del antiguo partido comunista de Marruecos, mandos militares argelinos disidentes por los Derechos Humanos, como MAOL, Movimiento Argelino de Oficiales Libres; profesores, intelectuales y escritores, entre ellos laicos, feministas, ateos, musulmanes no ortodoxos, etc. No son pocos quienes no quieren ni regímenes militares ni estados confesionales islámicos, sino una sociedad de ciudadanos libres.

Todo un totum revolutum que muestra la pluralidad de las sociedades arabomusulmanas, a las que llamaremos así por aquello de dar un nombre, aunque también formen parte de ella cristianos – que en la mayoría de los países son minoría, caso de Egipto, si bien en algunos rozan la mitad de la población, como Líbano. También muestra la violencia ejercida por unas élites que, en los últimos decenios, se han dedicado a abortar cualquier intento reformista y han acallado cualquier voz libre que se alzara; han dado golpes de mano para demostrar quién manda y amedrentar así al pueblo y también han trabajado la propaganda entre la población para vender el statu quo.

Islam y democracia, decíamos al principio. Islam y pluralidad religiosa: tradiciones cristianas y musulmanas conviviendo en los países árabes, como ha habido y hay. Sí, es posible, pero ha de llegar de manos de quienes se lo crean y de quienes den la espalda al lado más oscuro del Islam. Todas las religiones tienen ese lado del que habremos de deshacernos para crecer y madurar y rescatar el lado luminoso. Y que desde fuera se permita y no nos dediquemos (occidente y ciertos países teocráticos) a ponerles piedras en el camino, como hasta ahora.

Y rescatar también las palabras de quienes dentro del islam trabajan en este sentido. “Cuando hablamos de democracia hacemos también proyecciones. La cuestión consiste en construir una noción que encarne este ideal en el espacio arabo-musulmán. Que respete el contexto histórico y cultural y refuerce el principio de libertad. Por otro lado, el Corán invita de manera clara e indiscutible a la concertación a propósito de los asuntos de la comunidad. El Corán deja que la comunidad organice la concertación según las instituciones que elija. El principio de la concertación es de orden moral. Compromete al ser humano en tanto que ser dotado de razón e invita en cada época, en cada generación e incluso en cada sociedad, en función de las circunstancias, a organizar su asuntos del modo más oportuno, haciendo uso de los medios adecuados para evitar la arbitrariedad y todo aquello que genere injusticia y represión”.

Así lo explica el profesor tunecino Mohamed Talbi en el libro Plaidoyer pour un Islam moderne, Cérès Éditions/Desclée de Brouwer, Tunis, 1998). Talbi añade: “El problema es que la secularización no tiene ninguna raíz en nuestro pasado (de los musulmanes). Habría que asentar una forma de sociedad fundada en la igualdad total de todos los ciudadanos, que no comparten todos las mismas convicciones religiosas. Vamos hacia un pluralismo universal que hemos de aprender a manejar. Y, para que la laicidad sea aceptada en nuestros países, hay que explicar a la gente lo que es y que no pretende desislamizar a los musulmanes. Hay que decir a todo el mundo que podemos vivir juntos cada uno según su ética y teniendo en cuenta el hecho de que existe una ética común en las nociones de igualdad, de fraternidad, de bien y de mal, encarnando cada uno estas nociones a su manera”.

Las palabras de este historiador son un buen complemento a las reflexiones de la socióloga marroquí Fatima Mernissi que, dentro y fuera de cada Estado, aboga por el diálogo. “La comunicación con el extraño, que manifiesta la capacidad cósmica de Dios de mostrarse bajo imágenes diferentes, es uno de los mensajes importantes que subyacen en la fábulas de Simbad (uno de los cuentos de las mil y una noches)” (en Un libro para la Paz, El Aleph Editores, 2004) y que explica que fuera el “cuento que más gustó”. Concertación, comunicación, diálogo tal vez sean las recetas.

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