¿Misterio?

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Foto. Fernando TorresCuando hablamos de misterio en general nos referimos normalmente a algo oscuro, oculto o muy difícil, por no decir imposible, de desvelar. Referido al campo de la fe, el hecho del misterio va relacionado con algo inexplicable humanamente pero que, por otra parte, la persona cristiana ha de aceptar a pie juntillas, sobre todo a partir del momento en que la jerarquía de la Iglesia lo define o declara dogma de fe.

Uno de estos misterios y, por lo mismo, uno de estos dogmas es el tan traído desde bien antiguo -y bajo mi punto de vista tristemente famoso- misterio y dogma de la Santísima Trinidad. ¡Cuántos quebradores de cabeza! ¡Cuántas explicaciones por parte de sesudos teólogos que, a la postre, no han conducido a ninguna parte! Y, lo peor de todo, ¡cuántas barbaridades se han llegado a decir en relación con el mismo! Y todo para acabar, como se dice vulgarmente, con la cabeza caliente y los pies fríos.

Lo primero que conviene aclarar es que, cuando se habla de misterio relacionado con algún hecho de la fe no debe entenderse como algo ininteligible ni inexplicable con la razón humana. Aunque, lamentablemente, cabe matizar que desde siempre ha sido así, porque los que desde el principio se atribuyeron la guarda y custodia de la fe optaron por complicar dicha fe, en vez de optar por el camino de la simplicidad y de la sencillez.

Es necesario que borremos de manera definitiva el significado de incomprensible e inexplicable atribuido al misterio y lo cambiemos por el de riqueza y abundancia. De esta manera, cuando oigamos hablar de cualquier realidad de fe como misterio, dejaremos de pensar en ello como algo absurdo que, por otro lado, no nos compromete a nada respecto a las demás personas, para pasar a entenderlo como una realidad llena de vida que, a su vez, reclama de quienes nos consideramos personas seguidoras de Jesús una respuesta en positivo de cara a transformar las realidades injustas que nos rodean.

Por tanto, fuera bueno que nos quedase claro que hablar de la Santísima Trinidad debe ser sinónimo de hablar de un Dios cercano y próximo. De un Dios que no solamente no tiene nada que ver con el aislamiento y la distancia, sino todo lo contrario: un Dios comunitario y familiar.

No estaría mal, al hilo de lo que acabo de decir, que de vez en cuando leyéramos algunos pasajes del Génesis, donde aparece, a través de un lenguaje sencillo y popular evidentemente, un Dios (Yahavé) que se pasea al caer de la parte para hablar con algunas personas.

Solamente así irá cayendo toda una serie prejuicios que, desgraciadamente, ha contribuido a presentarnos un Dios amo, dueño, creador de un mundo que puede destruirlo cuando se le antoje y, por lo mismo, un dio justiciero que nada tiene que ver con el Dios rico en perdón y misericordia que nos presentó Jesús de manera constante.

En definitiva, hablar de la Santísima Trinidad nos tiene que llevar a descubrir un Dios que nos comunica la vida y, por lo mismo, mantiene con nosotros una relación constante de padre-madre. Un Dios que un día optó por acercarse de manera más directa a nuestras vidas tal y como son, a través de Jesús, un joven de Nazaret, sencillo y del pueblo, pero comprometido con el amor hasta las últimas consecuencias.

Un Dios, por último, que no solamente no se desentiende en ningún momento de nuestras vidas, sino que las asiste y nos acompaña en nuestro caminar cotidiano. Estaríamos hablando de algo que hemos convertido en lo más incomprensible del misterio y del dogma pero que, en la práctica y casi desde los orígenes del Antiguo Testamento, ha sido conocido con una palabra tan sencilla como Espíritu; es decir, aliento y, por lo mismo, vida; y, ya más en el Nuevo Testamento y después en la Iglesia, como el Espíritu Santo (vida en plenitud).

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