Un entorno y una sociedad que consiente la violencia contra las mujeres genera una tendencia -todavía hoy presente en la sociedad- de normalización de muchas formas de violencia y minimización de otras que hace que, cuando se viven, sea fácil justificarlas, buscarles “causas” o excusas y tirar hacia delante como si nada sucediera.
Los penúltimos hechos que han saltado a la prensa, como los casos Pélicot en Francia y Errejón en España, están permitiendo ahondar en la memoria colectiva y seguir reaccionando, siendo impresionante la cantidad de mujeres que se reconocen víctimas de abusos y violencia machista.
Porque la violencia contra las mujeres no es inevitable y llevamos décadas enfrentándola desde diferentes miradas y compromisos:
Las primeras que la enfrentan son las mujeres cuando toman conciencia y se rebelan, bien denunciando, bien esperando a tener la fuerza y los apoyos para hacerlo.
La enfrentan los hombres que se dejan interpelar y descubren en sí mismos actitudes, valoraciones, relaciones que les devuelven una imagen indeseada: la de los micro machismos, antesala de pequeñas y grandes violencias.
La enfrentan las y los docentes que se comprometen con una educación en igualdad, que generan y estimulan reflexión y vínculos sanos entre niñas y niños, adolescentes y jóvenes.
La enfrentan las y los profesionales sanitarios que están atentos a los dolores de cabeza recurrentes, a los silencios, a las consultas sobre males físicos indeterminados y ayudan a poner nombre al horror cotidiano.
La enfrentan las y los profesionales de la judicatura que descubren su desconocimiento sobre la violencia de género, que se forman y se incorporan a juzgados especializados.
La enfrentan las y los policías que se forman y saben acoger a las mujeres cuando denuncian, escuchándolas y dándoles credibilidad.
La enfrentan las mujeres y los hombres que, desde diferentes instancias y organizaciones, acompañan en el día a día a las mujeres víctimas de violencia para que recuperen vidas dignas de ser vividas.
La enfrentan las mujeres mayores de 65 años que hasta hace poco no eran sujeto de atención para las administraciones, que aducían que a partir de esas edades la incidencia de la violencia era casi inexistente
La enfrentamos todas y todos, como ciudadanos, cuando entendemos que nos afecta como sociedad, que no es un problema de las víctimas y de los agresores; cuando entendemos que no son delitos privados, sino delitos públicos y nos comprometemos a ver, escuchar y a erradicarla.
La enfrentan los municipios, las comunidades y el Estado cuando se comprometen a generar espacios seguros y entornos libres de violencia pasando de las declaraciones formales a los hechos e impulsando leyes y medidas de protección.
La enfrentamos como sociedad que quiere sanar cuando crece el número de personas que salimos a la calle con nuestras madres, nuestras hijas y nuestras nietas para gritar comprometidas: estamos hartas; hemos soportado el silencio, la impunidad y la violencia durante demasiado tiempo y ahora la vergüenza cambia de bando. Si tocan a una, respondemos todas.
