Para ser libres

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Día 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Un día que no debería ser necesario pero que, desgraciadamente, aún lo es. Porque las mujeres siguen siendo marginadas y excluidas. Lo dicen las estadísticas, las frías estadísticas: no reciben el mismo salario por el mismo trabajo, no reciben el mismo trato en la violencia de género –mueren más ellas–, ni siquiera reciben el mismo trato en el lenguaje. La situación varía de unos países a otros, pero hasta en los más desarrollados encontramos a mujeres que venden su cuerpo de múltiples maneras y, lo que es peor, a hombres que lo compran.

No es algo nuevo decir que en alandar nos posicionamos abiertamente defensores de la igualdad de las mujeres. Los artículos de este número de marzo (y de muchos otros números de la revista) denuncian esa desigualdad, tanto manifiesta como latente. En otras naciones y en la nuestra. En otras religiones y en nuestra querida Iglesia. Aunque Pablo lo decía bien claro en su carta a los Gálatas: “Para ser libres nos liberó el Señor” (5,1). Al proyecto cristiano, al proyecto de Jesús, le pertenece como parte irrenunciable de su esencia apoyar y promover la libertad y la dignidad de las personas. De todas las personas y de toda la persona. Nos tenemos que liberar de todas las ataduras: en la mente, en las manos, en el lenguaje, en el comportamiento, en las tradiciones, en las leyes… Para que todos los hijos e hijas de Dios podamos vivir en libertad, en igualdad, en justicia, con nuestra dignidad plenamente reconocida.

Lo malo es que, en la Iglesia a la que pertenecemos por tradición e historia, la mujer no está reconocida al mismo nivel que el hombre. Los argumentos teológicos son ideológicos, porque no sirven más que para defender una situación de poder adquirida. El gobierno de la Iglesia, en prácticamente todos los niveles, está dominado por los hombres. No sabemos si sería mejor si en él hubiese tantas mujeres como hombres. Quizá sí o quizá no. Pero, ciertamente, sería mejor un reflejo del Reino que Jesús quería.

Vamos a seguir trabajando por esa igualdad, por el reconocimiento de los derechos de las mujeres. Aquí y allá. En nuestra cultura y en las demás culturas. En nuestra Iglesia y en las demás iglesias y religiones. Sin pausa, pero también sin perder la esperanza. El sueño del Reino no fue fácil ni para Jesús. Luchar por él en defensa de las mujeres significa luchar contra siglos de tradición, contra una mentalidad pétrea, enraizada en lo más profundo de las personas y de las culturas. No hay que cejar en el empeño hasta que mujeres y hombres caminemos a la par, iguales en derechos y en responsabilidades.

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