Sueño compartido

El 10 de diciembre de 1948, después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la Asamblea de Naciones Unidas emitió la Declaración Universal de los Derechos Humanos, lo cual significó un avance para la humanidad en orden a la construcción de una sociedad libre de discriminaciones, justa y digna. Este acontecimiento fue un paso trascendental en la toma de conciencia de la dignidad de la persona humana sin importar etnia, cultura, lengua, nacionalidad, credo religioso, ideología política, género o condición social. Son la materialización del deseo de un mundo más justo, equitativo y solidario, constituyéndose en el criterio fundamental de la ética social.

Jesús nos enseña en su Evangelio la regla de oro de los derechos humanos: “Todo cuanto queráis que os hagan las demás personas, hacedlo vosotros con ellas” (Mt 7,12).

Hoy, 60 años después, lamentamos que los derechos humanos, que comprenden los Derechos Socioeconómicos, Culturales y Ambientales, como son el derecho a la seguridad alimentaria, salud, vivienda, educación, trabajo, salarios dignos, seguridad social, ambiente sano, identidad cultural…, siguen siendo violados en el mundo.

Las guerras en Irak, Afganistán y el Congo, y la represión en Colombia y del pueblo palestino por parte de Israel son algunos de los muchos signos que contradice la Declaración Universal de derechos humanos. Los intereses de las grandes potencias y corporaciones económico-financieras del Norte se han impuesto sobre la vida de los pueblos y del derecho internacional. A esto se suma la agudización de la brecha socioeconómica entre países ricos y países empobrecidos. Mientras el Norte se enriquece con las materias primas del Sur, aumenta la pobreza, el hambre y el sufrimiento, sobre todo en África, América Latina y gran parte de los países asiáticos, lo cual está forzando a que grandes contingentes emigren hacia el norte, arriesgando incluso sus vidas.

La globalización del capitalismo neoliberal ha desencadenado la mayor crisis socioeconómica y financiera de la historia, generando un desempleo masivo y aumento de la pobreza tanto en los países del Norte como del Sur. Esta crisis la valoramos fundamentalmente como una crisis de humanidad, una crisis ética y espiritual, pues se han colocado los intereses del lucro por encima de la persona humana y la razón de la fuerza de las armas sobre la fuerza de la razón de la vida. Por eso calificamos al capitalismo neoliberal como la negación sistemática de los derechos humanos y de la esencia del cristianismo.

La conmemoración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos reta a soñar en otro mundo posible en donde cada ser humano sea hermano del otro y en donde sus estructuras socioeconómicas y políticas aseguren la paz y la vida de todos los hombres y mujeres y se priorice el bien común por encima de los intereses privados y de las grandes potencias. Éste es nuestro sueño que compartimos con vosotros.

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