El estado Vaticano

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Con motivo del 80 aniversario del estado Vaticano, recibíamos en alandar la carta de un suscriptor que decía, “como muchos teólogos católicos y gran parte de lo que llamamos la iglesia de base, a la que humildemente pertenezco, abogo por la desaparición del Vaticano como estado y, consecuentemente, por la supresión de todos los nuncios que actúan ante la ONU y ante los distintos países de todo el mundo como embajadores del supuesto ‘estado Vaticano”. Un estado, por otra parte, concedido a través de los Pactos de Letrán por el dictador Mossulini a cambio de reconocimientos y favores mutuos.

Acabamos de celebrar la Semana Santa, tiempo propicio para profundizar en la vida y la muerte de Jesús, y sobre todo en el mensaje que nos dejó a las y los que creemos en Él.

No hay nada en su vida y en sus escritos que pudiera prever que Jesús quisiera un estado como el del Vaticano ni una Iglesia Institución como la actual.

Sin profundizaciones más teológicas y sólo utilizando los mismos argumentos que el Papa y los Obispos utilizan para negar el acceso de la mujer al sacerdocio, afirmamos que Jesús no quiso ni soñó nunca con un estado Vaticano. Jesús quiso una iglesia de iguales, sin poder, al servicio de los más pobres y excluidos. Repasando entre los elegidos y sobre todo el primero, Pedro, no nos encontramos a ninguno de los instruidos y más ricos de la sociedad. ¿Quién era Pedro? Un pescador, un inculto pescador, pobre… como muchos de sus compañeros. ¿Quiénes tienen hoy los sitios preferentes en la Iglesia Institución? Los ricos, los que tienen poder, político y económico…

¿Qué pasaría si el Vaticano no existiera? Seguramente seríamos más creíbles cuando habláramos del mensaje de Cristo.

Hoy más que nunca tiene sentido una Iglesia de base, de iguales, sin poderes políticos y económicos, que sepa dialogar con otras religiones en pie de igualdad y no desde el poder y la prepotencia. Quizás este sería el principio del final de la crisis, al menos de la que sufre la Iglesia

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