“Nuestra cultura se puede evaluar por su vivencia del cuerpo humano”

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Foto: Iban Aguinaga.Emma Martínez Ocaña, Licenciada en Historia y Teología, ha sido profesora de Psicología de la Religión en la Universidad de Comillas y de Teología Ecofeminista en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Actualmente trabaja como psicoterapeuta. Ha publicado recientemente en Editorial Narcea el libro Cuerpo Espiritual (2009)

Hablar, como usted hace, de “cuerpo espiritual” ¿No es una paradoja?

Parece una paradoja, sí. Todavía hay mucha gente que identifica la espiritualidad con algo inmaterial o intemporal. Pero lo espiritual no es lo contrapuesto a lo material. “Ser espiritual”, para mucha gente, sigue siendo dedicarse a cosas como la oración o el culto, pero no a la política y a la economía, ni a cosas cotidianas como hacer la comida, limpiar la casa, atender a los hijos y ancianos, ni a la lucha por la supervivencia, ni al esfuerzo por transformar este mundo, ni a la búsqueda de felicidad y el descanso necesario.

¿Qué herencia cultural hemos recibido?

Muchas personas fuimos educadas, dentro de la religión católica, en una visión dualista, negadora de la bondad del cuerpo, de la sexualidad y del placer. ¿Puede sorprendernos que, ante esta negación, por la ley del péndulo, en muchos casos hoy estas realidades se hayan convertido en ídolos, o en pura trivialidad? Pero, podemos ir más allá: un sociólogo contemporáneo dice que una cultura puede ser evaluada por cómo se vivencia en ella el cuerpo.

¿Nuestra cultura sobre el cuerpo humano merece crítica?

Cuando en Occidente hablamos de “cuerpo”, no nos damos cuenta de que la inmensa mayoría de los cuerpos de nuestro mundo no son cuerpos de piel blanca, bien cuidados y alimentados. La mayoría de los habitantes de nuestro planeta sufre en su cuerpo por hambre, desnutrición, desasistencia, tortura, o diferentes formas de explotación y tráfico. Todo ello pone en cuestión una cultura de la satisfacción de nuestras necesidades corporales. Está bien dar la bienvenida a los avances tecnológicos que permiten cuidar el cuerpo, pero hemos de estar alerta ante los riesgos de una biomedicina obsesionada por un cuerpo perfecto, joven y siempre sano. Crecen la anorexia y bulimia y también las operaciones de estética. ¿Estamos haciendo del cuerpo un ídolo? El saber vivir ¿no tendrá también que ver con la manera de afrontar con elegancia los achaques, los límites de la edad y de nuestro cuerpo? ¿No habrá primero que sostener y socorrer a tantísimos cuerpos maltratados y hambrientos?

¿Cómo abordan el tema los medios audiovisuales?

Un experto alemán, Klaus Wiegerling, dice que un riesgo de las nuevas tecnologías de comunicación es hacer al cuerpo superfluo. Las pantallas nos presentan seres inmortales, irreales y de ficción que nos alejan del encuentro cuerpo a cuerpo con nuestros semejantes de carne y hueso. Lo virtual puede convertirse en una evasión hacia lo que ni tiene rostro, ni compromete, ni exige el esfuerzo del encuentro.

¿El cuerpo de las mujeres ha llevado la peor parte?

Desde luego. La antigüedad clásica está llena de citas patriarcales y misóginas. Platón afirma que “sólo los varones han sido creados directamente por los dioses” y Aristóteles asegura que “una mujer es como si fuera un varón infértil” y que carece de capacidad deliberativa. Esa mentalidad sobre la inferioridad de las mujeres y su papel como servidoras de los varones fue recogida por el cristianismo, por los cuentos y tradiciones populares, y todavía perdura: el cuerpo de la mujer es un objeto, reproductor y ornamental. Así que las mujeres necesitamos reclamar el poder para pensar y decidir por nosotras mismas, crear, decir nuestra palabra, recuperar el dominio y el derecho sobre nuestro cuerpo, elegir o no ser madres, liberar nuestro cuerpo de controles patriarcales interiorizados, tener libertad en la elección de pareja, optar por vivir en pareja o no, sin etiquetas como “solterona”, fracasada o lesbiana.

¿En qué términos es posible otra experiencia del cuerpo?

Caminamos hacia un nuevo paradigma científico y cultural que supera los dualismos y toma la conciencia de la unidad de la persona y de todo el universo. Esta visión holística nos orienta hacia una identidad corporal afirmada, amada y gozada. Somos un cuerpo unificado, en unidad indisoluble psique-soma. Somos un cuerpo con capacidad creadora, espiritual. Hombres y mujeres somos un cuerpo sexuado, diferenciado, pero igual en dignidad y derechos. Todo lo que sucede en nuestra vida, en cualquier nivel de nuestra persona, acontece en nuestro cuerpo y éste guarda memoria de ello. Nuestro cuerpo es la presencialización de nuestra persona. El cuerpo nos posiciona y nos orienta, a través de él podemos aproximarnos y alejarnos de las personas y las cosas, y experimentar la relación con lo transcendente. Somos un cuerpo personal, un cuerpo social y un cuerpo cósmico, porque todo el universo, desde su explosión primera, ha colaborado en la formación de nuestro cuerpo.

¿Qué significa eso en la vida de cada día?

Nuestro cuerpo es una realidad biológica que hay que saber escuchar y respetar porque tiene una potencialidad y unos límites: resistencia, longevidad, energía, belleza y salud. Es una realidad sexuada, condicionada culturalmente por relaciones de género, lo que influye en nuestras opciones, comportamientos y relaciones. Nuestro cuerpo es un depósito y un productor de energía y de vitalidad que podemos mantener y alimentar, o dilapidar provocando un deterioro prematuro del organismo físico. Nuestro cuerpo nos permite ser seres en relación, porque es el lugar de nuestra comunicación con los otros, con lo otro y con Dios, si somos personas de fe religiosa.

¿Qué es la espiritualidad para usted?

Hablar hoy de espiritualidad, en el nuevo paradigma cultural que emerge, es hablar de profundidad, de hondura, de conexión con lo más profundo del ser. El espíritu no es otra vida, sino lo mejor de la vida. Para la antropología, el espíritu es la dimensión de más profunda calidad que el ser humano tiene. Ya hace años Pedro Casaldáliga escribió: “El espíritu de una persona es lo más hondo de su propio ser: sus motivaciones últimas, su ideal, su utopía, su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás».

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