Conferencias y presentaciones de libros

No hace tanto asistí a una conferencia de un conocido mío. La verdad es que fui con poca gana, pero me había invitado especialmente y me sentía obligado a asistir. Se desarrollaba en un salón espacioso en el que nos habíamos congregado doce personas, un número a mi modo de ver un tanto deprimente, pero al que se añadió en la presentación el supuesto de los asistentes on-line.

Se me ocurrió pensar si no podríamos haber asistido todos desde casa, sin la molestia de hacer un viaje hasta la sala y con la ventaja de poder tomarnos entretanto una cerveza o un tinto de verano.

Con este motivo he recordado que en plena pandemia estuve ingresado tres días tratado a cuerpo de rey. Pese al parecer de los médicos, yo no estaba infectado y mis insistentes reclamaciones acabaron consiguiéndome el alta. Por ese tiempo se había celebrado alguna efeméride de Murillo, y el Prado organizó una serie de conferencias sobre el pintor sevillano. Como estaban en youtube, las escuché tumbado en la cama tan ricamente.

Por el contrario, una amiga mía, asociada al museo madrileño, acude a él todos los martes a escuchar una conferencia. Siempre me he preguntado si no será una excusa para obligarse a salir y no le resultaría más práctico verlas desde su casa, tomándose un cafetito y pudiendo desconectar si la conferencia es aburrida.

Todo eso me lleva a la siguiente propuesta para posibles conferenciantes: se anuncia a familiares, amigos o admiradores que su conferencia va a tener lugar tal día, a tal hora, y que a continuación se podrá bajar de internet. Ya sé que hablar sin público es menos satisfactorio, pero al menos se estará seguro de que quien se ha enganchado lo ha hecho por gusto y no por obligación, como fue en mi caso.

Pero vamos con otro tema, el de las presentaciones de libros.

Hace bastantes años el Círculo de Lectores publicó un grueso volumen titulado 1.001 libros que hay que leer antes de morir. En ese recuento se elegían, hasta el S. XVIII inclusive, 81 libros. Del siglo XIX, 152. Del siglo XX, 656. Si vamos al siglo actual, sólo en España, se han editado unos 87.000 volúmenes.

Cuando yo era joven se solía decir: en Madrid, a las 7 de la tarde, o das una conferencia o te la dan. Pues algo parecido podría decirse de las presentaciones de libros. Sin estar metido en ambientes literarios, conozco al menos unas diez personas -entre las que me incluyo- que antes o después publicarán algún libro.

Andy Warhol decía que todo el mundo tiene derecho a su cuarto de hora de gloria. Estoy convencido de que para unos escritores que no aspiran a enormes ventas, la presentación de su libro es ese cuarto de hora glorioso.

Ahora bien, hace poco, una amiga me contó que había estado en una presentación a la que asistieron diez personas. Yo mismo fui presentador de una interesante biografía de Ramiro de Maeztu con una concurrencia de siete. Todo depende de los familiares y amigos a los que el autor o autora puedan convocar, con la obligación tácita de adquirir un ejemplar.

Creo que también en este caso se puede ofrecer una propuesta. El autor o autora convoca en su casa o en algún lugar acogedor. Él o ella misma presenta, no tanto el libro, sino el proceso que le ha llevado a escribirlo, sus pretensiones al hacerlo, lo que le gustaría que provocara en los lectores. Todo eso mientras los auditores toman un refresco, intervienen si les parece y al final reciben el libro de regalo. Todos salen así ganando. Los autores o autoras experimentan el calor de los amigos y refuerzan su ego y los asistentes reciben su recompensa por su cooperación.

Y, por cierto, yo nunca he presentado ningún libro de los que he publicado. Es que soy bastante tímido para estas cosas.

Este suceso me ha animado a hacer una pequeña reflexión.

Recordé un par de conferencias famosas. La de Karl Rahner “Experiencias de un teólogo católico”, en 1983, con la asistencia de mil personas y la de Karl Barth sobre la humanidad de Dios ante un grupo de pastores calvinistas. Las dos están editadas y pueden todavía leerse.

Nunca he tenido muy claro si una conferencia se da en beneficio de los asistentes o a honra del conferenciante. Más bien sospecho que la hipótesis correcta es la segunda y que para quien habla es más satisfactorio tener una concurrencia -aunque sea escasa- que hablar a un micrófono sin auditorio.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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