Perdona nuestras deudas

En alguna parte José Antonio Pagola ha escrito lo siguiente: “Cuando Jesús recorría las aldeas predicando, le preocupaban dos cosas: el hambre y las deudas. El hambre de los campesinos pobres y las deudas que obligaban a vender sus pequeñas posesiones. De ahí las dos peticiones del Padrenuestro, que tengamos el pan de cada día y que perdonemos las deudas”.

Viviendo en Occidente y en el siglo XXI, nos parecen normales las medidas en favor de los desfavorecidos: el ingreso mínimo vital, las pensiones no contributivas, las subvenciones a personas con discapacidad, las ayudas a la dependencia. Y, sin embargo, nada de todo esto es evidente. Nos lo ha recordado Trump, que ha suprimido ayudas a millones de personas, como fiel seguidor de la ideología neoliberal.

En efecto, el neoliberalismo, que nace en EEUU y que por desgracia va creciendo en influencia, sostiene, muy en resumen, lo siguiente: la sociedad presenta una gran oferta de posibilidades; se trata de aprovecharlas y hacerlas florecer. Los que no lo hacen, los pobres, son culpables de su situación y no hay, por tanto, por qué financiarlos. Las ayudas y subvenciones no mejoran la situación de esas personas, sino que favorecen la incuria y hacen descuidar los esfuerzos por salir adelante.

Naturalmente, nada de eso es cierto. La falta de atención a los pobres genera más pobres y eso explica que EEUU, el país más rico del mundo, tenga entre 35 y 40 millones de personas bajo el umbral de la pobreza. Casi la población de España.

No quiero ahora discutir la falacia de la argumentación y sí recordar, en cambio, que la preocupación por los pobres nos llega de Jerusalén a través del cristianismo.

En el Israel de Jesús había dos instituciones de gran importancia. La primera era el año sabático. Cada séptimo año se dejaba descansar la tierra y de podar las viñas, se ponían en común les frutos que se producían espontáneamente, se perdonaban las deudas y quienes, precisamente por deudas, habían caído en servidumbre recobraban la libertad.

La segunda, el año jubilar, se celebraba cada cincuenta y era el momento de redistribuir las tierras para llevarlas a la situación original del pueblo de Israel.

No hace falta recalcar que en el Evangelio son los pobres los protagonistas. Jesús proclama que de ellos es el Reino de los cielos y, en consecuencia, formula su condena: “¡ay de vosotros, los ricos!”.

Vivimos, como antes recordé, en Occidente y en el siglo XXI. La forma más importante de ocuparnos de los pobres es pagar impuestos, no utilizar el trabajo sumergido, pagar el IVA y, cada cuatro años, votar al partido que más parezca preocuparse de los pobres. Esa es nuestra obligación de ciudadanos.

Como cristianos aportamos a Cáritas, a Manos Unidas y, probablemente, a otras organizaciones solidarias. Pero ¿no podríamos dar un paso adelante y tomar a cargo o echar una mano a una o varias personas, a una familia? Aun cuando aportemos para ellos, los pobres suelen estar lejos, fuera de nuestro ámbito. Como decía Lorenzo Milani, “yo sabía que había pobres, pero nunca los había conocido”.

¿Qué podemos hacer para conocerlos mejor?.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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