Reproducimos a continuación los tres relatos ganadores del certamen que la Fundación Luz Casanova realiza por cuarto año consecutivo como forma de concienciar contra la violencia machista.

Piojos con las uñas

Por Estíbaliz San Sebastián

«A 25 de noviembre y desde mi mesa de trabajo, presento mi dimisión por incapacidad. No puedo hacer nada para respaldar el discurso que acompaña esta denuncia, presentada hoy por una víctima que ya no podrá ser protegida. Creo que es suficiente:

«Vengo a denunciar al Presidente del Gobierno y al Ministro de Justicia porque, por fin, estoy muerta, pero no tengo prisa. Ustedes sabrán dónde se apunta. Seguro que existe una casilla para marcar las muertes cantadas. Tendrán un manual, un vademécum de la culpa que explique el nivel de implicación de los acusados. Búsquenlo, necesito que se entienda bien.

Estoy aquí para demostrar que son culpables. Quiero denunciarlos por complicidad y por dejación de ayuda.

¿Creé usted que prosperará la denuncia?

Le veo preocupado. Como si no supiese qué hacer con mis palabras. Es su trabajo, preguntar y tomar notas.

Yo estoy muerta porque nadie vio nunca nada.

Ocurre tan poco a poco la muerte que sigues contestando al teléfono y hasta te crecen las uñas.

Te matan en silencio. Sin fracturas. Un trocito cada día.

Rellene su jodido cuestionario. No sea pusilánime. Que yo sea la muerta es circunstancial.

Ha ocurrido hace unas horas. Me mató en casa como quien aplasta piojos con las uñas.

Necesitarán pruebas y yo estoy aquí para eso.

Un cadáver dispuesto a declarar. El caso más fácil de su vida.

Me han traído los forenses con el trabajo hecho. Éramos viejos conocidos y la autopsia, más que autopsia, ha sido un reencuentro.

Matar es sólo un gesto. Aprietas y el cuello se rompe como se rompen los vasos que se caen solos de las manos.

Pero no se equivoque conmigo. No quiero promesas, ni despachos donde pueda hablar mucho más cómoda de mi problema.

Quiero denunciar al Presidente del Gobierno y al Ministro de Justicia y que me asignen un abogado de oficio.

La violencia es inmensa, pero esto no es una guerra. Duerman tranquilos. Las guerras se hacen contra los pueblos y las mujeres no somos un pueblo. Se hacen contra las ideas y las mujeres no somos una idea. Se hacen contra los hombres y las mujeres en las guerras somos cuerpos que hacen cuerpos. Cuerpos viudos, violados.

Por eso nadie vio nunca nada. No hay epidemia ni exterminio mientras nos maten en casa. De una en una. Como quien aplasta piojos con las uñas.

Pueden abrirme en canal y analizarme por partes. Esta vez llegaré al final y ustedes podrán colgarse una medalla. Por fin duerme tranquila, la muerta, en su cajita.”


La mesa

por Carlos Suárez – Mira

Aquella mesa había recogido miles de gotitas saladas, de cabellos desprendidos, de mucosidades varias. Entre las vetas de la madera, la mugre acumulada y los regueros de lágrimas, se dibujaban extrañas figuras que parecían emerger sobre el tablero y danzar borrosas por la superficie. Era la mesa del Juzgado de violencia sobre la mujer. ¡Cuántos llantos había escuchado! ¡Cuántos nervios la habían hecho temblar!

En una esquina, estratégicamente situada, había una caja de pañuelos de papel. Oficialmente no pertenecía al juzgado, pues no estaba incluida en el catálogo de compras mensuales de folios, grapas, carpetillas, bolígrafos y demás útiles de oficina. Sin embargo, los funcionarios nunca permitían que estuviera vacía, sabedores del uso intensivo que se hacía de ella. Eran testigos de las desgarradoras historias que allí se contaban todos los días del año. De las caras enrojecidas. De los ahogos y de los sofocos. De los músculos tensos. De los largos silencios. Del dolor y de la desesperación. De los callejones sin salida. De las expectativas defraudadas.

Ante ella se sentaban madres, hijas, hermanas, amigas y novias. Rubias y morenas. Altas y bajas. Negras y blancas. Extranjeras y nacionales. Ricas y pobres. Enfermas y sanas. Mujeres. Personas.

Cada una tenía su historia. A veces larga y a veces corta. Trufada de insultos, golpes o amenazas. O de todo a la vez. «Puta» era lo que más oían. Pero también «eres lo que más quiero» y «jamás nos separaremos». Pocas llegaban a presencia judicial por voluntad propia. Algunas lo hacían acompañadas por familiares o amigas. La mayoría, porque la policía había intervenido en una disputa que alarmó a los vecinos.

Cada vez más se apoyaban en esa mesa jovencitas apenas adolescentes que se habían visto esclavizadas por el guapo de la clase. Ese que primero la adulaba, después presumía de machito con los amigotes y finalmente la abofeteaba por ir muy provocativa y hablar con personas no autorizadas por él.

Pero también más de una abuela descansó sus codos en sus vencidas tablas. Señoras que, pasados los setenta, con el apoyo de los hijos hoy adultos y ayer también víctimas, se atrevían a desafiar a su señor esposo y denunciar cuarenta o cincuenta años de infierno matrimonial iniciado en aquellos tiempos en los que el comandante de puesto le decía a la recién casada que no era para tanto y que, en el fondo, aquel sinvergüenza disfrazado de hombre de la casa, la quería con locura.

Hoy también la mesa tenía una inquilina llorosa. No era alta ni baja. De estatura media. Ni joven ni vieja. Frisaba los cuarenta y cinco. De salud normal —con sus ansiedades y depresiones, eso sí— y con una posición económica desahogada. Una mujer como tantas otras. Casada. Y española porque para desempeñar su trabajo tenía que serlo necesariamente. La amenazadora llamada telefónica que la hizo temblar en ese teatro de las emociones que era la sala de vistas procedía de su marido. Un funcionario la interrumpió: Señoría, ¿se encuentra usted bien?


Vudú

Por Purificación Ruiz Gómez

Raquel está jugando en su cuarto con Barbie y Ken.

Ha vestido su muñeca con una minifalda rosa y un top de tela brillante. Después, la ha calzado con tacones a juego y peinado con paciencia hasta conseguir una trenza larga, rematada con un lazo de terciopelo. Para terminar, un toque de maquillaje glitter que la hace resplandecer.

Cuando Barbie ya está lista para salir de su mansión Malibú, aparece Ken Vintage en su deportivo Santa Mónica, la coge con su mano rígida y plastificada y la introduce en la mansión, arrojándola violentamente sobre la cama Dreams. Le arranca la minifalda, le destroza la trenza y lanza los tacones contra la pared de papel pintado de unicornios. El maquillaje se emborrona contra la colcha estampada de lunas y estrellitas.

Todo, en un silencio atronador que permite escuchar los gritos del padre de Raquel que llegan desde el salón, acompañados de lamentos de su madre y el ruido de objetos rompiéndose.

La niña coloca sobre el cuerpo de Barbie un par de tiritas con motivos infantiles. Mira fijamente a Ken y… le arranca la cabeza.