La mejor defensa es invertir en justicia

Anuncia Isaías un tiempo en el que los pueblos “de las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas. No alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”. De momento, la cosa parece ir al revés: con los dineros de la paz se fabrican armas de guerra.

El gasto militar mundial se ha disparado, alcanzando un nuevo récord en 2024 con 2,7 billones de dólares, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz. Este dispendio equivale al PIB de todo el continente africano y más de la mitad de los países latinoamericanos y multiplica por trece los fondos que destinan los países ricos a ayuda al desarrollo.

Es invertir en muerte en más de un sentido. A las que causan las armas directamente hay que añadir los efectos sobre la vida en la Tierra, agravando significativamente la crisis climática.

El 56 % de este gasto procede de los miembros de la OTAN, lo que la convierte en el mayor emisor militar de gases de efecto invernadero (GEI) del mundo. Sin embargo, esta partida no incorpora ningún objetivo de reducción de emisiones ni ninguna actuación medioambiental, lo que favorece el oscurantismo. Hay muy poca información, y muy poco fiable, sobre las emisiones que generan las fuerzas armadas y la industria militar.

Lo que sí se sabe es que va en aumento. La huella de carbono militar de la Alianza pasó de 196 millones de toneladas de CO2 en 2021 a 226 en 2023, lo que equivale a añadir más de 8 millones de coches a las carreteras. Uno de los factores clave de este incremento es el objetivo de que todos sus socios destinen un mínimo del 2% de su PIB a gastos militares.

Si todos ellos cumplieran el objetivo entre 2021 y 2028, la huella militar conjunta sería de 2.000 millones de toneladas de CO2. Y durante esos años gastarían algo así como 2,57 billones de dólares, suficiente para cubrir los costos de adaptación climática de todos los países de ingresos bajos y medios durante esos siete años, según el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas.

Justifican el despilfarro con que “si quieres la paz, prepárate para la guerra”, pero es una sangrienta mentira. “El gasto militar excesivo – denuncia Antonio Guterres, Secretario General de la ONU – no garantiza la paz. Desvía inversiones necesarias en salud, educación, creación de empleo, protección contra inundaciones o sequías”. Lo único que queda muy “defendido” son las cuentas de resultados de los mercaderes de muerte: la industria militar.

Con menos de un 4 % del gasto militar global se podría terminar con el hambre en el mundo en 2040; con poco más de un 10 % se vacunaría a todos los niños y niñas; con un 15 %, se cubrirían todos los gastos de adaptación climática en los países pobres, entre otras prioridades.

Que la sociedad normalice semejante aberración exige un trabajo previo: hacer que el compromiso por la paz, la noviolencia y el antimilitarismo tengan mala prensa, hasta conseguir que quienes se niegan a matar sean mirados con sospecha o tildados de ingenuos.

Tal panorama es como una travesía del desierto. Pero el desierto – ninguna época mejor para recordarlo que la Cuaresma recién estrenada – es lugar de encuentro y de revelación, de entender en el fondo del corazón qué es importante.

Alandar está en las antípodas de normalizar las inversiones en muerte. Como canta Lluis Llach, estamos con los insumisos a las armas, con aquellas personas a quienes el valor les impide someter a nadie, quienes se niegan a ser la chatarra de un robot asesino; con quienes imaginan la paz más allá de un mercado entre verdugos.

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