Trabajo digno para una sociedad decente

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Pepa Torres reflexiona sobre la necesidad del trabajo decente y las palabras del Papa Francisco
Ilutración Daniel Farrás

Inicio el mes de septiembre acompañando unos cuantos juicios laborales de gente amiga. El primero es el de un compañero senegalés al que en un restaurante del barrio de Salamanca le han tenido trabajando como pinche de cocina con una jornada laboral de 40 horas semanales, cuando en realidad sólo estaba dado de alta por 20. El otro es el de una amiga que ha estado trabajando como limpiadora y chica para todo en un bar de Lavapiés en el que ni siquiera la habían dado de alta en la Seguridad Social y la tenían engañada con el pretexto de que le iban a asegurar la renovación de su permiso de residencia. También otro amigo, competentísimo editor, ha sido despedido este verano de una editorial católica, que no está precisamente en crisis, sin apenas explicaciones.

Y es que, como reflexionaba este verano en un curso con la HOAC, el ataque del capital a la vida resulta insostenible, también dentro de las instituciones religiosas, que aunque repiten hasta la sociedad que no son una empresa, el ninguneo hacia sus trabajadores y trabajadoras en demasiadas ocasiones no se diferencia demasiado, aunque las cosas digan hacerse bajo capa de bien”. En las empresas religiosas también se descarta a la gente, pero con mucha mayor sutileza que en la sociedad civil. Se descarta por abajo a los menos capacitados o competentes según la lógica del sistema, pero también se descarta por arriba a los más visionarios. La mediocridad en la que muchas veces quedamos estancadas las instituciones hace que no se tolere a quienes intentan llevarnos más lejos. El caso de mi amigo el editor es un buen ejemplo de ello.

También inicio este curso con despedidas. Aunque ahora no se habla tanto de ello, muchas amigas y amigos jóvenes siguen abandonando el país en busca de trabajo. Son los protagonistas de lo que se ha dado en llamar la marea granate o exilio económico. Entre ellos y ellas, brillantes doctoras amigas que, sin perspectiva de presente ni de futuro en las universidades españolas, están marchando hacia universidades latinoamericanas resistiéndose a la precariedad impuesta y a la falta de horizontes. Son una gran pérdida para nuestros colectivos y el tejido social más crítico y activo en muchos de nuestros barrios.

La desregulación del mercado laboral y la mercantilización de la vida están actuando en nuestro país como un monzón que pretende arrasar con todo, aunque se nos quiera convencer de que estamos saliendo de la crisis. Como señalaba un editorial de la revista Iglesia Viva hace unos meses, vivir bajo la condición precaria se ha acelerado en España desde el estallido de la gran recesión del 2008. También somos más conscientes que nunca, por los últimos informes Foessas o por estudios, como el último libro de Ana María Rivas, Trabajo y pobreza, de que estamos siendo también testigos de un nuevo rostro del empobrecimiento en nuestro país: los trabajadores y las trabajadoras pobres, personas cuyas condiciones de vida están marcadas por la sobreexplotación económica en un mercado de trabajo enormemente deteriorado que revelan con toda la crudeza de sus situaciones que trabajar no es suficiente para vivir dignamente ni salir de la exclusión.

Me lo recordaba el otro día un amigo exmantero que trabaja como reponedor en un Alcampo en Fuenlabrada: 600 euros al mes en una jornada laboral de 48 horas a la semana y una excompañera de Territorio Doméstico, hasta hace poco empleada de hogar interna y ahora limpiadora de hoteles y organizada con las kelis, que, como sabéis, están denunciando que les pagan a dos euros la hora y que trabajan sometidas a un ritmo imposible de sostener si no es “empastillándose” previamente.

Y es que las cosas no andan bien, como dijo el papa Francisco en su discurso durante el primer Encuentro con movimientos populares en 2014: “Las cosas no andan bien en un mundo donde hay (…) tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad (…) y por eso queremos un cambio real, un cambio de estructuras porque este sistema ya no se aguanta”. De ahí la importancia de reivindicar y buscar alternativas, como propone la HOAC, para exigir trabajo digno para una sociedad decente y la campaña que distintas organizaciones de Iglesia están llevando a cabo exigiendo trabajo decente porque la prioridad del trabajo sobre el capital, la primacía de la dignidad de la persona, es una exigencia ineludible de nuestra fe cristiana

El concepto de trabajo decente fue acuñado por la OIT en el año 2000 como respuesta a los impactos negativos de la globalización y el deterioro de las relaciones laborales generadoras de exclusión y pobreza. Con ocasión del Jubileo de los Trabajadores, Juan Pablo II lo retomó como una exigencia también para la Iglesia en el año 2000. Más tarde, Benedicto XVI lo recogió en la encíclica Caritas in Veritate para significar con dicho término que el trabajo ha de ser expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer:

  • Un trabajo libremente elegido, que asocie efectivamente a los trabajadores y trabajadoras, al desarrollo de su comunidad.
  • Un trabajo que haga que quienes lo desarrollan sean respetados y respetadas y se evite toda forma de discriminación.
  • Un trabajo que permita satisfacer las necesidades de las familias y escolarizar a los hijos e hijas sin que se vean forzados también ellos y ellas a trabajar.
  • Un trabajo en el que quienes lo realizan puedan organizarse libremente y representar sus intereses y reivindicaciones.
  • Un trabajo que deje espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual.
  • Un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación.

Reivindicar el trabajo decente pasa también por recuperar el sentido social del concepto de trabajo y devolverle su sentido amplio y antiproductivista, opuesto a lo que tradicionalmente se ha concebido exclusivamente como trabajo remunerado. El trabajo comprendido en su sentido más amplio son también todas las actividades que contribuyen al bien de la comunidad, las familias y los estados, entre ellos los trabajos de cuidados, que son los que sostienen la vida, pero que están feminizados, devaluados, invisibilizados, como si no formaran parte de la economía. Trabajos que están en la base del iceberg, que constituyen la vida social y económica.

Por eso estreno también este septiembre con muchas expectativas en el Congreso de cuidados que se celebrará los días 1 y dos de octubre en Matadero Madrid y que varios colectivos de empleadas de hogar y cuidados estamos organizando desde el grupo Turín (una plataforma de colectivos de empleadas de hogar y de cuidados que exige la ratificación del convenio 189 de la OIT en materia de empleo de hogar y que sigue sin firmarse) y el Ayuntamiento.

http://pepatorresperezblogspot.com.es

Autoría

  • Pepa Torres

    Teóloga y religiosa Apostólica del Sagrado Corazón de Jesús, vive en una comunidad intercongregacional en el madrileño barrio de Lavapiés. Allí apoya los movimientos sociales y la defensa de los derechos humanos, especialmente desde la Red Interlavapiés. Escribe en alandar la sección "Hay vida más allá de la crisis".

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