Frente a la polarización, militancia por el diálogo

El año  que acabamos de despedir constata que vivimos tiempos inciertos y convulsos, con preocupantes retrocesos en derechos fundamentales que parecían consolidados. Crudeza en las relaciones internacionales (genocidios como el de Gaza, guerras activas, y decenas de conflictos olvidados por los medios y sin abordaje por la comunidad internacional), hambrunas crónicas, fenómenos migratorios con costes insoportables de muertes, emergencia climática, aumento de la desigualdad y la pobreza en gran parte del planeta.

Tiempos en los que la demagogia y la polarización han acampado en países occidentales, paradigma en otras décadas de las democracias liberales. Precisamente, el término polarización ha sido elegido palabra del año 2023, según la FundéuRAE (Fundación del Español Urgente). El motivo es la proliferación en la sociedad en todos los ámbitos (mediático, social, político…), “situaciones en las que hay dos opiniones o actividades muy definidas y distanciadas, en ocasiones con las ideas implícitas de crispación y confrontación”.

Desde Alandar reafirmamos el empeño en promover la cooperación, la colaboración y el diálogo entre las personas, los colectivos, la sociedad civil y los representantes de los partidos políticos. Creemos que en ello nos va a distinguirnos como cristianos. Tender puentes, primar el diálogo, evitar ahondar en la crispación, perfecto caldo de cultivo para destilar odio. Hay que desterrar el desprecio por el otro, aunque tenga posiciones en las antípodas.

La ciudadanía experimenta una honda desafección respecto de la política. No sólo en España. En el resto de Europa y EE.UU. cunde la ira hacia las élites, más interesadas por su propio beneficio, por la aceleración e incertidumbre de los cambios sociales y crisis económicas encadenadas desde el 2010. Son populares los liderazgos y movimientos antisistema, más a la derecha que a la izquierda, desafiando las normas de convivencia y enarbolando el insulto y desprestigio de las instituciones. 

Hay un verdadero malestar sobre el funcionamiento de la democracia que permite un resurgir de visiones nacionalistas, euro escépticas, y con un denominador común de rechazo de los inmigrantes. Sólo hace falta repasar las legislaciones aprobadas en los últimos meses sobre asilo y refugiados en lugares como Gran Bretaña, Francia o la propia directiva de la UE al respecto. Como decía  Rafael Díaz-Salazar en una entrevista en esta revista con motivo del décimo aniversario del 15M, “Hay que rescatar la cultura del diálogo como antagónica a la cultura del odio y al guerracivilismo ciudadano, mediático y político imperantes”.

Debemos rescatar ese espíritu ciudadano, a dejar el vaciamiento creciente de la democracia como poder del pueblo real, reivindicando la transformación de la sociedad. ¿Para qué queremos declaraciones públicas de nuestros dirigentes, si no generan cambios sociales más allá de la esfera pública? Siguen siendo imperantes las transformaciones radicales en el ámbito de los derechos laborales, la vivienda, la calidad de vida en barrios y pueblos empobrecidos, la distribución de la riqueza…

Las sociedades se estratifican en torno a un tipo de distribución de la riqueza, del poder y del estatus. Cuanto más distribuidos están, mejor democracia. Cuanto más concentrados están, peor. Para que unas clases sociales mejoren, hay que desempoderar a otras. Es la lógica de un sistema democrático. Parte de la solución está en más y mejor democracia. Ante la crisis del modelo representativo, el impulso de una concepción participativa y deliberativa.

Un elemento esencial de la cultura de paz es cambiar la adversativa -o- por la coordinada -y-, condición de posibilidad para la inclusión y el diálogo. Mediante la cooperación y los consensos aportaremos la luz necesaria para transitar por caminos de concordia y de paz. En todos los órdenes, aunque no sean los valores más de moda en este momento de la Humanidad.

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