El número de personas que optan por la vocación sacerdotal o por la vida religiosa está en claro descenso. Eso no es ningún secreto, como tampoco lo es su consecuencia directa: un envejecimiento generalizado en las congregaciones y en el clero. Este problema estructural ha causado que un alto porcentaje de personas de vida consagrada estén enmarcadas en la llamada “población de riesgo” frente al coronavirus.

    Monjas Angélicas cantan “Resistiré” en las calles de Pamplona. Foto: Aregna-NAGE

En las primeras semanas del confinamiento unas breves declaraciones de Isabel Díaz Ayuso en la Cadena COPE sacaban a la luz una realidad triste y dolorosa. En la Comunidad de Madrid se había detectado “un porcentaje altísimo de contagio” entre religiosas, sobre todo monjas. La presidenta madrileña subrayaba ya en aquella entrevista los dos rasgos que no por obvios dejan de ser determinantes de este hecho: “son muy mayores” y suelen “vivir juntas”.

Después de aquella entrevista poco se ha escuchado sobre la forma en la que la COVID-19 ha afectado a la vida religiosa. Alguna noticia hablando de casos sueltos o tergiversando de manera sensacionalista la realidad, como en el caso del Cottolengo del Padre Alegre en el que los datos erróneos publicados por un medio de comunicación alarmaron a decenas de familiares de las personas internas en dicho centro. Pero lo que sí es un hecho innegable es que el virus ha llegado en varios casos casi a arrasar con algunas comunidades, especialmente aquellas en las que –a modo de residencias de mayores o enfermerías–, conviven las hermanas, hermanos o sacerdotes de avanzada edad.

“Las comunidades religiosas son espacios donde se vive muy cercanos unos a otros y eso, que es una riqueza sobre todo en comunidades un poco más numerosas, ha tenido su efecto desigual en esta pandemia”, explica Jesús Miguel Zamora, secretario general de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER). “Frente a lugares y comunidades donde se ha cebado con mucha saña, sobre todo comunidades de mayores, ha habido otras donde apenas han recibido la ‘visita’ del virus o en las que se ha podido controlar mejor”.

El virus ha llegado casi a arrasar con algunas comunidades, especialmente aquellas que funcionan como residencias de mayores o enfermerías.

Por el momento no hay datos sobre el número de casos de contagios y fallecimientos en el seno de la Iglesia. Si ya es difícil conocer con certeza los datos globales en unas estadísticas que varían día tras día, más arduo aún es determinar este tipo de segmentación social. “Nos han ido llegando a CONFER algunos datos, pero preferimos no equivocarnos y esperar a tener cifras más concretas de todas las Congregaciones de la Conferencia para saber el número de religiosas y religiosos fallecidos en esta pandemia”.

En un país como el nuestro donde “cada mes cierra un convento”, según datos de un reportaje publicado por la revista Vida Nueva hace tres años, está por ver cuáles serán las consecuencias demográficas de la pandemia a medio y largo plazo. Desde conventos de clausura como el de las Clarisas Descalzas, el monasterio Santa María de la Cinta en Huelva, las Esclavas de la Santísima Eucaristía en Alpedrete (Madrid) o la Casa Madre de las religiosas de la Consolación de Jesús en Tortosa, hasta las congregaciones llamadas de “vida activa” se han visto tocadas de una u otra forma por el virus. “Quizá, a las primeras les pilló un poco de improviso y con poca capacidad de reacción o con pocos medios, no por negligencia, sino porque era algo nunca visto”, afirma el portavoz de la CONFER. “Cuando se quisieron dar cuenta de lo que venía les sobrepasó y sufrieron mucho con pérdida de vidas humanas, a veces numerosas”.

En el caso de las Carmelitas de la Caridad Vedruna, son al menos veintidós los fallecimientos que han sufrido en los últimos meses a causa de la pandemia. “Nos ha afectado mucho, ha sido muy doloroso”, comparte Paloma Castro. “Tenemos comunidades de hermanas mayores. Por ejemplo, en Carabanchel han muerto nueve hermanas, terrible, en Vitoria siete y en Cataluña seis en otra comunidad”, enumera esta religiosa vedruna que vive en una comunidad de inserción en Badajoz, “han sido días horrorosos”.

