Santos y santas

No hace mucho hemos celebrado la fiesta de Todos los Santos en la que se utiliza una palabra que merece una reflexión. En el Gloria que recitamos en las eucaristías se proclama que sólo Dios es santo, pero después -en evidente contradicción- se habla de la Santa Sede, la santa visita pastoral, el santo rosario, incluso la santa Inquisición. Se trata de un abuso evidente que la Iglesia y los creyentes aceptan sin el menor reparo. Así pues, ¿por qué se habla de santos y santas y se celebra su fiesta?

En su primera carta san Juan afirma lo siguiente: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre pues nos ha hecho sus hijos ¡y lo somos!”. Y, en efecto, en el centro del cristianismo se halla el convencimiento de que Dios ha hecho al ser humano participante de su propio ser y por eso san Pablo puede, con toda razón, escribir a los santos que están en Roma, en Filipos o en Tesalónica.

Esa santidad tiene efectos, a veces pequeños y cotidianos, a veces extraordinarios. Hace años me ocupaba en la revista de Cáritas de una página llamada Testigos de la caridad. A veces contaba la vida y los hechos de personajes más populares: san Martín de Porres, san Vicente de Paúl… pero en general buscaba figuras menos conocidas. Para mí fue un trabajo fascinante porque aquellos personajes lo eran.

Quiero contar, por ejemplo, la vida de Maximilian Kolbe, conocido por cambiar su vida por la de un condenado en el campo de concentración de Auschwitz. Sin embargo, es menos conocido el hecho de que Kolbe estaba tuberculoso y pasó su vida entrando y saliendo de hospitales. A pesar de ello, editaba una revista que se llamaba -nada menos- El caballero de la Inmaculada, con una tirada de 250.000 ejemplares. En una ocasión se le ocurrió editar la revista en Japón. Por supuesto, no sabía japonés, pero a los seis meses El Caballero de la Inmaculada se publicaba en ese idioma.

Fue la influencia que ejercía con su prensa lo que motivó su encierro en el campo de concentración y lo que provocó, finalmente, el episodio más conocido que le costó la vida.

No es necesario irse lejos para encontrar santos cercanos, sencillos, que son igualmente reflejo de la santidad de Dios.

En una parroquia que presidía hace años llegó, con la primera oleada de inmigrantes, una pareja boliviana. Al cabo de un tiempo la joven quedó embarazada y dio a luz un niño que un matrimonio mayor español aceptó apadrinar. El niño pronto evidenció que padecía una enfermedad rara. Al compás de su crecimiento fueron manifestándose los síntomas, lo que provocó la huida del padre, de quien nunca se volvió a saber.

La madre recibió ayuda de Cáritas, consiguió una plaza en una residencia del ayuntamiento…, pero todo fueron ayudas temporales. Finalmente, los padrinos, ya jubilados, alquilaron un piso en el que hasta hoy viven madre e hijo, que ya tiene 16 años, no habla, no controla los esfínteres y se mueve con dificultad.

Hace poco murió el padrino y se temió por el destino de la vivienda, pero sus dos hijos han asumido el coste. Ese matrimonio son los primeros en mi lista particular de santos, ciertamente, no son los únicos.

Claro está que no se trata de personas perfectas o que carezcan de defectos. Ya dijo san Pablo que llevamos este tesoro en vasos de barro y san Juan añadió que “aún no se ha manifestado lo que seremos porque cuando se manifieste seremos semejantes a Él porque le veremos tal cual es”.

Presente y futuro iluminados por la santidad de Dios. Esta es la esencia del cristianismo.

Autoría

  • Carlos F. Barberá

    Nací el año antes de la guerra y en esta larga vida he tenido mucha suerte y hecho muchas cosas. He sido párroco, laborterapeuta, traductor, director de revistas, autor de libros, presidente de una ONG, dibujante de cómics, pintor a ratos... Todo a pequeña escala: parroquias pequeñas, revistas pequeñas, libros pequeños, cómics pequeños, cuadros pequeños, una ONG pequeña... He oído que de los pequeños es el reino de los cielos. Como resumen y copiando a Eugenio d'Ors: Mucho me será perdonado porque me he divertido mucho.

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