Iglesia sin rebajas

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IGLESIA SIN REBAJAS
Hacia una teología que aboga por la igualdad de género
Curín García Calvo, RJM

Montaje de la imagen de la autora con el libro reseñado, realizado por la editorial PPC.

Como apunta el subtítulo del libro, la autora trata de sentar las bases para una tarea que se le antoja posible: la conciliación entre la teología cristiana y las aportaciones esenciales del feminismo, en aras a una igualdad real de la mujer en la Iglesia de hoy. Se trata de que se reconozca y visibilice la presencia de las mujeres en todos los niveles de responsabilidad, enriqueciendo así a una institución en crisis que precisa mucha savia para reponerse, y se frene, de paso, el abandono de tantas mujeres que no se sienten ya a gusto en la Iglesia.

Su propuesta pasa por «defender la igualdad de género respetando las diferencias sexuales», y «por una Iglesia de unidad en la diversidad en la que cada persona pueda ser». La Iglesia ha de empeñarse en «ser Iglesia de toda la humanidad, sin exclusiones de ningún tipo, sin rebajas». Las rebajas se refieren sobre todo al no reconocimiento de las mujeres como sujetos de pleno derecho.

Antes de llegar a la fundamentación teológica que propone, repasa la situación actual del movimiento feminista y la de la mujer en la Iglesia, incluidas todas las iniciativas recientes en pro de una mayor igualdad.

La autora del libro, teóloga madrileña Curín García Calvo, religiosa de Jesús María y misionera en Haití.

A base de citas diversas, recompone la historia de la lucha por la igualdad de la mujer y las aportaciones fundamentales del pensamiento feminista, con explicaciones claras sobre lo que es el patriarcado como sistema de poder, como esa especie de acuerdo no escrito que otorga siempre el poder al varón, minusvalorando e ignorando a la otra mitad de la humanidad, que somos las mujeres; un sistema tan incrustado en las mentalidades y los sistemas sociales que hasta las mujeres contribuyen a sostenerlo.

Recorre las diversas olas del movimiento feminista y recoge las principales reflexiones -no todas, imposible- sobre lo que es ser mujer, con el debate entre el componente biológico y el social. No deja de reconocer que el movimiento de emancipación de la mujer le debe mucho al cristianismo, que tiene en sus orígenes una raíz igualitaria y de reconocimiento de la dignidad de la mujer que, sin embargo, no «se refleja de un modo coherente en el modo de vivir y celebrar la fe y de organizar la propia Iglesia».

Se detiene en las aportaciones, también variadas, que se hacen hoy desde la Teología feminista que, si bien coinciden en la reclamación de igualdad, disienten en otros matices; sin embargo, mayoritariamente, cuestionan la antropología que subyace a la doctrina tradicional de la Iglesia en la materia, que sigue considerando a la mujer el cuerpo y al hombre la cabeza, de modo «que a las mujeres les quedarían reservadas las tareas y a los hombres las responsabilidades».

El clericalismo, tan denunciado por el papa, no es más que la manifestación en la Iglesia del androcentrismo y del patriarcado. Desde ambos se ha hecho una interpretación abusiva de los textos y de la tradición eclesial, por lo que «hay que superar una antropología androcéntrica y desarrollar una antropología humanocéntrica que capte la revelación de lo divino en lo humano integral». Desde allí hay que revisar los tratados de cristología y de mariología para repensar las consecuencias que se extraen de que «la masculinidad de Jesús es ontológica o la reducción de María a las imágenes de virgen y madre».

Muy interesante resulta también el análisis crítico de los documentos del Magisterio de los tres últimos papas. La antropología que subyace a los documentos del Magisterio, afirma rotunda, se caracteriza por ser binaria y esencialista y se basa, desde Juan Pablo II, en la defensa del «genio femenino» que, lejos de conducir a la igualdad y a la consideración real de la mujer, la acota en un territorio ideal, sublimando su aportación y reduciéndola sobre todo a ser esposa y madre. Las mujeres han de participar en la Iglesia no para aportar su «peculiaridad» sino por su igual dignidad de bautizadas. Hace también una llamada a repensar la «asociación tan marcada que hace el Magisterio entre Cristo y lo masculino», siendo que «hombres y mujeres somos igualmente dignos, también de representar a Cristo».

