Abusos sexuales: la luz del mundo debe brillar de verdad

Entre el 21 y el 24 de febrero de 2019 se celebró en el Vaticano una cita completamente inusual: el Encuentro sobre la Protección de Menores en la Iglesia. El Papa Francisco convocó esta cumbre antipederastia después de que 2018 se convirtiera en un verdadero annus horribilis para él a causa de la incensante cascada de noticias en torno a la crisis de los abusos a menores dentro de la Iglesia Católica. Un torbellino que se desató en gran parte debido a sus desafortunadas declaraciones sobre el tema —luego rectificadas— durante un viaje a Chile, uno de los epicentros de la catástrofe.

La cumbre antipederastia estaba llamada a ser un antes y un después en la manera en que la Iglesia aborda los casos de abusos a menores cometidos por sacerdotes y otro personal religioso. Dos años después, el balance de lo conseguido presenta alguna luz y muchas, muchas sombras, especialmente en España.

Por parte del Vaticano se han dado pasos impensables —tristemente impensables— hace algunos años. Ha habido muchos gestos hacia las víctimas como el establecimiento de una jornada de oración por las víctimas de los abusos y, sobre todo, las reglas del juego —al menos sobre el papel— han cambiado.

En mayo de 2019 la Carta Apostólica Vos Estis Lux Mundi (Vosotros sois la luz del mundo) establecía la obligatoriedad de que las conferencias episcopales y las diócesis se dotasen de sistemas estables de recepción de denuncias de abusos. En diciembre de ese año, coincidiendo con el día de su 83 cumpleaños, el Francisco decretaba el fin del secreto pontificio para las causas de abusos sexuales que examina la Congregación para la Doctrina de la Fe. Por último, en julio de 2020, el Vaticano publicaba un Vademécum que aspira a unificar en todo el ámbito de la Iglesia universal los procedimientos a seguir en caso de denuncias de abusos sexuales.

Todos estos pasos han sido valorados como positivos por los conocedores de la cuestión, e incluso por las propias víctimas. Positivos… pero insuficientes. Porque el problema no son ahora las instrucciones vaticanas, sino su aplicación por parte de las Iglesias locales.

En nuestro país las reacciones de la Iglesia a la crisis de los abusos sexuales a menores siguen siendo decepcionantes. Para muchos, pero, sobre todo y principalmente, para las víctimas.

Es verdad que las diócesis españolas han creado oficinas para la recepción de denuncias de abusos. Es verdad también que la Conferencia Episcopal no ha creado un sistema de control o de centralización de la información recogida por esas oficinas ni ha anunciado el establecimiento de un sistema de indemnizaciones ni ha reformado sus totalmente inadecuados —por no decir infames— protocolos para la protección de menores, que no hacen más que revictimizar a las víctimas.

Tampoco ha considerado la posibilidad de crear una comisión de la verdad que investigue de manera retrospectiva los abusos a menores dentro de la Iglesia, tal y como han hecho otras conferencias episcopales como la estadounidense, la irlandesa, la belga, la holandesa o, más recientemente, la alemana y la francesa.

Es verdad que algunas congregaciones religiosas españolas han aceptado el doloroso reto de escarbar en su pasado, como los maristas en Cataluña o, más recientemente, los jesuitas. Pero también es verdad que casi todos los expertos consideran, una vez más, que son pasos positivos, pero insuficientes. El número de casos encontrados por estas investigaciones es bastante bajo y la publicación de sus resultados ha estado aquejado de falta de transparencia, pues casi ninguna ha especificado los nombres de los abusadores o el lugar en que sucedieron los abusos, algo que podría propiciar que nuevas víctimas saliesen a la luz.

En el caso de la investigación de los jesuitas, sí que alguna víctima más ha aparecido… para denunciar que, pese a las numerosas ocasiones en que se ha dirigido a la orden, su caso ha sido ampliamente ignorado.

Como dijimos, dos años después de la cumbre antipederastia del Vaticano, el balance de lo conseguido en la lucha contra los abusos a menores dentro de la Iglesia tiene alguna luz y muchas sombras. Parece que la Iglesia no termina de creerse el título de la carta apostólica del Papa Francisco: Vosotros sois la luz del mundo. Porque, como dice el Evangelio de Lucas: «Nadie enciende una lámpara para esconderla, o para ponerla debajo de un cajón. Todo lo contrario: se pone en un lugar alto, para que alumbre a todos los que entran en la casa. Los ojos de una persona son como una lámpara que alumbra su cuerpo. Por eso, si miran con ojos sinceros y amables, la luz entrará en su vida. Pero si sus ojos son envidiosos y orgullosos, vivirán en completa oscuridad. Así que, tengan cuidado, no dejen que se apague la luz de su vida».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *