El reto de la desigualdad

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Hoy la desigualdad se encuentra en la mente y en boca de muchas personas, desde ciudadanos de a pie a personajes del ámbito político, social o económico. El papa Francisco también se ha sumado a la larga lista de denuncias al afirmar que la desigualdad es “el mayor desafío de nuestro tiempo”. Aquí, en España, en 2013, el 6’4% de la población vivía en situación de pobreza, una tasa que, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, casi duplica la del año 2007. Asistimos a un fenómeno novedoso: la brecha económica y social está aumentando en todo el mundo, sin distinción entre países ricos o pobres o los países “emergidos”.

Todavía no habíamos digerido el fenómeno de la globalización y sus consecuencias (oportunidades y desigualdades) cuando ya nos encontramos sumergidos en una realidad global distinta a la que se vivía hace unos pocos años. Me refiero a múltiples acontecimientos que han jalonado los primeros años de este siglo, como los ocurridos en lugares que nos recuerdan sonoras protestas (Seattle, Génova, Davos…) cuyo telón de fondo han sido reuniones de las élites políticas, financieras o económicas mundiales, de organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, por citar los más “populares”.

Hoy, en cualquier lugar del planeta, puede saltar una chispa originando un conflicto cuyas causas son difíciles de analizar objetivamente y cuyas soluciones son difíciles de encontrar porque los problemas actuales son muy complejos. Uno de esos problemas es la desigualdad, la creciente desigualdad que se va instalando en todo tipo de sociedades y en estamentos que, hasta hace muy poco, creíamos inmunes a esa lacra. Llama la atención que incluso en el Foro Económico Mundial, celebrado en Davos el pasado mes de enero, se identificara la desigualdad como una de las principales amenazas para la economía mundial hasta el punto de que Klaus Schwab, fundador y director ejecutivo del mencionado foro, afirmó que la actual situación “es resultado de una incapacidad colectiva de gestionar y mitigar las consecuencias internacionales de la globalización, desde hace decenios”.

Actualmente, se nos presenta una oportunidad que no deberíamos desaprovechar: a poco menos de dos años para que se cumpla el plazo establecido (año 2015) para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio, derivados de la Declaración del Milenio de las Naciones Unidas (año 2000) muchos son los grupos de trabajo en todo el mundo -y en todos los ámbitos- que están haciendo balance de los escasos cumplimientos y el exceso de incumplimientos referidos a dichos objetivos. Además de hacer balance, desde las Naciones Unidas se está impulsando la tarea de establecer lo que han bautizado como “la agenda post 2015”, una agenda que se pretende sea transformadora, para construir un futuro “incluyente y sostenible” en el que la desigualdad deje de ser noticia.

Una parte importante de la sociedad civil se ha propuesto afrontar la desigualdad desde un enfoque basado en el reconocimiento universal de los derechos humanos, cuya responsabilidad recae, en primer lugar, en los Estados. Hoy nuestro compromiso personal y colectivo cuenta para que se establezca un marco de convivencia política, social y económica basada en los derechos humanos. Se trata de una tarea ardua a la que debemos sumarnos.

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