Hay que profundizar, en definitiva, en la identidad masculina y femenina desde una antropología que, sin eliminar las diferencias respete, la igualdad. Porque, aunque la diferenciación sexual es un principio irrenunciable en la doctrina, se ha hecho «una lectura interesada e ilícita de las diferencias», siendo que “la diferencia sexual no puede ser en detrimento de la igualdad de género, y la igualdad de género no tiene por qué suponer la eliminación de la diferencia sexual».

A la hora de elaborar una propuesta de futuro, y de marcar tareas para la Teología, afirma que, en este momento de cambio, «encontramos muchas respuestas en nuestros origines y en el fundamento de nuestra fe».  Además de en la indiscutible aportación cristiana a la igualdad, bucea Curín Calvo en las aportaciones de Leonardo Boff y, desde ellas, en los dos principios cristianos en los que encuentra fundamento teológico firme para su defensa de la igualdad: la Encarnación y la Trinidad.

Con Boff, cree que lo masculino y lo femenino -abiertos a la evolución y siempre realidades-límite no totalmente definibles- son dos principios desde los cuales «generar una nueva alianza donde la alteridad y la reciprocidad sean las claves» de una nueva relación entre hombres y mujeres y también de ellos con el planeta. En el plano teológico, «si el hombre y la mujer son imagen y semejanza de Dios, Dios puede ser encontrado en ellos».

Curín Calvo repasa los dogmas de la Encarnación y la Trinidad siguiendo sobre todo a Rahner, y en ellos encuentra fundamento sólido para su defensa de la igualdad en la cuestión de género: «Dios ha querido revelarse afirmando contundentemente que la unidad en la diversidad es el punto de partida de todo cuanto existe»… «Todo lo que no valore ni favorezca la diversidad es una falta a Dios mismo»… “Desde el dogma de la Encarnación no podemos sino defender que las diferencias están en orden a la comunión, salvaguardando la igualdad y que a su vez dicha comunión solo puede realizarse en las diferencias».

Y desde el dogma trinitario, en el que Dios «es pura comunicación y diálogo», todas las personas estamos llamadas a la comunión desde la alteridad, una pluralidad «que no destruye la unidad del mundo sino que es su única mediación posible«. Por eso «cuando no permitimos que determinadas personas expliquen la realidad desde su óptica o participen en el conjunto desde su ser, estamos obviando la propia esencia trinitaria en la que la Iglesia se fundamenta, en la que Dios es y se expresa en cada uno de sus miembros».

Un libro muy sugerente que deja tarea pendiente para teólogos y teólogas. No entra en el tema de la diversidad sexual no binaria, hoy también tan discutida; aunque debe de pensar la autora que, con lograr la conciliación entre diversidad e igualdad, ya hay abonado un territorio de encuentro y estudio para que la Iglesia se ponga al día y dialogue en profundidad con el mundo de hoy en este tema complejo y apasionante.

Porque «Somos la posibilidad de ser de Dios. Ello nos compromete radicalmente como hijos e hijas suyos a que se creen espacios de verdadera comunión»

Autoría

  • Lala Franco

    Alandar me permite hacer una de las cosas que mas me gustan como periodista: entrevistar a esas personas que son la sal de la tierra porque van cambiando el mundo con su trabajo, su reflexión y su denuncia.  Además, es un espacio para la libertad y la creatividad dentro de la Iglesia, muy necesitada de ambas. Y me da pistas para vivir de un modo más solidario y menos consumista y para seguir alimentando el núcleo espiritual que nos vincula, desde lo profundo, con el mundo, con los otros y con Dios.  Por lo demás, ahora soy una periodista jubilada de TVE que se mete en muchos líos. En la Revuelta de mujeres en la Iglesia, por ejemplo. Y que está agradecida a dos espacios eclesiales: la JEC (Juventud Estudiante Católica, que me albergó de joven, y Profesionales Cristianos (PX), mi actual comunidad de referencia. Soy murciana y, además de mi tierra de origen, amo Madrid, donde vivo;  pero también la Montaña Oriental Leonesa y Asturias, donde paso buena parte de mi tiempo. La vida, pues, no cesa de abrirme a  paisajes y horizontes nuevos, en todos los sentidos. Y yo trato dejarme sorprender por la riqueza y la novedad que nos rodea y los mensajes de cambio que sugiere. 

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