Palabras, Palabras, Palabras

Después de escribir mi columna navideña recomendando unos cuantos libros de poesía, he decidido dedicar un tiempo diario a repasar textos poéticos. He comenzado con una antología de León Felipe y con su primer poema:

Nadie fue ayer
ni va hoy
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
un camino virgen
Dios.

Son unos versos que conocía ya hace muchos años pero que había casi olvidado y no quiero ocultar que me han impresionado, como si los leyera hoy por primera vez. Me he preguntado ¿qué hay en la palabra poética capaz de despertar emociones, de crear vida?

Con este motivo he recordado la frase de Heidegger según la cual poetas y filósofos habitan en colinas cercanas. Unos y otros son capaces de adentrarse en los dominios del ser. Pero yo añadiría: los segundos lo hacen con largas cavilaciones, los primeros, con unas pocas palabras.

Todo ello me ha llevado a recordar el comienzo del Evangelio de san Juan, que en su párrafo primero proclama que en el principio era la Palabra y que por ella se hizo todo. ¡Qué declaración tan portentosa, ésta del poder creador de la Palabra, que dice hágase la luz y la luz nace y después todas las cosas!

Pero no sólo es creadora la Palabra con mayúscula, también puede serlo la palabra humana.

Parece que estamos, sin embargo, en un tiempo invadido por una inflación de palabras. Noticias, mensajes, crónicas, comentarios, propagandas. Y no sólo eso: también palabras banales, amenazas, insultos, falsas noticias.  Todo esto nos hace casi olvidar la posibilidad de que a veces unas pocas palabras puedan ser luminosas, curativas, puedan hacer aflorar sentimientos y a los creyentes nos muestren la presencia de Dios.

“La muerte y la vida están en poder de la palabra”, dice el libro de los Proverbios (18,21) y, en efecto, los discípulos de Jesús pudieron comprobar que había palabras de muerte –“¡crucifícalo!”- pero que había también palabras de vida y las de Jesús  eran de vida eterna.

Nosotros no queremos participar de esa locuacidad perturbadora, pero si analizamos nuestras mismas conversaciones, raramente se atreven a decir palabras dirigidas a lo profundo de los otros o a mostrar nuestra propia profundidad. Intercambiamos noticias, comentamos acontecimientos, nos referimos a películas, a exposiciones, a libros, pero raramente  pasamos a niveles más profundos, pocas veces destapamos nuestros sentimientos.

Durante años un grupo de amigos y amigas nos hemos reunido en una cena una vez al año. Comentábamos nuestras actividades, cómo nos iba en la vida… Sólo en una ocasión me animé a preguntar: ¿Vosotros creéis en la resurrección? Una vez en años. No digo que siempre haya que abordar temas tan radicales, pero ¿no deberían tener un lugar en nuestras conversaciones palabras de cierta profundidad, cuestiones que se asomen a la trascendencia? ¿no sería ese uno de los lugares de nuestro testimonio cristiano?

Estamos a punto de empezar la cuaresma, un tiempo en que se invita -casi siempre con escaso resultado- a la conversión. Pues bien, ¿y si nos proponemos vigilar nuestras palabras, subir a la colina de los poetas y dirigir palabras curativas, palabras de vida, buscar a quién y cómo ofrecerlas? Si lo intentamos, podremos verificar que  se trata de palabras que vienen de más lejos que nosotros: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de la vida (…) lo que hemos visto y oído eso os lo anunciamos para que también estéis en comunión con nosotros”. Así comienza san Juan su primera carta. ¿podemos seguir su ejemplo?

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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