Mi vecino Paco

Me gusta llamarle así, aunque no es mi vecino propiamente sino el de mi padre, pero su cercanía y empatía son tan grandes que bien pudiera ser el vecino que a todas nos gustaría tener. Le conozco desde hace años, tantos como mis padres llevan viviendo en un barrio al que se fueron cuando los hijos nos emancipamos.  La escalera y el ascensor fueron y siguen siendo nuestros principales lugares de encuentro, pero siempre me llamó la atención la calidez de su saludo y su vitalidad externa, pese a estar cerca de los 70. En una escalera de vecinos y vecinas más bien grises y de portes muy correctos, Paco, vistiéndose con colores pasteles, rosas, naranjas o amarillos, llenaba de luz, y sigue haciéndolo, la escalera. También sus tres pendientes en la oreja le delatan como una persona sin miedo a la originalidad y libre frente al que dirán. 

A menudo le veía con otro amigo, de aspecto más serio y reflexivo, pero siempre disponibles a echarme una mano con el carrito de la compra cuando iba cargada y afables y cuidadosos en su interés por la vecindad, incluidos mis propios padres. Mi madre siempre decía que eran los vecinos más delicados y divertidos de todo el edificio y que en las juntas de la escalera, cuando había algún conflicto, siempre se les ocurría contar algo que relajaba el ambiente y facilitar así seguir con la reunión. Fue mi madre quien me dijo que el amigo de Paco se llamaba Luis y que eran pareja: “vamos hija, que son mariquitas o gais, como se dice ahora”, fueron realmente sus palabras.

El COVID fue muy duro en la escalera donde viven mis padres y especialmente con Paco, que le ha dejado como secuela una enfermedad pulmonar que le obliga a ir con la botella de oxígeno a todas partes y a permanecer muchas temporadas hospitalizado. Echo de menos el colorido de sus ropas rompiendo la monotonía gris de la escalera y sobre todo su sonrisa franca y animosa. Ahora con quien me encuentro es con Luis y soy yo la que pregunto por la salud de Paco. Me cuenta a menudo lo mal que lo ha pasado con la enfermedad de su compañero, cuando creía que se moría, porque llevan juntos 40 años y no puede imaginar su vida sin él. A veces el rellano de la escalera se convierte en un lugar de confidencia y me cuenta que su vida no ha sido fácil, que han vivido muchas cosas maravillosas juntos, también algunas muy difíciles, porque él tenía mucho miedo a salir del armario y que fue Paco quien le ayudó a hacerlo y a descubrir que, por encima de la familia, hay muchas cosas más importantes cuando ésta no te acepta ni te quiere como eres. Otro día me habló de su padre, del sufrimiento que le generó su rechazo durante mucho tiempo, pero ¡lo que es la vida!, al final cuando ya era muy mayor y enfermó fueron ellos los que se lo trajeron a casa para cuidarle.

A Luis le tiembla la voz cuando habla de Paco y de todo lo que han construido juntos. Hace unos días me dijo que están pensando en casarse y que muchos amigos les estaban animando a hacerlo. También me dijo que se había enterado de que yo era monja y que él también era católico, aunque Paco no, y que Paco decía que no hay religión ni ley mayor que el amor y que entonces él había pensado que algo así dice el Evangelio.

Desde muy joven tengo la suerte de conocer y tener amistad con muchos Pacos y Pacas, muchos Luises y Luisas, la suerte de haber entretetejido con ellas y ellos mucha vida en común que ha ampliado mi visión de la vida, de las relaciones, de la sexualidad, del evangelio, y me ha hecho consciente de la urgencia de luchar y educar contra toda forma de homofobia en la sociedad civil y en las Iglesias. Por eso el 28 J, el día del orgullo LGTB + es también para mí un día de fiesta y lucha, tan grande o más que una misa en la catedral.

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