Silencios

En los últimos meses estamos asistiendo a varias censuras y condenas por parte de la Iglesia jerárquica hacia personas y organizaciones que, desde dentro de la Iglesia, emiten opiniones que no van en la línea estricta de la Conferencia Episcopal Española. Estas reprobaciones de los obispos no son una cosa nueva, se han ido dando desde hace décadas, desde que la democracia trajo consigo la libertad de expresión a todos los ámbitos de la sociedad.

Sin embargo, parece que con la llegada del nuevo gobierno, los obispos -y en especial su presidente, Antonio María Rouco- estuvieran queriendo hacer explícita su voluntad de cercanía al Partido Popular. Acallar las voces que, en el seno de la Iglesia, manifiestan su disenso en temas sociales como la Reforma Laboral parece que conviene al purpurado, más preocupado por pedir la reforma de la ley del aborto o por abolir el matrimonio homosexual.

Pero a este silencio impuesto por la jerarquía se suma un mecanismo aún más doloroso: la autocensura. Son muchas personas, entidades, editoriales o revistas las que se imponen el silencio en ciertos temas, la publicación de textos que no sean conflictivos o que traten de manera tangencial los puntos de disenso. Ese silencio autoimpuesto evoca la frase célebre de Martin Luther King cuando afirmó: “No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética… lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.

Hay cierto maniqueísmo en esa frase que no debería ser aplicable al ámbito eclesial, donde hermanos y hermanas formamos un mismo Pueblo de Dios. Sin bandos, sin enfrentamiento, sin censuras o reprobaciones mutuas. Con derecho a hablar, a opinar, a expresarse, a analizar como personas cristianas adultas los hechos sociales, la ética y la propia doctrina de nuestra fe.

Si las palabras y pensamientos son para construir, para aportar al debate colectivo, para denunciar las injusticias, nadie debería callar. Ni por autocensura, ni por miedo, ni por notas de la Conferencia Episcopal. Ya sea con susurros, con manifiestos o con gritos, que nadie nos quite la voz que tanto nos costó conseguir.

3 comentarios en «Silencios»

  1. Es Verdad
    Es Verdad que nos quedamos callados, que tenemos miedo y esa autocensura es la peor de todas. Son los pecados de omisión de los «buenos», pacíficos? quedados?.
    Es que uno está ocupado, o tiene necesidad de distracción y mientras los malos trabajan y trabajan. Que Dios Nos perdone. Pero no sirve. Dios no puede hacer por nosotros lo que nos toca como seres humanos, Disculpen mi poca sustancia en lo que digo. Un abrazo. Inés ( itamaria44@gmail,com)

  2. Silencios
    El silencio no es miedo de hablar, de expresar, sino mas bien la dificultad. la falta o el desconocimiento de ¿Donde hablo o escribo?
    No solo estoy de acuerdo con lo que expresa este articulo sino que a menudo siento la necesidad de expresar, de gritar ante tanto abuso, tanto engaño y tanta patraña.
    Me duelen demasiadas cosas: las familias en paro, los sin techo, los jovenes engañados y frustrados, la indiferencia general aparente ante tantisimas situaciones de injusticia, so pretexto de contentar a Europa caiga a quien caiga, la cada vez mas maloliente clase politica (salvese quien pueda) etc.etc. Sin nombrar,conm el debido respeto, a determinadas jerarquias eclesiasticas que sufren de una sordera, falta de vision y artritis generalizada, que sin querer hacen lo que dice el Evangelio, ni entran ni dejan entrar.
    Gracias por el articulo y por esta revista. Siempre hay esperanza cuando no encontramos cauces de accion.

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