En medio de esta realidad, la logística y la organización se complica, “había que echar una mano las unas a las otras porque iban cayendo las que cuidaban a las hermanas y tenían que aislarse”. Se trata de comunidades para las hermanas que ya están jubiladas o enfermas, aunque los contagios también llegaron a las religiosas que viven incardinadas en las áreas más empobrecidas de las ciudades. “Concretamente la congregación, pues me pidió a mí si podía ir a una comunidad de Valladolid en un barrio donde había hermanas afectadas por la situación y necesitaban apoyo externo». Paloma, que tiene 75 años pero las fuerzas y ánimos de una jovencita, no lo dudó ni un momento. “Era una situación difícil y yo dije que sí porque no tenía nada que perder. Lo único que podía perder era la vida y la estoy perdiendo a diario, pues me daba igual. Así que cogí el coche y me fui a Valladolid”.

Allí se convirtió en cuidadora de sus hermanas casi sin poder verlas. “La verdad es que las he valorado a ellas muchísimo porque han debido pasarlo francamente mal”, recuerda esta vedruna ya de vuelta a Badajoz. Fueron horas y horas de estar ahí alerta y al cuidado, “para mí ha sido un momento de conexión en plena Semana Santa, con una vivencia, por una parte, de confusión: ‘¿qué nos pasa?, ¿qué nos está pasando?’, pero por otra parte, ¡qué cambio de vida nos ha supuesto!, ¡qué manera de relativizar todo aquello a lo que en otros momentos pude haberle dado valor!… y ahora lo único que importa es la vida”, exclama Paloma. Ayuda, cercanía, tranquilidad, aportar lo que se puede han sido algunos de sus aprendizajes, “y desde ahí asumir esa pobreza, esa incapacidad de influir y, por otra parte, una acción de gracias porque somos unas privilegiadas”. Y desde ahí hacer acopio de fuerzas porque “hay que seguir y seguir intentando que todos lleguemos a una realidad entre iguales para todos y todas, que podamos llegar a una felicidad, a un convivir tranquilo”.

Pese al dolor, esta templanza parece la tónica generalizada, según valoran desde la CONFER a raíz de los contactos con las distintas congregaciones en las últimas semanas. “Es bueno hacer notar que siempre su mirada se ha dirigido al Dios de la vida”, recalca el secretario general de este organismo de derecho pontificio cuya función es unir esfuerzos de los Institutos Religiosos y Sociedades de Vida Apostólica establecidos en España. Entre ellos, “el dolor por la pérdida de hermanos y hermanas no empaña la fe en el Resucitado y la oración de súplica y de agradecimiento por la vida entregada”, en el caso de quienes han fallecido. “Y si se han recuperado, ha salido fortalecida la fe y la esperanza en la vida”, afirma su portavoz, “sin ñoñerías, pero teniendo presente que Dios sigue siendo Dios de vivos, ¡claro!”.

No hay ni un ápice de ñoñería en el relato de Antonia López, religiosa encargada del seguimiento de las enfermerías y comunidades de hermanas mayores en la congregación de las Adoratrices. “En la comunidad de Ávila en el momento de mayor pico de contagio y de fallecimientos entró el virus de lleno y fallecieron cinco hermanas en 15 días y el resto la mayoría todas dieron positivo excepto cuatro o cinco y, a día de hoy, siguen todas en aislamiento”.

“Ha sido una de las experiencias más duras, más dolorosas”, recuerda Antonia. “Han estado muy afectadas y también todo el resto de comunidades, porque en aquellas circunstancias tampoco se podía acompañar a las hermanas”. Las que fallecieron lo hicieron hospitalizadas “y no pudimos acompañarlas en ese momento, ni tampoco al resto que estaban en aislamiento”. Sufrieron el dolor de la pérdida de hermanas a las que no podían despedir y el contacto –como en todas las casas en estos tiempos de distanciamiento social– tuvo que ser a través del teléfono. Para la atención sociosanitaria contaban con el apoyo del personal de la Fundación San Camilo, que atiende habitualmente a estas casas de hermanas de mayores.

Estas comunidades no tienen la consideración de residencias de ancianos, sino que se asemejan a un domicilio particular donde miembros de la misma familia –en este caso, una gran familia religiosa– viven juntos. “A efectos de esta situación han tenido que seguir todas las normativas y las recomendaciones que se dan a las residencias”, aunque jurídicamente no lo sean. Los cuidados en este caso estuvieron a cargo de enfermeras, gerocultoras y personal de apoyo, que hubo que incrementar. Todo ello hizo posible superar el brote.

En un primer momento, cuando las medidas de seguridad escaseaban en gran parte de los centros sanitarios y las residencias, también en estas comunidades de Adoratrices sufrieron la carestía de los elementos de protección. Pero cuando empezaron los primeros positivos en Ávila, comenzaron a recibirlos “e incluso donaciones que nos hicieron aquí en Madrid se las enviamos a ellas”.

