Noé, las palomas y los signos de los tiempos

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pag2_cartas_web.jpgEn algunos ayuntamientos, como el de Madrid o Barcelona, han empezado a matar palomas. Las llaman “ratas del aire”, porque ensucian y son portadoras de enfermedades. Lo llenan todo de excrementos, dicen; acumulan en sus patas suciedad y gérmenes que resultan nocivos para la salud del ser humano. Definitivamente, hay que exterminarlas.

Las empresas de exterminación de plagas ofrecen sus servicios de eliminación de palomas. Incluso los columbarios de aquéllos que poseen palomas mensajeras van a ser desmantelados en las azoteas de las grandes urbes.

Estaba yo leyendo estas informaciones cuando mi subconsciente impertinente, (que siempre viene a importunarme en estas situaciones desde que dejamos de ir a la psicóloga), me comentó al oído:

¿Lo ves? Hasta los símbolos pierden su significado. Ahora, el símbolo de la palomita con la ramita de olivo en el pico se está transformando en una especie de terrorista de los cielos urbanos, con una bolsita de algún ántrax altamente peligroso entre las patas.

¿Es que han cambiado los símbolos?, le pregunto yo, ¿o es que nosotros hemos cambiado el mundo que les dio sentido? Y los dos nos quedamos re-flexionando gravemente sobre el tema.

La paloma ha sido símbolo poético, bucólico, emblemático, manoseado si se quiere hasta la saciedad, a la hora de hablar de paz. Nada más tópico que el lanzamiento de una paloma al aire en el Día de la Paz, nada más festivo que una paloma irrumpiendo entre las manos de un prestidigitador. Pues ya no. No sé de qué manera, hemos conseguido ensuciar esa imagen. Nuestras palomas ya no son reflejo de reconciliación y cordialidad. Son viva imagen de suciedad y desidia, aún peor: de amenaza, me lamento yo.

¿Y no será que también ha cambiado la realidad del símbolo? ¿No será que el símbolo actual refleja exactamente la realidad actual?

A ver, a ver…, le digo yo a mi subconsciente impertinente, que siempre me mete en grandes problemas: El símbolo actual refleja exactamente la realidad actual… ¿Cómo se come eso?

Y empiezo mi autosocioterapia: quizá es cierto… Quiere decirse que, en reali-dad, las palomas nos están diciendo que nuestra paz es una porquería, que tenemos una paz hecha a partir de los excrementos del mundo, que el men-saje que nos traen entre las patas, no es el de la promesa de una Tierra Nueva fértil, donde quepamos todos… No, las palomas de nuestras ciudades nos están avisando de que nos hemos dejado la casa sin barrer, que hemos nave-gado sin freno en el arca del consumismo frenético del capitalismo voraz, que estamos acercándonos al basurero al que hemos ido echando todas nuestras miserias y estamos cada vez más cerca de caernos al cubo de nuestra propia basura…

Lentamente voy al cajón y saco el álbum: Mira … -le digo yo a mi subconscien-te impertinente, y saco una foto preciosa que me hice en la plaza de España de Sevilla y otra en la plaza de San Marcos de Venecia, toda rodeada de palomas pacífico-turísticas de estupendo porte y grácil envergadura.

Mi subconsciente impertinente se queda contemplándolo con pena y cierta emoción nostálgica. ¿Y una acción de Greenpeace en defensa de las palo-mas?, se me ocurre súbitamente.

Mi subconsciente alza los hombros: en Barcelona y otras ciudades ya han sali-do a la calle para protestar por este exterminio. Pero, ¿no sería mejor si empe-zamos a exterminar nuestras necesidades innecesarias?, ¿a limpiar nuestras trastiendas?, ¿a visitar los estercoleros sociales a donde ellas llegan? ¿Y si, en lugar de poner repelentes de palomas sobre las estatuas de nuestros próceres, para que no les manchen de caca, ponemos repelentes de próceres para que no llenen de caca el significado de nuestras palomas?

Nos quedamos en silencio. Yo miro cómo echa a volar desde mi alféizar una paloma tullida por los hilos de las basuras -que les amputan sin piedad dedos y patas- y comento a mi subconsciente impertinente: si ésta no regresa en sie-te días, será porque la han capturado los del servicio de limpieza y no porque haya encontrado tierra seca.

Y mi subconsciente impertinente susurra en un suspiro de impotencia: ¡si Noé levantara la cabeza!

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