Clima interior

Los seres humanos estamos condicionados por el clima en el que vivimos. El calor, el frío, la presión atmosférica, la humedad y la lluvia van determinando no sólo el paisaje, sino también las costumbres, los hábitos, incluso nuestro carácter.

Los más puntillosos, cuando hablamos del tiempo, hacen sus especificaciones, diciendo: “No es lo mismo el tiempo atmosférico que el clima”. ¡Ojo! El primero nos indica una serie de factores en un momento  determinado, que pueden variar con el trascurso de las horas. La climatología se traduce por algo más duradero y estable. Les agradecemos sus conocimientos, pero no van por ahí “los tiros” sobre lo que os quiero hablar.

[quote_right]Si el clima externo condiciona nuestro día a día, el clima interior condiciona nuestra forma de ser y de actuar[/quote_right]

Es curioso, pero desde hace siglos el ser humano ha intentado controlar los fenómenos meteorológicos, en su  afán por evitar sequías o inundaciones. Todo ello con mínimos resultados, aunque algunos experimentos realizados por la NASA  han conseguido hacer realidad algunos propósitos. Eso pretendía el proyecto “geshem”, lluvia en hebreo, para paliar los problemas de desertización en las zonas más áridas y secas del planeta. Una anécdota al respecto: las autoridades de Pekín, ciudad olímpica en el 2008, unos días antes, bombardearon las nubes con yoduro de plata y otras sustancias  para garantizar que no lloviera durante la ceremonia inaugural. Por si acaso.

Si el clima externo condiciona nuestro día a día, el clima interior condiciona nuestra forma de ser y de actuar. Desde que nacemos, en nuestra tierra, en nuestra piel, en nuestras células, se suceden chubascos, lloviznas, aguaceros, nieve… Al igual que los climas se establecen recogiendo las observaciones del día a día en las distintas estaciones durante una serie de años, que al menos deben ser treinta, para obtener una fiabilidad mínima, nuestra climatología interior requiere de años para forjarse y establecerse. Así se forma nuestra personalidad.

Foto Aldo Dallari
Foto Aldo Dallari

Al igual que los meteorólogos, también nosotros debemos revisar con cierta frecuencia nuestra propia estación meteorológica y darnos cuenta del barómetro que indica cuándo la presión está baja o alta. Nunca debe ser ni excesiva ni escasa. Un estado normal evitará que tengamos alteraciones que nos descompensen.

Si nuestro pluviómetro no recogió agua suficiente, con dificultad podremos abastecer a otros/as que andan en sequía, incluso nosotros debemos establecer un sistema de alarma por si nos quedamos resecos. Muy al contrario sucederá si nuestro depósito se nutrió con otras aguas regaladas. De ellas daremos de beber a otros.

El anemómetro nos indicará si los vientos que nos han sacudido nos han hecho más fuertes o han sido brisas que nos han ayudado a aliviar el cansancio. En otras ocasiones  nosotros mismos habremos sido motivo de impulso o de derribo.

[quote_right]El termómetro será el indicador fiel de nuestra temperatura. Nunca por debajo de los 0º. Si la hipotermia se adueña de nuestro corazón corremos el peligro de congelación[/quote_right]

No debemos descuidar el higrómetro para mantener la humedad adecuada que nos permita respirar y dar respiro.

El termómetro será el indicador fiel de nuestra temperatura. Nunca por debajo de los 0º. Si la hipotermia se adueña de nuestro corazón corremos el peligro de congelación. Por ello -y para evitar riesgos- podremos añadir alguna placa solar que reciba los rayos del Dios que pretende darnos energía durante el día para almacenarla y compartirla durante  nuestras noches o las de los demás. Mantener la temperatura y las constantes vitales a un nivel adecuado evitará que tengamos sofocos o destemples innecesarios.

Una veleta apuntando al norte nos dirá que estamos en la orientación correcta. Si indicara otra dirección, estemos atentos, pues  tenemos que  estar pendientes del sentido del viento por si debemos encaminar nuestros pasos hacia otras tierras y otros climas más adecuados.

jukaprieto@hotmail.com

Autoría

  • Juan Carlos Prieto

    Salmantino de nacimiento y corredor de fondo por la península ibérica. Soy buscador, inquieto y atrevido, lo cual que me lleva a adentrarme en terrenos variopintos como la música, la fotografía, la pintura y a escribir cuatro letras cada cierto tiempo. Amante de lo cotidiano y lo sencillo, disfruto mirando más allá de lo que los ojos captan a primera vista intentando descubrir la profundidad de lo Trascendente y la grandeza de los corazones. Encantado de acompañar a los más frágiles y aprender de ellos, actualmente trabajo con personas con discapacidad intelectual. Anteriormente con menores tutelados. Cada día me aportan una enseñanza.

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