Lo habrán escuchado ya más de una vez. Se ha convertido casi en un chiste recurrente en redes sociales. Cada vez que este año imborrable en la memoria colectiva sorprende con una nueva desgracia -ya sea esta un incendio histórico, una explosión terrible o mosquitos del Nilo en Sevilla- siempre hay alguien que recurre a la fecha en clave apocalíptica: «¡Basta ya, 2020!», «¿Y el meteorito para cuando, 2020?», «Cuando creías que 2020 ya no podía sorprenderte más…»

De algún modo, frente al miedo y la inestabilidad que está generando este atípico año, este goteo incesante de frases que tienden a la maldición bíblica se vuelven una esperanza a la que aferrarse. «Sí, 2020 es terrible, pero en diciembre se terminará y podremos pasar a otra cosa», parece que nos decimos como autoengaño para sobrellevar un año tan duro.

Pero estos engaños duran poco y su eficacia para frenar las causas de aquello que nos paraliza es más bien escasa tirando a nula. No, no es 2020, es el sistema. Y la cosa no parece que vaya a mejorar. La COVID-19 es solo una de las enfermedades que nos esperan a la vuelta de la esquina de este mundo globalizado. Con un cambio climático que ha aumentado los márgenes de los trópicos, enfermedades como el dengue y otras serán el pan nuestro de cada día en nuestras latitudes.

Lo señala el propio Francisco en su vídeo oración de este mes. El capitalismo del Norte está arrasando con la vida del planeta, empezando por la de los empobrecidos del sur. Y el plazo se agota. Nos queda por delante la década que inaugura este 2020 terrible. ¿Despertaremos? ¿Confrontaremos el miedo y la inestabilidad sin engañarnos para así cambiar el mundo?