Los lefebvristas quieren volver

A estas alturas, casi se ha hecho costumbre a propósito de Francisco hablar de gestos proféticos: el lavatorio de pies a mujeres en Jueves Santo; la apertura –todavía discutida- de los divorciados vueltos a casar a la comunión eucarística; el abrazo a los refugiados en la isla de Lesbos; el encuentro con el patriarca ortodoxo ruso Kiril en Cuba…

Pues, sin duda, la carta apostólica Misericordia et misera, que cerró en noviembre el jubileo de la Misericordia, contiene otro: la ampliación, “hasta nueva disposición”, de la facultad de absolver los pecados a los sacerdotes de la Hermandad San Pío X (FSSPX), concedida al inicio del año jubilar, por “el bien pastoral de sus fieles” y para que “a nadie le falte el signo sacramental de la reconciliación a través del perdón de la Iglesia”.

Como se recordará, la FSSPX fue creada por el arzobispo integrista francés Marcel Lefebvre tras rechazar, entre otras cosas, el ecumenismo, la libertad religiosa y los nuevos ritos litúrgicos que estableció el Concilio Vaticano II. Desde que, en 1988, Lefebvre consagrara a cuatro obispos con la oposición de Roma, sus miembros están excomulgados y se consideran oficialmente cismáticos. En la actualidad, cuentan con un superior general, tres obispos, 603 sacerdotes y aproximadamente medio millón de fieles.

[quote_right]La FSSPX fue creada por el arzobispo integrista Lefebvre tras rechazar el ecumenismo, la libertad religiosa y los nuevos ritos litúrgicos que estableció el Concilio Vaticano II[/quote_right]

El obispo lefrebvrianos Bernard Fellay impone las manos en una ordenación sacerdotal. Foto: Armin Weigel dpa/lby +++(c) dpa – Bildfunk+++

¿Dónde radica el carácter profético de la decisión de Francisco? En que puede ser el empujón definitivo que anuncie la próxima reintegración de los lefebvristas en el redil romano. La última negociación oficial, en tiempos de Benedicto, fracasó a causa de los “obstáculos doctrinales” conocidos. Sin embargo, la Fraternidad multiplica desde hace un tiempo las alusiones veladas a su deseo de unión.

Una de las últimas –y de velada tiene poco- proviene del antiguo superior general, Franz Schmidberger, que ha esgrimido distintos argumentos sobre los beneficios de llegar a un entendimiento pleno. Schmidberger dice, entre otras cosas, que la vuelta a la comunión con Roma salvaría lo que queda de “sentido eclesial” en los fieles y sacerdotes de la FSSPX. El argumento es muy instructivo: muestra que la “Tradición” que Lefebvre quería preservar, aislada de la Iglesia, no basta. ¿Por qué? Porque es una tradición sin vida, reconstruida artificialmente. Un sarmiento arrancado de la vid. Y Jesús ya dijo lo que ocurría con estos sarmientos: el Padre los arroja al fuego. Así, volver a la comunión con la Iglesia es una cuestión de supervivencia.

Esto supone, ni más ni menos, una confesión implícita de calado: fuera de la Iglesia no hay salvación. Pero también ilustra la intención equívoca de la Fraternidad: no vuelven por amor a la Iglesia, sino porque, gracias a la Iglesia, continuarán existiendo. Y escaparán al destino de aquellos “católicos viejos” que acabaron convertidos en protestantes tras el Vaticano I. A fuerza de querer ser más católico que nadie, puedes terminar en brazos de Lutero.

La fraternidad de San Pío X quiere volver al catolicismo tras el cisma del CVII
Celebración de una eucaristía bajo el rito preconciliar de espaldas al pueblo. Foto Fraternidad de SSPX

Hay más argumentos. Por ejemplo, que “Roma ha revisado sus pretensiones a la baja”. Dicho de otro modo: ya no nos exigen aceptar el concilio en bloque y Francisco va a obviar los obstáculos doctrinales. Nótese la paradoja, cuando no la hipocresía: la FSSPX lleva 40 años acusando a la Iglesia de relativizar la doctrina y ahora acepta la idea de volver porque el papa estaría dispuesto a relativizar las diferencias doctrinales que les separan. Por una vez, el relativismo es bueno, si sirve a los intereses del lefebvrismo. Por supuesto, a ojos de Schmidberger, la Fraternidad no busca la posible reintegración por interés propio, sino por “el bien de la Iglesia y sus fieles”, que necesitan desde dentro empaparse de la tradición y los dogmas auténticos.

Claro que el relativismo que los lefebvristas atribuyen a Francisco no es tal, como ha señalado el teólogo francés Gregory Solari: “Benedicto XVI demostró en Lumen Dei que la esencia de la doctrina es la caridad. Francisco ha actualizado esta esencia y la pone en práctica. Si la FSSPX no lo ve, es porque le falta una condición para ello: tener conciencia de haber pecado contra la unidad de los cristianos”.

Lo malo es que la comunión podría dejar perjudicados. ¿Quiénes? Los fieles que se unieron a Roma tras la publicación del motu proprio Ecclesia Dei de Juan Pablo II, que  representan hoy todo lo que la Fraternidad rechaza desde el cisma de Lefebvre y, sobre todo, la celebración de la misa con el rito tridentino extraordinario, pero según el espíritu del Vaticano II. Y temen que, después de haberse adherido a su magisterio durante años, Roma los deje de lado como ha hecho en el acercamiento al patriarca Kiril de Moscú con las reivindicaciones de los uniatas ucranianos, atacados por los ortodoxos rusos, que hasta ahora siempre había apoyado y, por lo mismo, se habían convertido en el principal obstáculo para el encuentro.

[quote_right]La FSSPX lleva 40 años acusando a la Iglesia de relativizar la doctrina y ahora acepta la idea de volver porque el papa estaría dispuesto a relativizar las diferencias doctrinales que les separan[/quote_right]

El caso es que, si los lefebvristas no tienen que renunciar a sus dogmas opuestos al Vaticano II, pueden mantener sus ritos tradicionales, se reconocen las ordenaciones sacerdotales y episcopales y se les permite mantener cierta independencia bajo la forma de un ordinariato propio –como el de los anglicanos conservadores unidos al catolicismo en los últimos años– o una prelatura personal –como la del Opus Dei-, la reintegración puede ser cuestión de meses. Una vez más, Francisco tendrá que hilar muy fino para que el gesto profético se convierta en realidad comprendida y aceptada.

 

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