Proyectos productivos con créditos a microempresas

movimientos1-4.jpgResulta cuando menos sorprendente que en 1875 un jesuita catalán, Francisco Javier Butinyà, fundara una congregación de religiosas obreras. Sí, tal como suena. Este hombre intuitivo, después de una serie de avatares largos de contar, como la iniciación de una orden en Salamanca o la expulsión de los jesuitas de España durante la primera república, creó el 13 de febrero del el citado año, en la localidad barcelonesa de Calella, la Congregación de las Hijas de San José. Dos días después cuatro monjas eran admitidas como aprendices en una fábrica de medias, contratadas con un salario fijo. En una España en la que la mujer estaba relegada a la casa, la familia y poco más, Butinyà creyó en la mujer obrera como agente de su propia liberación con el trabajo.

Este carisma parecía demasiado ‘atrevido’ para una jerarquía que no valoraba demasiado el papel de la mujer en la Iglesia, salvo para acciones que podemos definir como de servicio. Mucho menos que trataran de imbuir el seguimiento de Jesús de Nazaret desde el mundo obrero, entonces muy influido por los sindicatos y partidos de izquierda. Por eso se las termina ‘destinando’ a la enseñanza y a la salud. El trabajo de las religiosas pasa de las fábricas a los colegios y a los centros sanitarios.

Transcurren varias décadas en esta nada desdeñable labor, pero los aires frescos y renovadores del Concilio Vaticano II hacen que las religiosas –junto con las Siervas de San José, fundadas también al amparo de Francisco Javier Butinyà- comiencen a retomar su carisma original y se involucren en la puesta en marcha de pequeñas empresas, especialmente en América Latina y en África, aunque alguna también en España. La manera de iniciar estas iniciativas es insertándose entre los más desfavorecidos de la sociedad, entre los cuales siempre están las mujeres, planteando la posibilidad de poner en marcha acción que permita a la gente salir de su difícil situación vital.

Con el paso del tiempo las Hijas de San José se dan cuenta de que esta labor, un tanto dispersa, necesita algún tipo de organización que contribuya a un desarrollo adecuado. Así, con mucha reflexión y muchas ganas nace, en el año 2007, la Fundación Trabajo y Dignidad, una ONG que busaca impulsar el desarrollo de las mujeres a través de proyectos productivos basados en la capacitación, la asistencia técnica y el crédito a las microempresas.

Tres ámbitos

La Fundación Trabajo y Dignidad se mueve en estos momentos, fundamentalmente, en tres ámbitos: auditoría, consultoría y crédito. Según Pablo Ortiz, coordinador de la ONG, “la auditoría es para hacer un diagnóstico sobre cómo están las empresas y los centros de formación. La labor de consultoría viene dada porque muchas de las personas que trabajan en estas empresas tienen escasos conocimientos de gestión y necesitan un apoyo. Este apoyo va desde el cálculo del precio a la elaboración de presupuestos, pasando por la creación de programas de empresas, por ejemplo. Y en cuanto al crédito la idea es crear un fondo en el cual todas las empresas que trabajan en red aporten una cantidad de dinero, de manera que el mismo se pueda prestar a otras iniciativas”.

En este último aspecto, se está articulando un reglamento de créditos, en el que se contempla quiénes van a ser los avalistas, las cantidades que se van a prestar, las líneas de crédito que se van a ofrecer. En la actualidad las religiosas aportan el capital inicial para crear la microempresa, pero el objetivo es que las mujeres puedan hacerse cargo de todo el proyecto. “No tendría sentido que las mujeres pasaran de depender del marido a depender de las monjas. Sería una forma de paternalismo, que no se quiere”, señala Pablo.

La figura jurídica de la empresa es distinta, dependiendo del país. En España, por ejemplo, son sociedades limitadas, en las que la accionista única es la congregación. Una de ellas es Sersol, que ofrece servicios de limpieza. Tiene una plantilla de 12 mujeres, todas ellas inmigrantes. Pablo la define como una “empresa pequeñita, que sobrevive”. Esta supervivencia es posible gracias a las contrataciones que hacen personas particulares, concienciadas y solidarias, que pagan algo más de 12 euros la hora trabajada. También algunas empresas y colegios ofrecen la oportunidad de que estas mujeres se sientan útiles. Para Virginia Torres, responsable de comunicación de Trabajo y Dignidad “es importante la concienciación social y quizá en época de crisis ésta sea mayor ante los problemas que la gente puede estar pasando. Incluso diría que esto puede ‘beneficiar’ a causas como la nuestra”. La otra empresa que funciona en nuestro país en una tienda de comercio justo en la localidad gerundense de Bañolas. Se da la circunstancia de que Can Butinyà hasta el momento está atendida por voluntarias.

Futuros proyectos

Mientras, se está trabajando en la apertura de un centro polivalente en Calella, que contará con una pequeña empresa para trabajar con mujeres inmigrantes en ayuda a domicilio y arreglos de ropa. En el mismo edificio, situado en la principal calle comercial de la citada localidad barcelonesa, se va a crear, mediante un acuerdo con el Ayuntamiento, un centro de formación en microempresas y una residencia para mujeres inmigrantes. Se espera que todo esté en marcha en el año 2011.

Las Hijas de San José también tienen proyectos en Angola, Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Paraguay y Uruguay. La mayoría de las microempresas que funcionan en estos países se dedican a panadería, elaboración de comidas artesanales, venta de tejidos y confección. Los recursos destinados a los proyectos de cooperación el año pasado fueron casi de 65.000 euros.

En Trabajo y Dignidad tienen muy claro que hay que superar el asistencialismo, por eso las microempresas que se ponen en marcha han de ser rentables con el objetivo de revertir los beneficios socialmente; deben consolidar los puestos de trabajo y si es posible crear otros nuevos; hay que intentar incrementar los salarios para mejorar el nivel de vida de las trabajadoras, y tienen que contribuir al desarrollo sostenible de las comunidades en las que se ubican, bajo criterios de responsabilidad social empresarial.

Con todo ello, como señala Virgina, “no pretendemos arreglar el mundo, pero sí que por lo menos cambie un poco”.

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