La sangre que redime

La Semana Santa nos trae el recuerdo y la celebración de la muerte de Jesús.

Repetidas veces san Pablo proclama que Jesús nos ha redimido con su muerte, pero en ningún lugar nos explica esa aparente contradicción. ¿Cómo alguien puede librar a otros muriendo como un malhechor?

A finales del siglo XI san Anselmo, obispo de Canterbury, escribió un libro titulado Cur Deus homo, (por qué Dios se hizo hombre). En síntesis, su respuesta fue que la culpa del género humano solo podía pagarla un hombre (como culpable de ella) y un Dios, a la altura del ofendido. Lo hace por tanto Jesús, hombre y Dios a la vez, que da su vida por todos.

Durante siglos esta doctrina ha marcado, para mal, la teología y la piedad del catolicismo. En primer lugar, la muerte de Jesús era lo trascendente, su vida en realidad carecía de importancia; la Semana Santa prácticamente acababa el Viernes Santo. La resurrección constituía un bonito final, pero, en realidad, era la muerte lo definitivo. Jesús nos redimió con su sacrificio y, por tanto, había que hacer sacrificios (en contra de su palabra: “misericordia quiero y no sacrificios”).

No se caía en la cuenta de que tal doctrina convertía a Dios en alguien que se siente ofendido, que exige una reparación y que esta ha de consistir, nada menos, que en la muerte de su Hijo. Un Dios irritado, rencoroso y, en definitiva, sádico.

Hasta aquí todo esto es sobradamente conocido. Lo que no tengo tan claro es que sepamos articular otra teología que tenga en cuenta, sin borrar, las afirmaciones del Nuevo Testamento: ”Puso como propiciación su propia sangre” (Rom 3,25); “en Él encontramos la redención por su sangre” (Ef 1,7); “habéis sido rescatados con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pe 1,19).

Quiero, pues, resumir esta nueva lectura en una síntesis muy apretada. La creación y la encarnación no son dos procesos distintos. La segunda no es una solución de emergencia para salvar un mundo –el de los seres humanos- que no ha respondido a las expectativas puestas en él. No, creación y encarnación son dos momentos de un mismo proceso.

Desde el comienzo, Dios tiene un plan para el ser humano. Dios es amor y el amor, como decía la vieja filosofía, es diffusivus sui. Su ideal es llegar a ser uno con la persona amada, pero nadie puede alcanzar esa entrega total. Solo Dios puede hacerlo, solo Él puede salvar la distancia infinita que lo separa del ser humano. Con Jesús el hombre y Dios se han ensamblado: un hombre ha sido Dios.

Y como con Él se ha derramado el Espíritu sobre toda carne, Jesús nos ha redimido. Nos ha librado de nuestra finitud, de nuestra relatividad, ha hecho posible que se cumpla la vieja promesa de la serpiente: “Seréis como dioses”. ¿Y esto lo ha hecho con su sangre? Sí, sin duda. Jesús no ha venido como un superman sino como uno de tantos, tomando la forma de siervo. Una vida al lado de los pobres que tenía que llevarle, inevitablemente, a la muerte. La cruz es el resumen y la consecuencia de su vida.

En su última palabra, Jesús entrega su espíritu, su vida toda, pero también su Espíritu que ha derramado sus frutos: amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Y libertad. Y vida eterna.

¿Decís que todo esto ya lo sabíais? Pues me ha parecido bien recordarlo otra vez.

¡Feliz Pascua, redimidos!

Carlos F. Barberá
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1 comentario en «La sangre que redime»

  1. Me gusta la perspectiva integradora de proceso inacabado, de luz, esperanza y amor, dentro del drama sangriento que redime, como dices en el título. Y que repele a nuestra sensibilidad actual, pero que vivimos en nuestra sociedad actual.
    Para otra vez podrías desarrollar más algo acerca de la Pascua y la Resurrección, que lo he echado en falta. Y así sería una 2ª parte de tu artículo.
    Gracias

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