Resiliencia y precaución

Ahora que parece que ha pasado lo más duro de la tormenta, llega el tiempo de hacer balance y tomar medidas para que en un futuro las casas religiosas estén mejor preparadas. En este sentido, José Miguel Zamora señala que “hay una responsabilidad de cada comunidad, que debe replantearse qué debe prever para que, si se repite o rebrota esta situación, tengan los deberes hechos”.

Seguir los consejos y recomendaciones de las autoridades sanitarias es clave, tanto para consagrados como para laicos. “Por eso es bueno que pregunten en los centros de salud o en los médicos que les atienden qué hacer para que estén sobre aviso frente a posibles repeticiones de pandemias parecidas”, señala el portavoz de la CONFER. Y sus palabras conectan con la paradójica clarividencia de Isabel Díaz Ayuso en la entrevista de la COPE, al subrayar que “son siempre las últimas en quejarse, es más nunca lo hacen, siempre trabajan en silencio y están dispuestas a los demás”. En ese sentido hacía un llamamiento a las religiosas a que “al más mínimo síntoma avisen [a los servicios sanitarios] para que podamos actuar con ellas también”.

“No quieren jugar con la vida”, atestigua José Miguel, “sino creer que Dios sigue manejando los hilos del vivir, pero siendo conscientes de la responsabilidad personal y comunitaria de construir con el propio trabajo, la oración, la acogida y el servicio el Reino que Dios quiere: en eso vuelcan su vida”.

En el caso concreto de las Adoratrices, Antonia ya está planificando diversas medidas para abordar un posible rebrote. “Una de las conclusiones que saco es que hay que mejorar la estructura de la casa porque no estaba del todo adaptada para una situación de esta envergadura que hemos tenido, porque se requería hacer separaciones por zonas y era difícil la estructura, es algo que hemos aprendido”.

Además, para cerrar en la medida de lo posible el dolor de estos meses, “cuando ya se pueda hacer alguna celebración vamos a hacer una ceremonia, un funeral por todas las hermanas que han fallecido en la comunidad”, destaca esta religiosa adoratriz. “Incluso las hermanas lo esperan y lo desean también mucho, celebrarlo conjuntamente, porque lo han vivido muy aisladamente cada una”. Poder compartir el dolor y la incertidumbre vivida, aún dentro de la fe y de sentirse en las manos de Dios.

“Siempre tenemos motivos de esperanza, nuestro gran motivo de esperanza es la fe en Jesús resucitado”, añade Antonia. “Esa fe es siempre un horizonte de vida, un horizonte de fuerza, Dios está permanentemente saliendo a nuestro encuentro y a algunas les ha salido al encuentro de manera definitiva”. También para Paloma, la fuerza viene indudablemente de Cristo, “que hoy nos ha mandado a Galilea”, recuerda durante la entrevista realizada en tiempo de Pascua. Ojalá que para ellas y para toda la sociedad pueda ser este un tiempo de resurrección.

No solo los contagios

Los efectos negativos que más hay que lamentar son, desde luego, las muertes y el sufrimiento de quienes han enfermado, pero también hay Congregaciones que han quedado muy dañadas a nivel material “sobre todo aquellas que sobrevivían de lo que habitualmente fabricaban (ropa litúrgica, dulces, casas de acogida y retiros, etc.)”, explican desde la CONFER. “Al quedarse sin esas entradas se nota mucho el bajón para salir adelante, pues algunas vivían muy al día”. En estos casos, el apoyo del laicado es de gran ayuda y muy necesario.

“Son de agradecer las muestras de cariño, solidaridad, cercanía y ayuda en material sanitario en un principio y, posteriormente, en hacerse cercanas a esas comunidades religiosas que necesitan mucho para recuperar ‘cierto tono’ normal de vida; sobre todo, algunos monasterios y aquellas congregaciones que, son más pequeñas en número y con menos posibilidades de ayuda de fuera”, recalca José Miguel Zamora. “De ahí que acercarse, preguntar, echar un poquito el cable en ver qué necesitan, puede ser una buena práctica”. La ayuda diaria –compra de productos que fabrican, utilizar sus locales en retiros o convivencias, etc. – y la cercanía con ellas para ver qué pueden necesitar en un momento determinado siempre viene bien. “Aunque, también es admirable decirlo, cuando hemos preguntado a algunas congregaciones qué necesidad tenían, han pensado a la hora de recibir ayudas que, quizá, había otras mucho más necesitadas que ellas”, añade. “¡Ojo! lo estaban pasando mal; pero un corazón humano traspasado por el amor de Dios es capaz de pensar más en los demás que en uno mismo. ¡Una bonita lección!”