Entusiasmo

Entusiasmo

No hace tanto La vanguardia ha publicado una larga entrevista con Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de San Egidio. Analizando la actual situación de la Iglesia Riccardi afirmaba que era necesario recuperar el entusiasmo. Pero ¿de qué estamos hablando cuando empleamos esta palabra?

Una vez a la semana realizo un voluntariado para la ONCE, consistente en acompañar a personas ciegas. Hace poco me adjudicaron una mujer de mediana edad. Siempre hay que improvisar una conversación y en un momento le pregunté: ¿Tú vives sola? Me contestó: Sí, pero no estoy sola. Estoy siempre con el Señor. Terminada su gestión quiso invitarme a tomar un café. Nos lo sirvieron y ella, antes de comenzar a beberlo, se recogió en una breve oración y se santiguó. Yo pensé: esta mujer está entusiasmada.

En efecto, no hará falta explicar que la palabra entusiasmo etimológicamente (en-théos) quiere decir la situación de estar poseído por Dios. ¿Se refería a esto Riccardi cuando decía que hemos de recuperar el entusiasmo?

Recuerdo que hace años, en un coloquio en el que participaba Juan Martín Velasco, se hablaba de la reforma de la Iglesia y en consecuencia de la incorporación de la mujer, de la supresión del celibato… En su intervención Juan adujo que todas esas medidas se habían tomado ya en las iglesias de la Reforma sin que hubieran frenado su decadencia. De lo que se trataba, a su modo e ver, era de recuperar y vivir la experiencia de Dios.

En el evangelio de Lucas, al final del sermón de la llanura, Jesús afirma que “de la abundancia del corazón habla la boca” y en efecto, así ocurre en nuestra vida cotidiana. Nuestra boca suele contar experiencias personales, sucedidos o encuentros que nos han afectado, interesado, emocionado… No lo hacemos en cambio cuando se trata de experiencias religiosas. ¿Será que no estamos suficientemente entusiasmados?

Se dirá, y con razón, que las menciones tradicionales de Dios (si Dios quiere, Dios mediante) respondían al convencimiento de un Dios que gestionaba la realidad como una causa más. Abandonada esa idea, hemos de vivir – lo dijo Bonhöffer – etsi Deus nos daretur, como si Dios no existiera. Y sin embargo, como estamos convencidos de que Dios es nuestro compañero permanente, de que el Espíritu se ha derramado sobre toda carne, el silencio no puede ser el lenguaje sobre Dios.

¿Y entonces? A mi modo de ver, nos urge hacernos más contemplativos, aguzar nuestra vista para contemplar la presencia del Reino, escuchar el rumor de ángeles que resuena en la humanidad, ver la luz encendida por Jesús en este mundo. Y si lo hacemos, si nos entusiasmamos, iremos ensayando un lenguaje que no puede ser otro que el de la lectura creyente. ¿Y qué es la lectura creyente? La misma expresión lo dice: una lectura de la realidad que no es política ni social ni psicológica ni económica sino creyente.

«lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (…), esto os lo escribimos para que nuestra alegría sea completa.» (1 Jo 1.4)

Carlos F. Barberá
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