KTcismo para no andarse por las ramas

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pag8_iglesia1_web-12.jpgAhora se deja caer alandar con un catecismo, en realidad una suma de catecismos. ¿Qué hace esta revista metiéndose en semejante berenjenal? ¿Qué es esto? Pues un catecismo.

Como sabe el docto público alandariego, a lo largo de la historia de la Iglesia ha habido varios catecismos. Fruto del concilius interruptus Vaticano I fue el Catecismo Mayor de Pio X (1905) y, en 1997, se publicó un grueso catecismo oficial que –eso dicen sus autores– recoge el Vaticano II. Más populares, al menos de nombre, son los que Astete y Ripalda hicieron, en el siglo XVI –tiempos tridentinos–, para la gente común. Durante siglos, millares de escolares recitaron de carrerilla una serie casi interminable de preguntas y respuestas (Decid, niños…), no siempre entendiendo lo que decían, especialmente el famoso jueque: “Fue que el arcángel…”.

En cuanto a para qué sirve, la función de todo catecismo que se precie es adoctrinar (“instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias”). O, si nos atenemos al nombre, catequizar (“persuadir a alguien a que ejecute o consienta algo que es contrario a su voluntad.”). Y aquí llegamos a los catecismos alandar.

A alandar lo de instruir no es lo que mejor se le da, inculcar le produce un cierto sarpullido y catequizar nos hace huir en furioso ataque de pavor. Así que, para no confundir al personal, se trata de un KTcismo. O sea, que están los catecismos mayores, los populares y luego el Ktcismo, que viene a ser a los anteriores lo que un sms a la Crítica de la razón pura, por poner un ejemplo.

No andarse por las ramas

Muy a los inicios de la revista nacieron los folletos alandar y a unos cuantos ingenios se les ocurrió que estaría bien hacer un catecismo. Martín Valmaseda, Goyo Ruiz y Carlos F. Barberá se pusieron manos a la obra y se publicó como folleto nº3. Eran los años ochenta y en ese momento no se pensó en que inaugurábamos una serie. Como sesudos y rigurosos teólogos, respetaron literalmente la naturaleza de la cosa, haciendo un repaso general a los temas de la fe cristiana. Incluso se iniciaba con la pregunta tradicional: “Decid, niños, ¿sois cristianos?”. Claro que la respuesta ya dejaba claro que este catecismo no era, por así decir, típico.

En la introducción avisaban a lectoras y lectores de que, aunque lo que intentaban era “contarte sencillamente lo que nos parece principal en este asunto de ser cristiano”, tal vez no coincidían con los canónicos en la selección de temas. Y lo ilustraban con el ejemplo de un árbol: “En este arbolito no todo es igual de importante. Si le quitas la raíz te lo cargas. Si le cortas el tronco casi seguro que también… Pero si le podas alguna ramilla o se le caen las hojas con el viento… no pasa nada; hasta puede convenirle. […] Aquí queremos hablarte de la raíz y del tronco y es natural que también tratemos de algunas hojas y bellas flores… Pero tú no te andes mucho por las ramas”.

Dejarse de rollos

Aquel catecismo resultó un bestseller, así que vino la segunda parte en el folleto nº9. Mientras, Goyo se había marchado “a comprobar en directo con Dios lo que habíamos escrito” y Julio Lois completó el equipo. Continuaron con la técnica de pregunta-respuesta, pero ya no se dirigían al niño, sino al “colega”. Enlazaban con la metáfora arbórea, remarcando que “en la fe de los cristianos hay asuntos sin mayor importancia, por ejemplo, si un cura se viste de negro o de verde, o si en el altar hay que poner cuatro velas o dos o…”.

“Hay otros temas más importantes, pero no demasiado”, proseguían “y hay algo que para nosotros es la raíz de nuestra fe. Sin ello el árbol se seca. En la raíz está Jesús de Nazaret, también llamado el Cristo, el ungido o consagrado de Dios”. Y nada menos que ese fue el tema de la segunda entrega, con el objetivo de ayudar a “que aprendáis a leer el Evangelio y os dejéis de rollos”.

Los sacra-mientos

Y no lo hicieron mal, porque resultó otro éxito, de modo que, preguntando ahora al “ciudadano”, se dedicaron a “algo que es –o tendría que ser– una manera importante de encontrarse con Dios”.
“Queremos ahora hablar contigo de unos asuntos que traen despistados a muchos cristianos y a otros que dicen que no lo son pero que se asoman por la parroquia cuando les interesa. O sea: vamos a hablar de los sacra-mientos”. Y fueron desmontando mentiras y equívocos y dibujando, de paso, como quien no quiere la cosa, una Iglesia de comunión, no estamental (unos sobre otros), sino circular (unos junto a otras), con Jesús en el centro. Una Iglesia que es una fiesta.

Era el folleto nº12 y ya habían llegado los años noventa. Desde entonces, los catecismos no han dejado de agotarse y reeditarse… y así llevamos más de 20 años.

Abrir las ventanas para que entre el aire

pag8_iglesia2_web-11.jpgCuando se cumplen treinta años de alandar y cincuenta del Concilio Vaticano II ha parecido que merece la pena redondear la faena dedicando una cuarta entrega a un acontecimiento –en sentido histórico y teológico, si es que esta distinción tiene algún sentido– que marca la Iglesia de nuestro tiempo.

La idea es continuar la tarea que “Martín, Goyo, Carlos y Julio llevaron a cabo con tanta Gracia como gracia: contarte sencillamente lo que nos parece principal en este asunto de ser cristiano”. Seguimos con la forma dialogal, cambiamos un poco los papeles y las preguntas las hace el pueblo. Más que nada para que las respuestas sean de su interés.

Ya no se trata de repasar verdades fundamentales de la fe, sino de leer todo ello hoy, que es lo que significó el Vaticano II. Y Mari Pau Trayner y yo lo hemos hecho con un gustazo inmenso, porque el Concilio fue una bocanada de aire y conviene que llenemos los pulmones, especialmente en estos tiempos de cerrazones en que un tufo a rancio parece pringarlo todo.

No contamos todo, que para eso ya están los documentos oficiales. Nos centramos en algunos asuntos que nos parecen signos de los tiempos, manifestaciones del Espíritu hoy. Más que catecismo, podría llamarse “cartilla”, porque lo que queremos es ayudar a leer la realidad, que es el pentagrama en el que el Espíritu escribe su sinfonía.

Esperamos que disfrutéis de este nuevo catecismo tanto como hemos disfrutado en el equipo de alandar haciéndolo: sorprendiéndonos con las ilustraciones inéditas que José Luis Cortés ha preparado para ello, disfrutando con el nuevo prólogo de Dolores Aleixandre –el de Pedro Casaldáliga se realizó para una reedición anterior, de menor difusión– y revisando, junto con los compañeros de la editorial PPC, los textos, que tienen pleno significado y actualidad, aunque hayan pasado las décadas.

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