Se atribuye al economista Paul Samuelson la pregunta sobre dónde se deberían invertir los recursos productivos de una nación, si en fabricar cañones o mantequilla, recogiendo en ella la idea de otro economista del s. XIX, David Ricardo, que fue el verdadero artífice del concepto que hay detrás de toda elección. Elegir supone renunciar, y la renuncia tiene un coste, llamado por Ricardo “coste de oportunidad”, una de las nociones clave de la economía neoclásica. Así, elegir entre “cañones o mantequilla” es una cuestión de maximización de beneficios, no necesariamente monetarios, y significa que elegimos lo que más nos interesa o nos gusta, aunque las otras opciones nos interesen y nos gusten, sólo que algo menos. Las personas, según esta idea acuñada por el considerado padre de la Economia moderna (Adam Smith) no seríamos altruistas por naturaleza, sin más, sino por interés, por reciprocidad, porque de alguna manera ser bueno nos sale más a cuenta que no serlo.

Samuelson imaginó una economía que sólo podía producir dos tipos de productos: cañones o mantequilla, como sendos símbolos de producción para fines militares los unos, y la otra simbolizando la prioridad civil. Se suele decir, por cierto, que la elección de estos dos productos y no otros vino inspirada por un discurso pronunciado por el militar nazi Herman Goering en 1936, el cual preguntó a su audiencia, tras arengarla y aleccionarla sobre una supuesta carrera armamentista de sus vecinos que qué preferirían que produjera la Alemania de Hitler: cañones o mantequilla.

Y entonces, en marzo de 2020 nos ha llegado sin casi aviso y sin preparación de ningún tipo la necesidad una vez más de elegir entre cañones y mantequilla. ¿Cuál es el coste de oportunidad de no seguir las recomendaciones de las autoridades y no quedarse en casa? ¿Enfermar? ¿Contagiar? Durante los primeros días de la pandemia, con buen tiempo, mucha gente ha elegido salir a los parques, a pasear, irse a la playa y tomarse el cierre de colegios y otras actividades como unas vacaciones adelantadas. El coste de oportunidad era el de una gripe más o menos leve para algunos y mortal para los llamados grupos de riesgo. Elegimos pues producir solo uno de los bienes a costa del otro. Fabricar muchos cañones supone quedarse sin alimentos; producir mantequilla implica la desprotección frente al supuesto enemigo. Y de repente el Gobierno vino a decirnos que la elección no era correcta. Que habíamos calculado mal el coste de oportunidad de salir a la calle y nos salía caro, mucho más caro no habernos quedado en casa recluidos. Y por eso nos ha obligado a cambiar nuestras preferencias. Ahora elegimos, de manera forzada, quedarnos en casa pues el coste de estar fuera no compensa los inconvenientes del aislamiento, que son muchos.

Nuestros dirigentes también deben elegir de manera drástica entre Salud o Economía. Si paralizan el país completamente haciendo aún más estricto el confinamiento y sólo permitiendo la actividad económica mínima necesaria, como por ejemplo ha hecho Italia, estaríamos en un extremo de la curva de posibilidades de producción y todos los recursos del país se dedicarían al cuidado de la vida, de la salud a cambio de despidos, cierres de empresa, quiebras, endeudamiento y paro. Si priorizamos el tejido empresarial, la actividad productiva y priorizamos que nada se pare para evitar la crisis económica –como hizo Boris Johnson durante los primeros días de llegada del coronavirus al Reino Unido- el coste de oportunidad se medirá en sacrificio de vidas, morirán personas, pero en una especie de darwinismo social los más fuertes se inmunizarán rápidamente y el país seguirá su senda de crecimiento.

La elección no es nada fácil. Toda crisis tiene múltiples dimensiones: humanas, económicas, sanitarias, sociales y por mucho que la economía, no nos olvidemos, sea según Adam Smith la ciencia de la administración de los recursos escasos susceptibles de usos alternativos (no sé por qué pero esta coletilla final, la de los usos alternativos, a veces se nos olvida) hay decisiones que no deberían ser dicotómicas. Y ante la duda, creo yo, la decisión acertada en este caso, incluso bajo la perspectiva economicista, tendría que poner a las personas, incluidas (o especialmente) a las más vulnerables, y su vida por delante de las cosas. La economía no puede permitir que el día de mañana nos arrepintamos de haber puesto todos los recursos en el lugar equivocado.

La decisión y el equilibrio no es nada fácil, lo sé. Pero ante la duda, ante elegir entre un despido o una vida, creo que como sociedad deberíamos tenerlo claro.

Aunque esa vida sea la de una persona pensionista mayor de 75 años con pocas perspectivas. Si hiciéramos lo contrario estaríamos alimentando un monstruo que tarde o temprano nos fagocitará porque, no lo olvidemos, tarde o temprano todas las personas seremos mayores, dependientes, pensionistas y vulnerables.

También nos hemos dado cuenta en estos días, lamentablemente, de que Adam Smith tenía razón al hablar del egoísmo del rico que acapara alimentos y rollos de papel higiénico, quien sabe si para usarlos, quien sabe si para hacerse más rico aún. El egoísmo del que sigue saliendo a correr por las calles, a pasear, sin calibrar el coste que su imprudencia tiene para otras personas. Pero como todo, en economía también, cada teoría tiene su contrario: también hemos descubierto en estos días de confinamiento el verdadero sentido de altruismo, el de las personas y redes de apoyo desinteresadas que no esperan nada a cambio y no calculan el beneficio ni a renuncia que lleva ser generoso y solidario. La joven vecina del 2º se ofrece a ir a por el pan y el periódico para que la abuelita del 6º no tenga que salir y exponerse al peligro de las calles; el joven universitario se ofrece a entretener y cuidar a los hijos de quienes no tienen más remedio que ir a trabajar; el taxista que hace viajes gratuitos para médicos y personal sanitario o familiares cuyo destino es el hospital. Puede que ellos, que ellas también estén conjeturando el coste de oportunidad que tiene no hacerlo, pero cabe también la duda. Muy posiblemente estas personas no esperen nada a cambio y no calculen todo en términos dicotómicos, económicos. Ellos, ellas no saben de cañones ni de mantequilla, ni de elecciones entre unos y otra. Muy posiblemente estas personas actúen así tan solo porque aman a la especie humana y se sienten parte, pequeña, pero parte al fin y al cabo, de la solución.