No hay corazón para resistir todo esto

Foto. Wally Gobetz CCMe siento acompañante de personas que sufren y me siento testigo que necesita ser acompañado también por esos cristos que cargados de oscuridad que se me acercan en mi caminar como creyente. Soy miembro de la Institución Teresiana, casado con Lourdes, compañera fiel en este camino y, junto a nuestros tres hijos, intentamos vivir el Evangelio al estilo de Poveda.

Me dedico actualmente a la pediatría, de forma preferente a la oncología pediátrica en el Hospital de Jaén. No hay corazón para resistir esto. En mi trabajo me he sentido muchas veces acompañado por Josefa Segovia, primera y fiel colaboradora de Pedro Poveda en los inicios de la Institución Teresiana, de su mano de laica comprometida en su tiempo y rodeada de oscuridad en muchos momentos de su vida he ido recorriendo el camino.

La noche de la enfermedad

En abril de 1927, Josefa Segovia decía: “¡Qué mala estoy! Ni me entero ni puedo, pues la cabeza me salta y el estómago y el hígado los tengo en la boca. ¡Enfermedad y con este cargo, con esta carga…! Pero es cierto que digo con el alma: ¡Ecce ancilla Domini!”

La madre de José acude hoy a urgencias de nuestro hospital porque al niño, ya de trece años, le ha vuelto el dolor en el hombro desde hace quince días. Tiene un linfoma de células T y acabamos con el tratamiento hace sólo tres semanas. Son los linfomas más resistentes a la quimioterapia.

Ahora se le ha de comunicar que ha tenido una recaída precoz. Una recaída supone volver a la pesadilla de la quimioterapia de nuevo, a la fiebre, los vómitos, los días de aislamiento… y una supervivencia que disminuye de forma importante.

Es difícil ser médico en estas circunstancias, es difícil ser creyente en estas circunstancias. Tengo un pequeño crucifijo en el despacho y antes de hablar con los padres lo miro unos instantes. No hay corazón para resistir esto. Sé que desde su cruz acompaña y vela, pero… es su hijo y tiene trece años.

Y recuerdo a J. Segovia: “Si me das el dolor, que no me falte el amor” (12 noviembre 1933). Y me repito… que no me falte el amor.
Y hablo con los padres de José, y les digo que aún queda tratamiento de rescate, que hay muchas posibilidades, pero que es fácil que tengamos los efectos del tratamiento que ellos ya saben: vómitos, caída del cabello, fiebres. Y lloran, porque ya lo intuían y sólo esperaban esta confirmación. Me pongo a su lado y entre sollozos me cuentan que tienen otro hijo de nueve años y que ahora que estaban reiniciando una vida normal, les parece que no van a poder tirar de otro año igual.

Y acompaño en silencio sus palabras. Me parece que para quien está pasando por el Viernes Santo, no se le puede hablar del domingo de Pascua. Hay que estar con ellos al pie de la cruz. En silencio…Y que no me falte el amor. Porque sólo desde ese amor es posible continuar.
Tras la quimioterapia de entrada se les propone trasplante de médula y ellos deciden que sea en el Hospital Vall d’Hebron en Barcelona. Tras el traslado, hablamos por teléfono todas las semanas con los pediatras de allí y con los padres. El linfoma era resistente a todos los protocolos de quimioterapia. No se pudo realizar el trasplante, falleció antes.

Al mes de fallecer han venido los padres a la planta de oncología de Jaén y nos han dado las gracias a todo el equipo que trabajamos allí. Se sintieron acogidos, acompañados, queridos por todos y todas. Ahora se han volcado con el hermano y están reiniciando una nueva vida. Cargados de ausencia, de dolor, pero con la ilusión del que sabe que la vida continúa. Y Josefa Segovia me vuelve a hablar: “Dios nos conduce, nos lleva, nos guía no sólo con nosotros, sino sin nosotros y contra nosotros” (1933).

Sonrisas y amores

Hace poco hemos terminado el tratamiento de Lucía, con catorce años. Tenía un osteosarcoma, un tumor de hueso en húmero. Se le dio la quimioterapia antes de la cirugía y ésta ha ido fenomenal. Se ha podido extraer todo el tumor. Hemos seguido con la quimio tras la intervención y ha habido muchas noches en vela. Ha habido muchas llamadas, pues tras el tratamiento se quedaba fatal de ánimo, con fiebres persistentes…

Siempre se le veía sin embargo con su peluca de rastas puesta y era un gozo verla pasear por los pasillos del hospital, sonriendo a todos y a todas. Ha tenido además un medio novio: un chico de 16 años que venía a verla muy a menudo. Hemos disfrutado al verlos dados de la mano por el hospital y mandándose mensajes en el móvil. Un día me preguntó si con las defensas tan bajas como las tenía podía darle un beso en la boca…y hablamos y discutimos del tema y nos reímos con ganas de la situación.

El tratamiento ha ido muy bien y ahora está en remisión: el cáncer está controlado y sólo hemos de seguir con controles en consultas. Vino el otro día su madre a darnos las gracias por todo lo realizado con su hija. Se van a vivir a otra comunidad autónoma, pues en todo este proceso los padres se han separado, suele pasar. Son momentos fuertes en los que retomamos nuestras vidas en serio y optamos.
Su madre no paraba de llorar en el despacho, agradecida por lo que hemos vivido en común, por lo bien que ha ido todo. Desde mi ser cristiano, no paraba de agradecer ese don, el don que Dios da a cada uno y que a veces no hemos sabido descubrir. A veces en el dolor redescubro quién soy y cómo quiero seguir a partir de ahora. Y en este caso fue esa la opción tomada por la familia.

Acompaño este proceso vital de toma de posturas, de reiniciar algo nuevo, en otro sitio. Y hablamos de lo que han crecido como personas la hija y la madre (imagino que el padre también), de las muchas opciones que tienen por delante, del gozo de la vida tras pasar por una situación de muerte como la que han pasado. Y seguimos… El gozo de vivir, de “regustar” la vida minuto a minuto es lo que le dejo como pauta a seguir de ahora en adelante allí donde vayan.

Lo he aprendido con el Evangelio entre las manos y ¡es lo único que creo merece la pena! Porque seguir a Cristo es llenar la vida de gestos pequeños y concretos de ternura, de solidaridad, de ánimo a los demás, de creer en el otro porque es igual que yo, hijo del mismo Padre. Y eso me lleva a crecer como persona… haciendo crecer al otro.

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1 comentario en «No hay corazón para resistir todo esto»

  1. No hay corazón para resistir todo esto
    Hola Juan,

    Estaba buscando respuestas, y me he encontrado con tu artículo, sabía que eras tú quién escribía, aunque no ha mirado el nombre del autor antes de leerlo, al final he ido a buscar tu nombre en el encabezamiento y en efecto allí lo he encontrado. Tú lo tienes muy claro, yo aun no.
    Espero después de leer tu artículo que me sirva de respuesta, pues la providencia lo ha puesto en mi pantalla cuando yo lo que busco es una cosa totalmente ajena a este artículo, no hay ni una palabra coincidente en lo que he escrito en google.

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