Comienzo el año dedicando mi Mecedora a los hombres buenos, imprescindibles. Me imagino que a alguien le puede extrañar porque, un mes tras otro, suelen ser las mujeres las que ocupan este espacio: mujeres valientes, heroínas, mujeres maltratadas, víctimas de la violencia… Pues hoy quiero dedicar estas líneas a los hombres.
Algunos tienen nombre propio: Jesús, Salvador, José Luis, Antonio, Manolo… Amigos míos queridos con los que me siento en sintonía y trabajando por un mundo mejor, pero quiero dedicarle unas líneas especiales a un amigo que ya no está aquí con nosotros y nosotras, aunque su presencia se siente cercana: Luis Arancibia. Ya sé que en el número pasado se le dedicó la contraportada de esta revista, pero yo no puedo dejar de escribir estas líneas que, desde que murió, llevo en lo más profundo de mi corazón.
Cuando cumplió 70 años, su hija me dijo que le estaban preparando un homenaje y me preguntó si yo quería escribir algo. Entonces escribí esto:

“A veces sucede. Estamos más liados que un ovillo. Y no sabemos salir. Así estaba yo, así estábamos en alandar en el año 2002. La madeja estaba tan liada que no era capaz ni de ver el hilillo. El hilillo no lo vi pero vi la luz y esta se me hizo presente en forma de hombre: Luis Arancibia… La saga Arancibia ya la conocía de antes. Pude compartir parte de los años más importantes de mi experiencia profesional con el hijo varón -de nombre Luis, como el padre- y una de las hijas, Ana, que, con el tiempo, se ha convertido en una de mis mejores amigas. Siempre me admiró la capacidad intelectual y de trabajo de los Arancibia, así como su solidaridad, pero todo encontró su explicación cuando conocí al patriarca y, por supuesto, a la matriarca (que, como sucede en muchos casos, suelen estar más en la sombra pero no por eso dejan de ser más importantes). Luis se empezó a hacer imprescindible. Después del primer trabajo tan importante para mí, era un descanso saber que ahí estaba y podía contar con él”.
Hasta aquí lo que escribí para su 70 cumpleaños. Con los años se fue fraguando una buena amistad en la que mi admiración por este hombre y su mujer, comprometidos con la familia y con su mundo, iba cada vez más en aumento.
Este septiembre estuvieron en el lugar del Mediterráneo donde paso los meses del verano. Pasamos un día excepcional, donde Luis disfrutó como el que más del mar y del sosiego de ese lugar privilegiado. Murió poco menos de un mes después. Fui a verle al hospital unos días antes y me asombró su entereza, pero también la de Pilar -su mujer- y la de sus hijos. Si hasta entonces admiraba su forma de vivir en ese momento admiré su forma de asumir la muerte. Fue un verdadero testimonio de fe. Solo puede enfrentar la muerte así quien tiene una verdadera fe.
Dice Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles”.
Me gustaría que en este 2016 fueran muchos los hombres buenos, imprescindibles, -como Luis, Salvador, Jesús, Antonio- los que se unieran a las mujeres también buenas para, entre todas y todos, hacer realidad el sueño de un mundo más justo, más solidario y acogedor para todos los seres humanos.
