“La crisis no es tanto un problema moral, cuanto un desafío de conocimiento”

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Foto. Iban Aginaga.Daniel Innerarity es doctor en Filosofía, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del País Vasco, investigador en el grupo IKERBASQUE de la misma Universidad, director del Instituto de Gobernanza Política de San Sebastián y Profesor invitado en varias universidades europeas, entre ellas la Sorbona. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura 2003 en la modalidad de ensayo. Su último libro se titula El futuro y sus enemigos: una defensa de la esperanza política (Editorial Paidós. 2009)

Como filósofo, ¿qué opinión tiene usted sobre la crisis?

Es más una crisis política que económica y no es ya tanto un problema moral como un problema cognoscitivo. Por supuesto que existen y se han hecho más obscenos la maldad, la codicia y los deseos de enriquecerse. Claro que hay que terminar con los paraísos fiscales, los productos financieros opacos y los bonos de los directivos de las grandes empresas. Pero no basta con buscar y encontrar a los culpables. Lo que hay es una crisis del sistema, una crisis global compleja y sin precedentes. Y lo verdaderamente importante es entender lo que sucede, para poder intervenir con acierto. La filosofía no puede resolver los grandes problemas, pero ayuda a comprender cómo funcionan las cosas.

¿Cómo se debería haber intervenido en una crisis política?

Hubo al comienzo de la crisis quienes opinaron que, en un movimiento pendular, volvía el protagonismo del Estado. Yo predije entonces a mis amigos socialdemócratas que no iba a volver el keynesianismo, que no estaba regresando el Estado o que en todo caso el que venía era un Estado más débil y que el péndulo se situaba en el extremo desregulador. Y me atreví a sugerirles que no acusaran tanto al mercado y consideraran más la responsabilidad del propio Estado. Conociendo mal la situación, haciendo tardíos y malos diagnósticos, no se obtienen soluciones y salidas. Es un mito que los mercados se autorregulen. Pero los políticos tienen unas agendas políticas y electorales miopes y esperan rendimientos en el corto plazo. Y así resulta que tan malo como carecer de regulación es poner en marcha una mala regulación. Uno de los fallos de los Estados es olvidarse de los riesgos del sistema. Poner parches inmediatistas y, olvidándose del futuro, huir del problema con un modo de actuar que mira solo al presente o a un futuro demasiado inmediato, lo que equivale a decir “el que venga detrás, que arree”.

¿Qué va a pasar con el Estado del bienestar?

Está habiendo un cambio en nuestro modo de considerar las cosas. Hemos venido pensado que la fuente de legitimación del Estado de bienestar es la redistribución. Pero hemos entrado en una nueva época en la que la prevención de riesgos sistémicos va a ser tan importante con la redistribución para legitimar el Estado de bienestar. Lo diré de otra forma: tan importante es mantener la viabilidad del sistema como luchar contra las desigualdades, y estos dos principios deben tener una práctica equilibrada. Pensar que se puede hacer buena política atendiendo únicamente a las desigualdades equivale a tirar la toalla.

¿Cómo habría que hacer la regulación del capital financiero?

Se trata de ser más inteligentes que la crisis. Hay un marcado desfase entre la capacidad de innovación que tienen los mercados financieros y la tardía intervención política para regularlos. Los parlamentos llegan tarde y legislan mal o sólo lo hacen sobre algunas consecuencias. Los más listos de la clase no están en los gobiernos y parlamentos, sino que están en los bancos y entidades financieras. Pero la política necesita suficiente competencia cognitiva para conocer los productos financieros y anticiparse. Los bancos centrales y los supervisores financieros han llegado al acuerdo Basilea III, una reforma integral que forzará a los bancos de todo el mundo a mantener más capital en reserva para hacer frente a impagos y pérdidas. Pero hay gente muy lista que anda pensando cómo escapar a esa regulación. Hecha la ley, hecha la trampa. Nos hemos interesado poco por cómo funciona la economía. Cuando el capital financiero se mueve libremente por el mundo y escapa a la territorialización son precisas formas de gobernanza de carácter mundial para abarcar ese desafío.

¿La economía, como ciencia, ha de cambiar sus bases?

Necesitamos otra ciencia económica, mucho más vinculada a lo humano y a lo social, a las personas, a las comunidades regionales del mundo. La economía depende demasiado de las matemáticas en su pretensión de hacer cálculos exactos, pero muestra una gran inexactitud social. Los grandes economistas de la historia (Adam Smith, John Keynes, Alfred Marshall) eran hombres de letras. La física de las realidades económicas ha ido excluyendo elementos que podrían aportar otra exactitud. La economía lleva mucho tiempo midiendo cosas que no valen para analizar la realidad que vive la gente. Indicadores como el PIB o el IPC no nos satisfacen. ¿Cómo es posible que el coste de los créditos-vivienda no se tome en cuenta en el IPC? Las ciencias disponen de grandes instrumentos de anticipación, pero la economía ha sido incapaz de prever la crisis. Si algo le ha faltado a la ciencia económica es la gestión de la realidad.

¿Otro mundo es posible?

Yo no soy altemundialista, no soy utopista. Creo que no debemos dejar esta realidad actual a la deriva. Pienso que hay que actuar en este mundo tal y como está configurado ahora, para transformarlo. La critica del capitalismo contemporáneo tiene que ser menos moralizante, tiene que partir de un mayor y mejor conocimiento de la realidad. Nicolas Sarkozy dijo que “hay que moralizar el capitalismo”. Para mí la cuestión es otra. La izquierda tiene que combatir a la derecha en el territorio de la realidad. Un diputado de izquierda en el Congreso me comentó hace poco: “Estamos mal. Solamente tenemos los valores correctos. No tenemos una buena disciplina de la realidad”. Por eso hay una mayoría de gente que piensa que la derecha gestiona mejor la política que la izquierda.

¿Qué hacer ante el desafío de la pobreza aquí y en todo el mundo?

Lo primero es visibilizarla, porque vivimos en una sociedad dual, donde hay demasiada pobreza invisible y marginal. Luego, debemos revisar nuestros parámetros de igualdad, afinar nuestra idea de justicia y nuestra praxis para lograr equidad en este mundo globalizado. La situación de los inmigrantes debe suscitar una pregunta muy distinta a esa de qué deben hacer para integrarse en nuestra sociedad. La inmigración es una oportunidad para que, en democracia, repensemos las condiciones de acceso a la ciudadanía.

¿Qué lecciones políticas podemos aprender de esta crisis?

Sobre todo reconocer que nuestras sociedades actuales no se relacionan bien con el futuro. Hace falta una visión más sistemática de las cuestiones económicas y sociales. Son precisos mecanismos de anticipación y hay que exigir a los políticos responsabilidad y valentía para anticiparse, pensar a más largo plazo y adoptar medidas necesarias, aunque no resulten populares o electoralmente rentables. Hay que abordar la crisis económica con elementos aprendidos de la crisis ecológica. Debe hacerse una cartografía de riesgos encadenados y considerar las consecuencias que nuestras acciones y omisiones generan en el espacio geográfico y social.

Son precisas una inteligencia y una praxis cooperativas. Cuando el mundo financiero ha perdido sus referencias territoriales, la falta de cooperación política y social agudiza la crisis. En Europa hay un proceso de mutualización de soberanías: es una federación monetaria, pero le faltan control y supervisión presupuestaria.

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